Quinta Palabra

 

Tenía el rostro muy pálido, deformado todo el lado izquierdo, con el ojo casi completamente cerrado por la hinchazón de la mejilla y el párpado… -¡Tan brutal había sido el golpe recibido que le había abierto el pómulo, que era como una boca que dejaba ver la carne del Hijo de Dios!…

Jesús no abría los labios, pero yo lo escuchaba; escuchaba esas Palabras que, dirigidas al Padre, eran mezcla de amor, gratitud, resignación, impotencia, dolor y mansedumbre... Yo sentía que se me partía el corazón de pena.

“¡Padre Mío, mírame…! Como un sol eclipsado por voluntad propia, Me Has dejado beber el amargo cáliz de la gélida noche del espíritu, y Te doy gracias por ello.”

Luego se dirigió a mí diciéndome: “En este profundo dolor que va oscureciendo Mi vista, hasta el punto de que no puedo ya ver claramente a estos seres que amo y que permanecen al pie de Mi agonía, Sé que el Amor Ha vencido, que vencerá por siempre.”

“Ya lo ves, parece que no había sido suficiente haber pasado por este mundo haciendo el bien a todos.  Llegué hasta el extremo del amor.  Hice vida aquello que había predicado antes: "Nadie tiene amor más grande que el que da la propia vida por sus amigos”.  Y yo di también la Mía por Mis enemigos, por aquellos que Me estaban crucificando.”

“Precisamente por ese amor sin límites, en medio de Mi insondable sufrimiento, no perdí la confianza en Mi Padre, sino que Me invadía una dicha inmensa al saber que estaba cumpliendo Su Voluntad y demostrando así Mi Amor a Él y a los hombres.”

 

“Señor, Señor… ¿Por qué
 Me Has abandonado…?”

 

El Señor me regaló la Gracia inmensa de poder contemplar también ese momento.  Sucedió así:

Estaba yo en oración con los ojos cerrados, frente al pequeño altar de mi cuarto de trabajo, donde tengo un crucifijo, una imagen de la Virgen, y una pequeña cajita con las reliquias de algunos santos. Abrí los ojos y frente a mí había otra cosa: No estaba más aquel lugar, sino que veía un cielo oscuro que relampagueaba, con truenos fuertes, y tres hombres crucificados.

La imagen se acercó hasta casi tenerla a una distancia que parecía de dos metros desde donde yo estaba y solamente tenía a Jesús agonizante frente a mí, tan cerca que estiré la mano, pero al constatar que no llegaba, comprendí que era otra visión.

Jesús jadeaba, y pude ver que hacía esfuerzos por aspirar aire.  Esto bien lo conozco por haberlo vivido tantas veces… Sus ojos estaban desorbitados, la boca tan seca que cada vez se le dificultaba más el modular las palabras.

Comenzó a sollozar y las lágrimas ensangrentadas corrían por sus mejillas heridas, cuando mirando al cielo dijo: “Eli, Eli…lama sabactani… - Señor, Señor... ¿Por qué Me has abandonado?”

No pude soportarlo y rompí en un sollozo, con un llanto que pocas veces había derramado en mi vida. Entonces escuché internamente Su voz:

“Hijita, hay muchas páginas escritas acerca de estas palabras, que parecieran dar a entender que únicamente sentí el abandono de Mi Padre en ese momento, como Hombre.  Esto iba mucho más allá.   Recuerda que desde la Cruz veía todos los tiempos venideros y a todos los hombres y mujeres que sufrirían: unos porque se fabrican cruces propias, otros porque se las imponen sus hermanos, quienes no pueden llevarlas…”

“En ese grito reclamé el abandono del Vía Crucis de toda la humanidad.  Sentí en Mis propias llagas las infinitas llagas de todos los cuerpos que serían torturados por el hambre y la miseria.   Millones de voces se unían a la Mía para decir: ‘Señor, Señor… ¿Por qué me has abandonado? me estoy muriendo de hambre, cuando hay personas que se enferman de gula… ¡Mi vida es un  ayuno continuo y forzado, mientras hay personas que no saben en qué consiste el ayuno y se dicen cristianos…!’ ”

“Sentía las heridas que son consecuencia de la injusticia y la crueldad que sufrirían los crucificados de todos los tiempos en el destierro, en los campos de refugiados; el dolor de las llagas de los encarcelados, rechazados y despreciados por la misma sociedad que los llevó a ese lugar con su egoísmo…Y esas voces desde el silencio se unían a la Mía diciendo: ‘Señor, Señor… ¿Por qué me has abandonado?  Tú no creaste fronteras, Tú no hiciste cárceles, Tú no querías una sociedad de pocos ricos y otra con multitudes de marginados…’ ”

“En Mis brazos y piernas sentía el dolor que siente un minusválido, y en la cabeza, las espinas Me enseñaban lo que sufrirían los deficientes o enfermos mentales, a quienes, muchas veces, hasta sus propios familiares humillan con su rechazo.  El grito de estos seres se unía al Mío: ‘¿Por qué, Padre, permites que se rían de Mí, que me marginen, que me encierren, si no tengo yo la culpa de estar en este estado…?  ¿No piensan que ellos podrían un día estar como yo y sentir lo mismo?’ ”

“Sentía en Mi pecho el dolor que siente un anciano cuando es olvidado por los suyos, por los propios y extraños; cuando es abandonado en un asilo, a merced de miradas y manos ajenas, porque ya sus manos no son capaces de trabajar para dar de comer a los suyos, o porque las nuevas y elegantes amistades de sus hijos y nietos, no podrán entender las limitaciones de una persona mayor.”

“Están cansados ya de prohibirle que hable, para que no diga cosas ‘impropias’, porque la memoria ya no le funciona… En algunos casos, ‘piadosamente’ se compadecen de ellos y los asesinan ‘para que dejen de sufrir’ y entonces sus voces se unían a la Mía para decir: ‘Señor, Señor, ¿Por qué me has abandonado?  ¿Por qué permites que me tiren a la calle aquellos a quienes enseñé a caminar un día?  ¿Por qué permites que los demás, quienes pasan por mi lado, sientan asco de mi pobreza, mis sucias vestimentas y me humillen, haciendo gala de su juventud y su riqueza?  ¿Por qué este hijo mío quiere que me apliquen la ‘Eutanasia’ para acortar mis días y aumentar su condena en los infiernos?’ ”

“Sentía en la piel el ardor de todos aquellos que serían marginados por pertenecer a determinada raza, y por lo mismo serían obligados a ubicarse en la misma condición de un perro al que se le limita el paso a determinados sectores de la casa.  Sus voces, llenas de impotencia y de dolor clamarían junto a la Mía: ‘Señor, Señor… ¿Por qué me has abandonado?  ¿Por qué permites que otro hombre, tal vez más pecador que yo, tal vez más infiel, quizá menos inteligente, con instintos más parecidos a los de las bestias que a los nuestros, se rebaje de su condición de Hombre y me rebaje de mi condición de ser humano porque no tengo la piel como la suya?’ ”

“Sentía la angustia de todos aquellos hombres y mujeres que en el momento de su muerte se encontrarían con que ‘se habían equivocado’; con que su vida fue una pérdida continua en el pecado, en los placeres y en la negación de Dios y su condenación sería inminente… ¡Por una eternidad de eternidades, a cambio de haber vivido a su antojo durante ‘x’ años!  ¡Oh, dolor !...”

“Pero también sentía el dolor de aquellos cristianos que en el momento de su muerte se encontrarían con que estaban en lo cierto: que habían creído, se habían alimentado y habían vivido, supuestamente ‘como buenos cristianos’, es decir, cumpliendo muchas cosas, pero omitiendo otras tantas, como el llevar ese su conocimiento a los demás, el pensar egoístamente en salvarse a sí mismo pero desentenderse de lo que pase con el vecino, que vive sin conocer nada de Dios.  ¡Y la justicia es para ambos grupos: para los que no quisieron conocer a Dios y para los que no hicieron nada por llevar la fe, por ser portadores de la esperanza para los demás!”

“Sentía en cada centímetro de Mi Cuerpo el dolor de cada niño asesinado en el cuerpo de su propia madre. Y su inocencia se unía a Mi grito de impotencia humana: ‘Señor, Señor, ¿Por qué me has abandonado?  ¿Por qué permites que esta mujer que podría acunarme en sus brazos para calentar mi pequeño cuerpo me condene a no ver la luz terrena y se condene para no ver la Luz del Cielo?’

“Así, contemplando Mis heridas y las heridas de la humanidad pensé en Judas y en todos los traidores y también en todos los que serían traicionados por sus amigos, vendidos por 30 monedas del infierno: Por una situación económica mejor; a cambio de mayor poder, para dejar salir a flote su soberbia; por envidia que solo puede aplacarse con buscar el desprestigio de la persona envidiada; por ambición de poseer lo que no se posee…”

“Y entonces sentí el grito de aquellos que sentirían el beso del traidor en su mejilla, como una baba maloliente, como sentí el beso de aquel que un día fue Mi querido hermano. En ese momento grité con todas Mis fuerzas: ‘Señor, Señor… ¿Por qué me has abandonado...?’ ”

“El atributo más admirable en el hombre, con respecto a otro hombre, es la capacidad de sentirse ‘amigo’, al punto de poder recibir de él un consejo o una llamada de atención con amor, sabiendo que con amor también uno se lo daría; al punto de poder corregir al amigo y decirle: no por ahí, hermano, porque te vas a equivocar; al punto de entenderse ambos con una mirada, con una sonrisa, y apoyarse con un apretón de manos que quiere decir: ‘aquí estoy, puedes contar siempre conmigo’.”

“Amigo es aquel que se incomoda, que se priva de algo o de muchas cosas para ofrecértelas.  Amigo es aquel que es capaz de privarse de sus horas de descanso para trabajar por ti.  Amigo es aquel que puede en un momento renunciar a la comodidad de su casa para hacer que te sientas cómodo, querido y apreciado.  Amigo es aquel que deja su tierra para ayudarte a salvar la tuya.  Amigo es aquel que te confía sus penas y alegrías, que siempre es transparente para ti y que siempre te llevará hacia un crecimiento en la fe y en el amor a Dios.  Amigo es aquel que edifica, que une, que reúne… no el que destroza, destruye, derriba para sentarse encima de los escombros.  Amigo es aquel que da la vida para salvarte… como lo hice Yo.”

“Y porque Soy amigo de los hombres, cada una de las heridas que sufren los Míos ocasiona Mi compasión y Me obliga a buscar la medicina apropiada. Quiero decir que tengo memoria muy reciente y muy viva de cada injusticia, de cada desprecio, de cada marginación, de cada ‘beso falso’, de cada humillación…”

“¡No, Yo no Me olvido de aquellos a quienes ustedes, los hombres olvidan!  ¡Yo escucho a quienes ustedes no oyen, porque los ruidos de sus almas les impiden tener la paz para escuchar a los otros y lo que sus acciones quieren decirles, por irrazonables que les parezcan!”

“Yo coloco dulcemente en Mi Sagrado Corazón a aquellos que ustedes dejan tirados por el camino, a aquellos a quienes ustedes calumnian, a aquellos a quienes ustedes destrozan por alcanzar lo que ellos poseen: Bienaventuranzas!”

 

 

Sexta Palabra

 

Otro día Jesús me explicaba que no todos subimos por el mismo sendero hacia la santidad; que mientras algunos tienen que trabajar con la humildad, otros deben hacerlo con la alegría, otros deben trabajar con su falta de esperanza, otros con el carácter, otros con la vanidad, otros con la fortaleza para romper aquella cadena que los ata a algún vicio… En fin, cada uno en lo suyo.

Decía el Señor que cada vez que nos sentimos trabados en este camino, debemos hacer un análisis para ver claramente cuál es el lugar en el que tenemos colocados nuestros deseos; qué cosas son las que más nos preocupan o nos hacen perder la paz, la alegría; qué cosas y en qué momento se nos presentan las mayores tentaciones...

Me habló de las tentaciones de algunas personas que estuvieron cerca de Él.  Habló de la tentación de desconfianza que sufrieron los apóstoles, cuando tuvieron la experiencia de verse en un momento de peligro mientras estaban en la barca y pensaron que se hundirían, que las aguas los ahogarían y ellos no podrían salvarse porque “Aquel” que podía ayudarlos estaba durmiendo.

Me habló de la tentación de la falta de fe de Pedro, cuando comenzó a hundirse en las aguas en el momento en que dudó de poder caminar sobre ellas para alcanzar a su Maestro.

Me habló de la tentación de Santiago y Juan, cuando discutían, deseosos de saber cuál se sentaría a Su derecha, dejando que las tentaciones de la envidia, la vanidad y el deseo de poder,  hicieran presa de ellos.

Se refirió a las tentaciones que sufrieron los escribas y fariseos: envidia, temor y odio contra Él, sentimientos que les llevaron a poner piedras en Su camino para que se tropezara, de manera que todos pudieran caerle encima a golpes; me habló de cómo le hacían preguntas para pescarlo en ‘su error’ y condenarlo por ello.

Me habló de Sus propias tentaciones sufridas durante los 40 días que ayunó en el desierto y de cómo con Su oración y rechazo al demonio pudo superarlas.

Sobre todo esto que me iba contando, podría escribir varias páginas, pero en todos los casos el centro del mensaje era el mismo: que únicamente se puede vencer a las tentaciones con la oración, y buscando vívidamente el cumplir la Voluntad del Padre.

 

“¡Todo está consumado…!”

 

Jesús habló así cuando llegó a la sexta palabra:

“Cuando dije que todo estaba consumado, resumía con esas palabras todo lo que Mi pensamiento decía al Padre.  Está consumado el haber hecho Tu Voluntad, Padre Mío… Vine al mundo a través de las entrañas de una Virgen, en el cuerpecito de un bebé Me hice Hombre como todos los mortales para salvarlos…”

“Se cumplieron en Mí todas las profecías: Nací en Belén, viví pobremente, Me hice bautizar por un hombre, prediqué en Tu Nombre, Me enviaste y Te di a conocer amoroso y bondadoso como eres.  Sufrí persecución, vine como médico de cuerpos y de almas y sané a muchos enfermos. Fui traicionado por un amigo íntimo, vendido por treinta monedas falsas… Vine a demostrarles que no está muerto quien en Ti y en Mí cree y resucité muertos.”

“ ‘¡Telestai!’  ¡Todo se ha consumado!  Vine a salvar a los pecadores y aquí tienes a una, atada a Mi Cruz, llorando de amor por Ti y de dolor por Mí, junto a Mi Madre.  Te Estoy llevando a un ladrón para que abra las puertas del Paraíso a todos los pecadores que quieran salvarse.  ¡Todo está consumado…!”

“Se han cumplido en Mí las profecías, que suman más de 20 únicamente en el tiempo de Mi Pasión y Mi agonía… Estoy dejando a Mi Madre como Madre de toda la humanidad, para que los hombres no se sientan huérfanos, y Estoy dejando a la perfecta discípula que Me diste por Madre, en manos de aquellos que Me amarán a través de los siglos.”

“¡Telestai, Padre Mío…! (que quiere decir “¡Ya estuvo!”  “¡Todo está bien hecho!”,  “¡Ya he cumplido y he hecho lo mejor que he podido!”).  La humanidad ha visto la Luz, y aunque no han sabido reconocerla, los iluminará a través de toda la historia de la tierra.  ¡He cumplido Contigo, Padre, derrotando a la serpiente He abierto las Puertas del Cielo.”

“Recuerda hija Mía a Job, cuando dice:

‘Da saltos el corazón,

salta fuera de su sitio,

oíd, oíd el estruendo de su Voz,

el rugido que de su boca sale,

debajo de todos los cielos lo lanza,

y su fulgor alcanza

hasta los extremos de la tierra’ ”

“Se Ha cumplido de manera perfecta, ya nunca más el hombre tendrá que temer a ese Dios justiciero que se empeñaron en mostrar por la cultura del pueblo, personas que vivieron los días de las amenazas… El Ángel Fuerte Ha cumplido, Padre y aunque ahora viene Mi retorno a Ti, de Mi Costado abierto nacerá la Iglesia sobre la cual no prevalecerán las puertas del infierno.”

“Será una Iglesia santa, compuesta por hombres santos y pecadores, pero en medio de la inmundicia que es consecuencia de la miseria humana, brillarán como astros muchos hombres y mujeres que cumplirán sus votos y promesas… Tampoco faltará en esta Iglesia el dolor, la traición, el pecado… Sabes que todo está contaminado y todo deberá pasar por un Getsemaní y un Gólgota.  Pero el resto fiel, esa porción de rebaño de esta Iglesia que Yo desde ahora baño con cada gota de Mi Sangre, llegará al Tabor para transfigurarla.”

“¡Todo está consumado Padre!  Todo tenía que cumplirse y todo tendrá que cumplirse, hasta las horas de tinieblas que tanto asustarán al hombre, porque es preciso que el hombre de la iniquidad se haga presente en el mundo para combatir a los Nuestros: a los Tuyos y Míos.  Pero queda María, Padre Mío, Tu perfecta colaboradora, para dar cumplimiento a Tu Palabra.  He sufrido todo en Mi Cuerpo, todo lo He hecho libremente, no por imposición Tuya, sino porque Yo lo He querido, por Amor a Ti y por Amor al Hombre.”

“Todo está consumado y ahora debo volver a Ti, Padre Mío, pero recuerda que Te He encomendado a los Míos, para que ni uno sólo de ellos se pierda…”

“Yo Sé que se perderán los que habiéndome jurado fidelidad se irán detrás de los placeres del mundo.  Se perderán los que, teniendo las manos consagradas para poder traerme y darme como alimento a los hombres, ensuciarán esas manos lastimando a los inocentes y entonces sí tendrán una soga con una piedra atada al cuello, para tirarse a las profundidades de un río de lava.”

“Se perderán los que no pudiendo llevar sobre sus hombros cargas pesadas, las echarán sobre las espaldas de los débiles, para aplastarlos.  Se perderán los que no Me reconozcan ya en los sencillos y los humildes, porque los ciega su soberbia.  Se perderán aquellos a quienes por haber recibido más, se les pedirá mayores cuentas…”

“Pero aquellos que son capaces de llorar ante la meditación de los dolores que ahora Me agobian, los que viendo una anciana harapienta besarán su mejilla en señal de hermandad e igualdad; los que pudiendo dormir en una cama duerman en el suelo, mortificando su carne en señal de reparación por amor a Nosotros... Los que reconozcan Mi mirada en la de los marginados, mi sonrisa pura en los niños, Mi voz en medio de la confusión y el bullicio del mundo, mi llanto en los pecadores arrepentidos... “

“Aquellos que reflejen Mis manos en los perdones otorgados, los que sigan Mis huellas como misioneros, abriendo surcos de esperanza para sembrar Mi semilla, sin confiar en su capacidad, sino únicamente en Mi Providencia... Los que se vuelvan como niños, al punto que su inocencia y pureza los lleven a creer y a confiar plenamente en Mi Presencia Omnipotente...

“Aquellos que siempre estén con los labios dispuestos a una sonrisa, a un perdón, a una bendición, a un reproche o corrección fraterna... Aquellos que no vacilen en decir con fuerza Mi mensaje de salvación, sin temor a que los callen, y que son capaces de aguantar los golpes, las infamias, las calumnias y los insultos sin defenderse, sin albergar deseos de venganza… ¡Esos se salvarán, porque están entre los que llamo Míos y que fueron encomendados a Ti para que, siendo del mundo, no estén en el mundo… para que no se pierdan!”

 

 

Séptima Palabra

 

Después de reflexionar sobre esta anterior palabra de Jesús en la Cruz, comprendo que a todos los cristianos, la cruz nos seguirá como si fuera parte de nuestra propia existencia.  Pero también advierto que no todos somos capaces de despertar, de desenterrar al Cristo que permanece dormido dentro de nosotros.

Muchos vivimos llorando nuestras pequeñas o grandes cruces, pensando en que lo que nos tocó vivir es lo más triste, lo más doloroso, lo que nadie más que nosotros sería capaz de soportar... Y lo peor de todo es que creemos que Dios nos Ha olvidado, que no nos escucha o que está enojado con nosotros.

Sin embargo, no es así.  Jesús dice que el conocimiento que tiene de nosotros, especialmente de los más dolientes, de los más sufridos, de los más débiles, hace que Él ame, preferentemente, al más pobre y al que más lo necesita.

Si tan sólo estuviésemos conscientes de que los más necesitados no son los menesterosos, sino por lo general los que tienen todo menos a Dios, entonces nuestros caminos se dirigirían hacia esas personas, que en realidad siendo los más ricos, muchas veces son los más pobres.

No es tan difícil llegar hacia el menesteroso y convencerlo de que confíe en Dios, pues por lo general esta gente tiene el corazón muy abierto hacia la Fe, y unas palabras, un simple gesto de amor muchas veces son suficientes para mostrarle el camino hacia el Padre.  Lo difícil es convencer al hombre que por tenerlo todo, o por haber hecho del pecado la razón de su vida, está seguro de no necesitar más...

Esta es la labor más dura para los evangelizadores, cuando tienen que enfrentarse ante la soberbia, que es como lidiar directamente con el príncipe de este mundo, solapadamente escondido en el interior de un pobre hombre rico, pero necesitado del amor de Dios.

Cuánto bien nos haría meditar de vez en cuando sobre la Pasión de Jesús, sobre el dolor de la Santísima Virgen, que junto a Él, Ha sufrido el martirio de los martirios, al ver a Su Señor y a Su Hijo, crucificado por los hombres en el Calvario...

Y sin embargo, ha sido capaz de dejarnos el mejor de los testimonios, pues con Su infinito Amor y Su absoluta Obediencia al Padre, soportó humildemente el descarnado dolor de ver morir en espantosa agonía a Su Hijo.  Más aún: Se Ha hecho cargo de la humanidad como Madre, Ha querido –en otras palabras- proyectar en nosotros el Amor por Su Hijo.  Debía sufrir como si fuese pecadora, junto a Su Hijo, siendo inocente como Él, y todo para que se cumpla, también en Ella, la Voluntad del Padre.

Jesús dijo que es por este aciago momento que se representan los dos Corazones unidos (símbolo de nuestra espiritualidad apostólica, al igual que de muchas otras comunidades y apostolados), porque se unieron a través del dolor: en el Gólgota fueron un solo Corazón herido, dos Corazones que se atravesaron para transformarse en uno.  Un solo Corazón, en el sentimiento de dolor por el sufrimiento, y un solo Corazón, en el sentimiento de Amor, por obedecer al Padre y por salvar al hombre.

Ahora me veo en la necesidad de explicar a los lectores algo que, en principio, pareciera no tener mucha importancia, pero que sin embargo encierra una enseñanza crucial del Señor para todos nosotros:

Muchos de ustedes, queridos hermanos, se habrán preguntado por qué aparece Moisés en la tapa de este libro.  Para entrar en tema necesito primero aclararles que jamás soy yo quien pone el nombre a uno de estos libros, y que para elegir la portada, hacemos mucha oración, pidiendo al Señor nos asista en la elección.

Jesús me dijo una noche de viernes:

“Se acercan las tinieblas para el mundo, pero quien vive abrazado a Mi Cruz, nada debe temer.  Por eso el hombre no debe contentarse con mirar una imagen Mía o ir a una procesión de Viernes Santo, sino que debe procurar tener Mis mismos sentimientos: perdonar como Yo perdoné y pedir perdón como Yo lo hice. Callar ante las infamias, como callé Yo ante Pilatos; y sin embargo, sentir un celo valiente para ser capaces de sacar con un látigo a los mercaderes del Templo de Dios.  Vivir para hacer la Voluntad del Padre, como viví Yo.  Amar hasta dar la vida por los demás.  Permitir que trituren su cuerpo y con gozo darse en alimento, para que otros se alimenten con ese pan.”

Luego de mi oración estaba yo meditando y pensaba en Moisés.  Siempre me ha impactado mucho su misión, su vida... De pronto se abrió ante mis ojos ese espacio que muchas veces se abre para permitirme contemplar una escena, lejana al lugar en el que yo estoy.  Tenía frente a mí la escena de la Transfiguración y al verla me pregunté ¿Por qué Moisés y Elías?  Y pensé que sería Elías por la fuerza del “Profeta de fuego”, que necesitaría Jesús para enfrentar lo que, como Hombre, tendría que vivir.

Pero al ver a Moisés, mi limitado conocimiento no alcanzaba a comprender qué hacía él allá. Fue como si una luz me iluminara por dentro y en, lo que yo considero pocos minutos, pasaron decenas de imágenes intercaladas frente a mí.

Moisés, saliendo solo de Egipto... y luego Jesús recibiendo el bautismo en el Jordán.

Moisés bajando de la Montaña, después de haber recibido el encargo de sacar al pueblo de Dios del cautiverio del Faraón... y luego Jesús, eligiendo a los doce Apóstoles, enseñando, curando, perdonando, viviendo entre Su pueblo.

Moisés sacando a su pueblo de Egipto... y luego Jesús predicando en el Monte de las Bienaventuranzas el llamado a la conversión, y anunciando el Reino de Dios.

Moisés en el paso del Mar Rojo... y luego Jesús devolviendo la vista a los ciegos, haciendo hablar a los mudos, caminar a los cojos; resucitando a los muertos.

Moisés comiendo con su pueblo el maná que Dios les enviaba desde el Cielo para que no murieran de hambre, en tanto caminaban hacia la tierra prometida... y luego Jesús con Sus discípulos, cenando por última vez con ellos e instituyendo la Eucaristía, para quedarse con nosotros; entregándonos Su Cuerpo y Su Sangre para alimentarnos y salvarnos de la muerte eterna.

Pero vi que Jesús en ese momento no estaba solo con Sus Apóstoles.  De pronto aquella habitación se hizo inmensa, abarcaba todo lo que mis ojos podían alcanzar a mirar y junto a ellos, unos sentados en sillas de ruedas a los lados de los Apóstoles y los demás de pie detrás de Jesús y Sus discípulos, cientos, miles de sacerdotes, revestidos con una túnica blanca y estola de color rojo, con la mano derecha extendida hacia el lugar en el que Jesús levantaba el pan, repetían con el Señor las palabras de la Consagración.

La voz de Jesús me dijo: “Cuiden de Mis hermanos, porque a través de ellos permaneceré con ustedes hasta el fin de los siglos.”

Luego volví a ver a Moisés en el Monte Sinaí, descalzo porque así se lo había ordenado el Señor, de rodillas, temblando al contemplar el dedo de Dios escribiendo los Diez Mandamientos para los hombres... y luego vi nuevamente a Jesús en el Huerto de Getsemaní, de rodillas, mirando y asumiendo todos nuestros pecados, contemplando lo que le esperaba sufrir por nosotros los hombres, temblando y sudando sangre.

Nuevamente volvió ante mis ojos la Última Cena, Jesús con Sus Apóstoles y todos los sacerdotes, repitiendo las Palabras de la Consagración.  Jesús me miró un momento y me dijo: “Yo Soy el Pan de Vida y estos -levantó las dos manos como queriendo abarcar a todos- serán quienes Me den a los hombres como alimento de Vida Eterna.”

En ese momento todo mi cuerpo temblaba ante la majestuosidad de lo que estaba presenciando y entendiendo.  Oculté mi rostro entre las manos, llorando… y después de un tiempo, tal vez minutos pero que me parecían horas, alcé la cara y volví a ver lo anterior:

Vi a Moisés levantando en alto un palo con una serpiente tallada, para curar con ella a los que eran mordidos por las víboras... y luego a Jesús, levantado allá frente a mí, en la Cruz, para curar el alma de los que serían mordidos por satanás y envenenados con el pecado.

“Recuerda lo que te dije al principio –me repitió el Señor-, que se acercaban horas de tinieblas para la humanidad, que sacudirán a las instituciones y con ellas a las personas.  También Mi Iglesia tendrá que atravesar ese camino doloroso que ha iniciado ya, porque así está escrito.  ‘El Pastor será herido y se dispersarán las ovejas…’ Pero recuerden que He vencido al mundo.”

Otra vez contemplé la última Cena frente a mí.  Todos aquellos sacerdotes tenían el rostro transfigurado, con la misma cara de Jesús.  Entonces se hizo la oscuridad total frente a mí y oí la voz del Señor, muy triste cuando decía: “¡Judas, lo que tienes que hacer, hazlo ya…!”

Volvió la imagen, pero en ese momento, junto a uno de los discípulos, salían muchos de esos sacerdotes, atropellándose, corriendo, ya no con el rostro brillante y sereno de Jesús, sino con sus propias caras, llenas de angustia y de dolor.

Desde lejos se oyó un alarido de mil voces juntas, como si corrieran a un barranco y se despeñaran. Asustada miré a los que estaban con el Señor, parecían no haber visto ni oído nada, tan sumergidos estaban en su oración, en el momento que vivían, que la paz del Maestro les daba un porte majestuoso, como de príncipes.

Entiendo que aquellos consagrados que permanecían junto al Señor, eran los que se mantendrían fieles a la opción que habían hecho por Él, y son los que entrarán en esa jerarquía divina, porque ganaron su derecho: porque el derecho es fruto de la fidelidad; la fidelidad es fruto de la unión estrecha, de la intimidad; la intimidad es fruto de la donación y la donación es fruto del amor agápico que se da sin pedir nada a cambio, por el simple hecho de buscar la felicidad del ser amado.

Finalmente, ese amor es fruto del conocimiento de Aquel a quien serás fiel por el resto de tus días, sin permitir que se apague el deseo de reproducir en ti la donación perfecta de Aquel a quien te has entregado.

Mis meditaciones se detuvieron de golpe cuando oí al Señor dar Su último grito entre aspiraciones de aire, cada vez más espaciadas:

 

“Padre… ¡En Tus manos
 encomiendo Mi Espíritu…!”

 

En el libro “Providencia Divina” editado hace 6 meses, relataba la muerte de mi madre y la profunda evangelización que recibimos todos los que estuvimos cerca de ella mientras agonizaba.

Para quien no lo ha leído, le comento que fue una agonía feliz, tranquila, en paz, confiada plenamente en el Amor de Dios; fue la agonía de una persona impaciente por irse y encontrarse con la Misericordia que estaba esperándola del otro lado de la cama.  Ella nos pedía oraciones y canciones, mientras repetía una y otra vez, con los enormes ojos azules muy abiertos el pedido de Jesús: “¡Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu!”

Cuando ella moría yo pensaba en la muerte de Jesús… Ahora el Señor me permitía que yo, pobre pecadora, presenciase aquel instante y reviviese así el otro, unidas las dos circunstancias por la Infinita Omnipotencia del que Todo lo puede y en el amor del que es el Amor mismo. Pocos momentos en mi vida habrán de ser tan impactantes y tan difíciles de explicar...

En el Gólgota, el Cielo estaba casi negro, la tierra entera temblaba y toda la gente había echado a correr huyendo. Unos gritando de miedo por ver la misma naturaleza sacudiéndose, otros llorando y suplicando perdón, y repitiendo que verdaderamente Este Hombre era el Hijo de Dios.

“Vuelvo al Padre”, me dijo Jesús, “y un día habrán de comprender, aquellos malos hermanos que han hecho un oficio de su vocación, el verdadero sentido de Mi predilección por ellos, al concederles la gracia de hacerme presente a través de sus manos en la Eucaristía...”

“Entonces ya no usarán el Altar para lanzar una homilía que pueda confundir en lugar de ayudar al hombre, para hacer política, para justificar un salario o simplemente para ‘cumplir con su deber’ cuando ya no pueden evitarlo, y lo hacen mirando el reloj para salir corriendo a cumplir con sus otras ‘obligaciones’…”

“Esos tendrán que hacer un alto en su camino hacia el abismo, y reconocerán que su amor por ellos mismos es mayor que el amor y el deseo de servicio a Dios y al hombre; porque con su actitud le quitan la confianza y desaniman a aquel que decide ir –al menos una vez por semana- al encuentro Conmigo…”

“A ellos y a ustedes les digo desde Mi Cruz: No se quejen de que las sectas se vayan llenado de gente, sin preguntarse si es una consecuencia del testimonio de ustedes…”

Volví a oír aquellas Palabras que representaban el final y el principio de todo: “Padre, ¡En Tus manos encomiendo Mi Espíritu!” y la cabeza del Salvador de la humanidad, se recostó sobre Su hombro y Su pecho, y así permaneció un momento antes de descolgarse del todo sobre el pecho. Ese momento, que podría haber sido interminable y que a veces creo que vivirá por siempre junto a mí, estaba absolutamente presente en mis ojos, en mis oídos, cuando me dijo:

“Tenía todo el Cuerpo destrozado, pero Mi gozo era tan grande que desde el otero de Mi Pasión contemplé el Cielo y exclamé que habiéndose cumplido todo perfectamente, en las manos del Padre amoroso encomendaba Mi Espíritu.”

“Ese Espíritu, que fuera revelado a los hombres el día de Mi Bautizo en el Jordán, retornaría al Padre Conmigo para que nuevamente la Trinidad estuviese Plena en la Gloria.  Y así como se abrieron los Cielos aquel día para que la Luz irradiara al Amor de la Tercera Persona, como dice el Evangelio, en forma de una paloma, ahora se rasgaba el velo del Templo que cubría El Arca de la Alianza, para sentenciar a los que Me habían condenado y aquello sí los horrorizó por la cultura y la educación de esa gente.”

“La misión del Verbo había concluido, la tremenda batalla había llegado a su fin.  Moría el Hijo del Hombre, entregado voluntariamente por Amor.  Me depositaba, confiadamente en las manos de Mi Padre, pacíficamente, dulcemente.  Otro había muerto horas antes ahorcado, desesperado; como mueren los cobardes, los traidores, los que no aman a Mi Padre y por tanto no confían en el perdón.”

De pronto, volvió la Luz, se disiparon las tinieblas y al ver mi sorpresa, Jesús habló desde la Cruz.

“Esta Luz que ves llegaría en poco tiempo a Mis Apóstoles, para iluminarlos y asistirlos a través de este Mi Espíritu que depositaba en las manos del Padre.  Él vendría a recordarles todo cuanto de Mí escucharon y a asistirles para que ese conocimiento penetrara tan profundamente en ellos que les permita, por Su Fuerza, adquirir toda la sabiduría y santidad necesarias para prolongarme en ellos: para seguir caminando entre ustedes, para seguir sanando, para seguir bendiciendo, para seguir salvando...”

“Todo esto tuvo que ser visto por testigos, para que se llegara a comprender el valor real del sacrificio de un Hombre que entrega voluntariamente su vida en donación a Dios y a los otros hombres.”

El Señor no me lo dijo, pero comprendí que ese mismo Espíritu era el que se derramaría luego sobre los sucesores de los Apóstoles; pues de alguna manera estaba refiriéndose a los sacerdotes y laicos comprometidos...

Luego siguió Jesús diciéndome: “He cumplido, vuelvo al Padre, y ustedes, los que Me aman, serán también perseguidos, calumniados, humillados, maltratados... Pero no están solos, permanezco con ustedes y dejo con ustedes lo más precioso de Mi Vida: Mi Madre, que desde ahora será su Madre.”

Cuando Jesús termina de decir esto, veo que se acerca un soldado y tomando una lanza susurra algo que no llego a entender, y con un gesto de piedad, atraviesa el costado del Señor y cae una cantidad de sangre y agua, salpicando la cara del soldado que se cubre los ojos con la mano y cae en tierra.

El pecho del Redentor estaba lleno de luz, con una sinfonía de matices que no podría describir, sale de ese costado abierto algo como agua pero que es brillante y luego sangre que se mezcla con esa agua.  Va abriendo surcos en la tierra y por donde pasa la sangre, se levantan unas azucenas maravillosamente blancas.

Desaparece la Cruz de Jesús, en su lugar veo ahora una enorme iglesia, y en ella van entrando estas flores, como si se deslizaran.  Pero por otro lado también van entrando muchísimos jóvenes vestidos de túnica blanca.

Repentinamente me veo dentro de esa iglesia y contemplo: delante del Altar están todas esas flores blancas, que ahora se convierten en mujeres jóvenes, y del otro lado varones vestidos con albas.  Varones y mujeres están postrados en humilde oración y tienen los brazos en cruz.  Entiendo que son las mujeres y varones que están siendo consagrados, entregando sus vidas a Dios...

Oigo un coro maravilloso, como el que he escuchado alguna vez durante la Santa Misa, y veo a Jesús Resucitado, majestuosamente vestido, como un Rey que al momento hace una seña y uno a uno se le van acercando los jóvenes, para que Él mismo unja sus manos mientras sonríe, con el amor que alguna vez observo en los ojos de un papá mirando a sus hijos.

Jesús me mira por unos segundos y dice luego, mientras se dirige hacia el centro del Altar: “A través del Orden Sacerdotal, con la fuerza del Santo Espíritu, todos los pecados de los hombres serán perdonados y ellos abrirán para ustedes las puertas del Cielo… Pero Soy un amante celoso que exige de ellos todo su querer.  Espero todo de un alma, de acuerdo con la vocación a la que fue llamada un día y a la invitación que sigo haciéndoles diariamente en su vida común a través de las circunstancias.”

En ese preciso instante, la visión de Moisés y Jesús volvió de manera terrible. Procuraré ser lo más fiel posible al describirla.  Vi a Moisés, parado sobre una meseta del Monte Sinaí, llevaba en

las manos dos piedras grandes con unos gráficos (supongo que son los Mandamientos).  Abajo estaba el pueblo en un ruido horrible y unas escenas asquerosas.  Más parecían bestias que humanos.  El rostro del Profeta se puso casi morado, congestionado, lo vi tambalearse y luego con fuerza y con rabia tiró las dos piedras sobre el pueblo.  Fue como si cien cargas de dinamita cayeran sobre ellos porque mucha gente volaba por los aires, y muchos caían dentro de un gran hoyo en el suelo gritando.

Luego vi a Jesús, levantado sobre la Cruz y detrás de Él dos enormes ángeles con el rostro muy brillante, pero con una expresión muy fuerte de enojo.  Uno de ellos llevaba unas “tablas” (las llamaremos así), como las piedras que llevaba Moisés, pero eran de carne.  Si se juntaban formarían seguramente un corazón.  En una de ellas decía: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas” y en la otra “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.  El otro Ángel llevaba en las dos manos una enorme Copa llena de Sangre.

Cuando los ángeles se disponían a tirar sobre el globo terráqueo aquellas “tablas de carne” y el Cáliz con Sangre, se oyó una voz varonil que decía: “¡Alto!... Infundiré Mi Ley en sus corazones, ellos serán Mi pueblo y Yo seré su Dios…”

Los dos ángeles, al escuchar la voz, se arrodillaron bajando la cabeza y desaparecieron de mi vista.

En un instante pensé en el paralelismo entre Moisés y Jesús.  Y me horroricé de pensar en lo que habría sucedido si los Ángeles lanzaban aquellos dos mandamientos y el Cáliz de Sangre sobre la tierra… Pienso que habríamos perecido todos, recibiendo tal vez un castigo que, con nuestros pecados, pareciéramos estar pidiendo a gritos.

Ante este recuerdo, no me mueve el sentimiento a otra cosa que a pedir a Dios Misericordia para el mundo.

Estoy segura de que, quien lea este testimonio, comprenderá el momento que vivimos y coincidirá conmigo en que si no nos arrodillamos ante Jesús, vivo en el Santísimo Sacramento del Altar, haciendo reparación y uniendo nuestras oraciones, aquella copa rebalsará y se perderá gran parte de la humanidad.

Entonces vi a la Virgen Santísima, sentada en el suelo, con Jesús recostado sobre una tela y Su cabeza en las faldas de la Virgen.   Lo acariciaba y besaba, derramando abundantes lágrimas.

Yo soy madre, y cuando alguna vez mis hijos han tenido sufrimientos y han estado lejos mío, he sentido un dolor espiritual y físico.  Cuando trato de explicarlo digo que me duelen los pechos que alimentaron al hijo ahora sufriente o con problemas.

Contemplar este cuadro y pensar en el Corazón de nuestra Madre, me provoca tanto respeto, que creo que uno no puede menos que postrarse en tierra.  Ahí está la Mujer, sosteniendo la cabeza de Su Hijo muerto, aceptando el dolor que está traspasándole el Corazón.

Cuando una persona querida muere, uno sabe que el dolor se queda con uno.  El que se va no lleva dolor.

En este caso, desde el primer “Sí” de la Virgen hasta este momento, la vida de ambos Ha estado tan íntimamente unida que uno podía sufrir o gozar con los sentimientos del otro.

Si la Iglesia proclama que todo dolor humano es redentor, que sirve para la salvación de las almas cuando es ofrecido a Dios con amor, ¿Cómo puede alguien molestarse cuando oye decir que María fue Corredentora al pie de la Cruz?

El lazo que une a la Mujer del Génesis, cuya descendencia aplastaría la cabeza de la serpiente, con la mujer vestida de sol del Apocalipsis, ¿no es precisamente el de la “Corredención”, -el hecho de que Ella haya participado activamente, también como víctima, en aquel santo sacrificio- que se perpetró a los pies de la Cruz?

Pido perdón por lo antedicho si ofendo a los hombres, pero júzguelo nuestra Madre la Iglesia, que mi formación no me da para esbozar siquiera un criterio; pero el amor, reconoce al AMOR y para eso no se necesita sabiduría.

Volvió la escena del Calvario y repitió la voz majestuosamente: “¡… Infundiré Mi Ley en sus corazones, ellos serán Mi pueblo y Yo seré su Dios…!”

Entonces apareció ante mis ojos nuevamente la gran iglesia donde entraban no solamente los futuros sacerdotes y mujeres consagradas, sino un sinfín de mujeres y hombres, viejos, jóvenes y niños...

Algo me obligó a mirar hacia la cúpula del templo.  Allí estaba la Virgen María, majestuosa, cubriendo con un manto azul claro toda la escena.  Traía una hermosa sonrisa, como una mamá que abraza a su bebé protegiéndolo con muchísimo amor.

Adentro estaba Jesús, revestido como en la imagen de Cristo Rey, celebrando la Santa Misa. Concelebraban con Él todos aquellos jóvenes que antes habían sido ungidos.  Sentí una enorme alegría en el corazón.

Jesús me dijo entonces: “Di a todos Mis hijos que no es suficiente conocer de memoria las quince estaciones del Vía Crucis, sino vivirlo y recrearlo para que cada Santa Misa sea verdaderamente el memorial de Mi Pasión.”

“Diles que desde la Cruz, me He inclinado ante cada uno de ellos porque la fuerza del amor les Ha concedido ser ‘Alteri Christi’…” (otros Cristos)

En ese momento vi un cuarto con una ventana no muy grande, las paredes claras y Jesús, resplandeciente, todo vestido de blanco, que soplaba sobre Sus Apóstoles y les decía: “Reciban el Espíritu Santo… A quien perdonen sus pecados, les serán perdonados en el Cielo….”

Transcribo a continuación las últimas palabras de Jesús, que acaba de darme para ustedes, mientras termino de escribir este testimonio, en el amanecer de la festividad del Bautismo de nuestro Señor.

“Querido hermano, para ti Ha sido este testimonio.  Para que logres vivir un tiempo de cuaresma renovado, en la profunda meditación de la unión que deseo tener contigo y a través de ti, con Mi Pueblo.”

“No permitas que el racionalismo del mundo cambie tus blancas vestiduras por una hoz y un martillo.  Tu biblioteca debe ser contemplarme en la Cruz.  Tus armas y las de todo cristiano deben ser la oración, la compañía de Mi Madre, y el puerto de salvación la Eucaristía.”

“Pero cuida siempre que tu celebración sea como Aquella del Jueves Santo; esa celebración que estremece los corazones de los laicos.  Recuerda que Mi pueblo quiere santidad en sus Pastores.”