INTRODUCCIÓN
8 de diciembre de 2003
Día de la Inmaculada Concepción
Me insta nuestro Señor a
escribir este nuevo libro, cuyo contenido está basado en todo lo que me fue revelado
durante casi dos meses y medio.
Por mucho tiempo no supe
cuándo ni cómo debía comenzar a escribir este testimonio; aunque estaba segura
de que lo haría en una fecha de gran importancia para la historia de nuestra
Salvación.
Y resultó ser justamente
hoy, cuando la Iglesia conmemora el día de la Inmaculada Concepción de aquella Mujer, que con Su “Sí” hizo que
se cumpliera el mayor acto de Misericordia de Dios para con los hombres: la
venida de nuestro Redentor al mundo.
Este pequeño libro contiene
nuevas enseñanzas acerca de las Palabras de Amor y Sabiduría, de Abandono a la
Voluntad del Padre en medio del más atroz dolor, de Piedad y Misericordia hacia
la humanidad, de Valentía y de Donación al hombre.
Estas son las últimas horas
de Jesús en la Cruz y que hoy son recreadas, con el objeto de que medites sobre
ellas, que profundices y vivas junto a nuestro Salvador los últimos momentos de
Su vida como Hombre, antes de retornar al Padre y enviarnos al Espíritu Santo.
A Este Santo Espíritu de
Dios encomiendo nos guíe a través de estas páginas, suplicando Su asistencia y
consagrándole mi pobre trabajo, para que de alguna manera pueda ayudar en la
salvación de las almas.
“Cuando llegué al Gólgota,
Me encontré con que acababan de crucificar a dos reos. Gritaban, se retorcían y Me inspiraban
lástima, a Mí que estaba en peor condición física que ellos…”, me había dicho el Señor
al empezar mi meditación de aquel Primer Viernes.
Pude ver cientos de
personas, hombres que iban a ser crucificados, caminando lenta pero
desesperadamente, gritando, blasfemando; con los ojos llenos de terror y de
odio, de deseos ciegos de venganza. No
iban todos juntos, me daba cuenta de que eran escenas de distintos días y
horas. Pero había un común denominador
en ellos: todos eran condenados a la cruz, y casi todos decían las mismas
palabras y proferían similares insultos y amenazas a quienes se habían
convertido en sus verdugos.
En más de tres ocasiones vi
que se acercaba uno o varios soldados a alguno de estos condenados y sacando un
cuchillo o espada le cortaba la lengua para que se callase, y todo aquel camino
hacia la muerte, se hacía aún más horrible y doloroso.
Apareció ante mis ojos la
escena del Viernes Santo. Este
condenado a muerte era distinto.
Golpeado… mil veces más herido que cualquier otro, coronado con un casco
lleno de espinas largas que habían destrozado su piel, incrustándose en su
carne; lleno de sangre y polvo, afiebrado, temblando y con los ojos muy
irritados por el sudor y las heridas; pero Su mirada estaba llena de paz, de
piedad, de tristeza, y en ciertos momentos hasta se percibía en ella alegría,
cuando volvía a Él la certeza de que ese sufrimiento salvaría a la humanidad de
la muerte eterna.
Los otros insultan,
maldicen, se retuercen. Él calla, no sale
una queja de su boca, tan solo bendiciones y palabras de perdón. Contrariamente a lo que nos dirían los
valores de este mundo, podía verse claramente que Él es el Gran ganador, el
Vencedor de la muerte; sus verdugos son los pobres instrumentos del demonio,
quien junto a Judas, es el gran derrotado.
PRIMERA PALABRA
Cuando le arrancaron la
ropa, todos esperaban en absoluto silencio que Aquel Hombre se rebelara o que
pidiera perdón, misericordia ante sus adversarios. Unos esperan eso, que Él se rebele o suplique el perdón para
aquella sentencia. Otros esperan que,
como Hijo de Dios que dice ser, le suplique a Su Padre que haga llover fuego
del Cielo, para castigar a quienes lo maltrataron tanto. Parece haberse detenido el tiempo para
ellos, sin embargo Este Hombre apenas mueve los labios: silenciosamente, reza…
Pero hay cuatro personas
que esperan otra cosa: Juan, María Magdalena, María de Cleofás y la Virgen
María. Y me parece que Jesús también
espera algo distinto… También Él…
Esperan ver a aquellas
personas que fueron sanadas por esas Manos que ahora están siendo
traspasadas. ¿Dónde están aquellos que
escucharon Sus enseñanzas en el Monte de las Bienaventuranzas? ¿Dónde, aquellos
que recibieron el perdón de Sus labios?
¿Dónde están los hombres que convivieron con Él por casi tres años?...
¿Dónde están los que Él había resucitado en el cuerpo y en el alma?
Lo que veo me lastima y sé
que estoy lagrimeando. Entonces escuché
la voz de Jesús, que habló y me dijo que no había pensado únicamente en ellos,
sino en toda la humanidad; en todos nosotros, los de ayer y de hoy, aquellos
que, a pesar de haberlo conocido y recibido tantos beneficios de Él, un día
habrían de darle la espalda: unos por cobardía, por temor a la persecución,
otros por miedo a las burlas por aceptarse Cristianos, otros por comodidad,
otros porque creen que todo lo merecen y su egoísmo no los lleva sino a pensar
en sí mismos. La mayoría, por indiferencia, por tibieza o por incredulidad y
falta de fe.
Entonces me repitió las
Palabras del Evangelio: “…y no tengas miedo, pues no hay nada oculto que
no llegue a descubrirse. Lo que te digo
de noche, dilo a la luz del día y lo que te digo al oído, predícalo desde las
azoteas…”
Por eso estoy aquí
escribiendo, ayudada por Él, para que no estés entre aquellos a quienes Jesús
se refiere con tanto dolor.
Habían terminado los
soldados de colocar a Jesús sobre la Cruz.
Hasta unos minutos antes, sólo se había escuchado el golpe de los
clavos, primero amortizado por Su Carne virginal y luego secos, contra el
madero. Él no contestaba, Él perdonaba,
Él rezaba y el silencio crecía en las gargantas esperando las primeras palabras
o los alaridos del crucificado.
Cuando levantaron la Cruz
en alto, el llanto de las mujeres rompió el silencio y entonces comenzó
nuevamente el horror: los gritos, los insultos, las burlas, los escupitajos,
¡El desafío a Dios, en ese preciso instante en el que se enfrentan el odio y el
Amor, la soberbia y la Humildad, lo diabólico y lo Divino, la rebelión y la
Obediencia a la Voluntad de Dios!
Jesús me miró, y fue como
si Sus ojos claros me levantaran, me despertaran de mis despojos para sentir
que me perdía en la profundidad de aquel dolor… Comenzó a hablarme nuevamente,
Sus Palabras hacían eco en mi corazón, como si de pronto se hiciera un enorme
agujero. Tristemente dijo:
“Fui sometido a un juicio
en el que no tenían de qué acusarme, puesto que nada malo había hecho. Jamás hubo en Mi boca una mentira, y aún los
falsos testigos que fueron convocados ante ese juicio infame, para hablar en
contra de Mí, carecían de toda coherencia en sus testimonios. Mi único pecado y la causa de Mi condena a
muerte fue el afirmar algo que no podía haber negado ante nadie, que era el
Hijo de Dios.”
Calló y yo sentía que
estaba quebrada ante aquel tormento moral y físico. ¡Cuántas cosas pasaban por mi mente en segundos! ¡Cuántos sentimientos que tal vez nunca
podré explicar!
Poco después Su voz, con un
tono varonil y calmo, con Palabras entrecortadas, despertó mi tiempo y escuché
lo que tal vez nadie de los que allí estaban esperaba oír de labios de este
condenado a muerte:
“Padre, perdónalos, porque
no saben lo que hacen…”
Todos quedaron mudos ante
estas Palabras, muchos de ellos estremecidos por el impacto, acababan de reconocer
ante Quién se encontraban.
¡Qué injusta ironía! Su sentencia fue por proclamarse Hijo de
Dios. Porque osó llamar a Dios “Padre”,
“Abba”, o amado Papá, “Papito”, como muchos diríamos hoy. Por eso lo han sentenciado… Y sin embargo
está pidiendo a Su Padre, que tenga Misericordia para Sus verdugos.
Está pidiendo que ese grave
pecado no les sea tenido en cuenta por Su Padre Dios. Y con este acto está
dejando el mejor ejemplo de todo lo que transmitió en Sus años de predicación:
Esta dando testimonio vivo, en los hechos, de lo que nos enseñó: Amar y pedir
por los enemigos, por los que nos hacen daño.
Las Palabras que un día se
oyeron de Sus labios en el Monte de las Bienaventuranzas, las estaba
convirtiendo en hechos ahora, en el Monte llamado “Gólgota” o “de la Calavera…”
¡Cuánto había gozado
satanás con la Pasión del Hijo de Dios! Sin embargo, si antes lo había hecho
reír el dolor de Jesús, ahora con estas Palabras aullaba de ira, corriendo a
meterse en aquellos monstruos que torturaban al Hijo del Hombre, a Aquel
Hombre, por Quien “el ángel malo” o “diablo” fue echado del Cielo.
De este modo quería
conseguir que la crueldad de los verdugos aumentase contra Jesús, al punto de
desafiarlo y tentarlo a que se bajara de la Cruz. Ese hubiera sido el triunfo
del demonio: que Jesús aceptara el desafío y con ello cayera en la tentación de
la desobediencia y la soberbia.
El enemigo de las almas se
retuerce de rabia porque se ha cumplido la sentencia: el Hijo de la Mujer del
Génesis, estaba pisando su cabeza contra el suelo al ganarnos la entrada al
Cielo y no con espadas ni armas; no con tanques ni aviones de guerra, como se
ganan las batallas en la tierra para justificar nuestras miserias, sino con un
Hombre destrozado en esa Cruz…
Ese Hombre que, así como
perdonó a Pedro, a la mujer adúltera, a la Magdalena y a tantos otros… de la misma manera pide
perdón humildemente al Padre, para enseñarnos que la dulzura y el amor pueden
más que la soberbia, que las humillaciones a los demás, que el látigo, la
postura autosuficiente y la prepotencia.
Para enseñarnos que al
noble, al sabio y al Santo se los reconoce por su sencillez y humildad y no por
sus gritos o posesiones terrenas; por su calidad al aceptar el sufrimiento y no
por hacer sufrir a los demás.
No, no hay Misericordia
para Él. Pero Él sí pide Misericordia
para ellos, para todos nosotros los hombres y mujeres, desde Adán y Eva hasta
el último hombre que nacerá antes del fin del mundo.
Sabe que de este profundo
dolor nacerá una Iglesia; ese es el grande y sabroso fruto -consecuencia feliz
de la mezcla de agua y sangre que luego manará del Costado abierto- fruto de
Amor de quien está dejando dos mandamientos en los que se resumen los diez
dados por Su Padre también en otro monte: en el Sinaí a Moisés.
Si tú cumples esos dos
mandamientos, se derramará sobre ti todo un río de Misericordia y serás
salvado. Hay una sola condición para
ganar esa Misericordia: “AMAR A DIOS POR SOBRE TODAS LAS COSAS Y AMAR A TU
PROJIMO COMO A TI MISMO”. Él no Ha
venido a abolir las leyes de los Profetas, sino a dar cumplimiento de ellas.
Toda Su vida no ha sido otra cosa que dar cumplimiento a las profecías que
sobre Él se dijeron en tiempos anteriores.
Desde Su concepción en el vientre puro de una doncella…
A los seres humanos nos ha
costado tanto aceptar diez reglas a cambio de tanto Amor, de tantas
bendiciones, del don de la vida, de la libertad de elección… que Dios mismo Ha
decidido encarnarse en un vientre humano para demostrarnos que sí se pueden
cumplir esos mandamientos.
Pero como nuestra miseria y
egoísmo son tan grandes, Ha dado un paso más a favor nuestro, Ha decidido
simplificarnos las cosas: nos dice “Reconoce que tienes un solo Padre al
que debes amar por sobre todas tus comodidades, por sobre todos tus seres
queridos, por sobre todo el poder, el honor y el placer que te pueda ofrecer el
mundo, y trata a los demás como si fueras tú mismo.”
“Ámalos con el mismo amor con que te amas, no menos.
Respeta a los hombres y mujeres con el respeto y consideración que
exiges de los demás. Sé capaz de dar
todo lo que pides para ti y no hagas con los otros lo que no quisieras que
hagan contigo…” Así de
simple, así de sencillo, para que aún los niños y los que no son letrados, lo
puedan comprender.
Yo sé que a este punto de
tu lectura, hermano, sabrás que esto no va a ser fácil, no es empresa pequeña
el despojarse de todo en favor de los otros: ¡Es heroísmo! De eso se trata precisamente la búsqueda de
la santidad, y todo bautizado debe buscar el ser santo.
Si has tenido el valor de
aceptarlo, no permitas que nada se interponga en tu camino. Vas a encontrarte con momentos en los cuales
muchas circunstancias y demasiadas personas –queridas y no queridas, conocidas
y desconocidas; de tu mismo credo y de otras religiones, de tu misma Patria y
de otros pueblos- intentarán detenerte.
Este es el momento en el que la virtud de la perseverancia es tan
necesaria.
¿Cómo lo harás...? Tienes la certeza de que Jesús te ha dejado
una Iglesia, para que te guíe cuando no sepas por dónde ir, te levante cuando
estés caído, te perdone en Su Nombre; te acoja cuando busques albergue para tu
alma, te forme con Su Palabra y te nutra con Su Cuerpo y con Su Sangre… Para
que puedas convertirte en una prolongación Suya, en una diáfana manifestación
de Su Presencia viva, para que irradies esa claridad y resplandor que es sello
de quien es Testigo, de quien ha recibido los destellos de Su Luz y de Su Amor.
No pueden salvarnos
nuestros méritos, porque no los tenemos ante la inmensidad de la Omnipotencia
Divina. No vamos a salvarnos porque
fuimos buenos padres, hermanos, hijos o amigos. Esa es nuestra obligación.
Seremos salvados porque Jesús Fue, Es y Será el Amor y está a la espera
de que así lo aceptemos. Este Amor, con
Sus infinitos méritos Ha ganado el perdón para nosotros, lo Ha pedido a Su
Padre desde la Cruz.
Muchas veces es tan grande
el reproche de nuestra conciencia por un pecado cometido, o por toda una vida
de pecados, que no pensamos que Dios pueda perdonarnos, que ya nos ganó el
perdón, clavado en la Cruz del Amor…
Jesús dijo que cuando
pidamos el perdón de nuestros pecados durante la oración del Padrenuestro,
recordemos que Él fue capaz de pedir el perdón para nosotros porque jamás
sintió rencor contra nadie…
Sólo un alma sencilla y
humilde es capaz de pedir perdón por las ofensas de los enemigos. Eso requiere de mucho valor y entrega, que
es la fórmula para despojarse de los bajos instintos que buscan lo ordinario:
la venganza, el hundir a los otros para tratar de sobresalir o al menos salir a
flote uno mismo...
¡Ah, pero eso sí!
Absolutamente todos, estamos obligados a perdonar las ofensas que nos hacen, en
la medida en que queremos que Dios nos perdone.
Si decimos que “perdonamos
pero que no olvidamos”, estamos pidiendo al Padre que haga lo mismo con
nosotros. Si, por el contrario, de
corazón perdonamos las ofensas que nos hacen y al rezar pedimos que Dios nos
perdone, así como lo hacemos, entonces sí estamos en condiciones de suplicar
que, al haber actuado con Misericordia, Dios nos otorgue Su Misericordia.
Jesús dijo después: “En
Mi Corazón atormentado por el sufrimiento, hubo un sentimiento de piedad por
otro ser que sufría cerca Mío: el hombre que estaba crucificado a Mi derecha,
Dimas, llamado ‘el Buen Ladrón’. Me
contemplaba con piedad, él que estaba también sufriendo.”
“Con una mirada aumenté el
amor en ese corazón, pecador, sí, pero capaz de sentir piedad por otro
hombre. Ese malhechor, ese bandido que
pendía de una cruz fue otra Magdalena, otro Mateo, otro Zaqueo… otro pecador
que Me reconocía como al Hijo de Dios… y por eso quise que Me acompañara en el
Paraíso aquella misma tarde, para estar Conmigo cuando Yo abriera las puertas
del Cielo para dar entrada a los justos.”
“Esa era Mi Misión y esa es
la misión de ustedes: abrir las puertas del Cielo para los pecadores, para los
arrepentidos; para los hombres y mujeres que son capaces de pedir perdón, de
poner su esperanza en la existencia de la vida eterna y colocarla junto a Mi
Cruz…”
“Dimas, el Buen Ladrón a Mi
derecha y Gestas, ‘el Mal Ladrón’ a la izquierda. El de la izquierda lleno de odio, el de la derecha, cambiado en
un instante, al escucharme decir aquellas Palabras: “Padre, perdónalos, porque
no saben lo que hacen”.
“Ese hombre, ante Mi
Presencia serena, sufriente sí, pero no desesperada -la Presencia del portador
de la Paz- sintió quebrarse muchas cosas dentro de él. Ya no quedaba lugar para el odio, no había
lugar para el pecado, para la violencia, para la amargura.”
“Sólo un corazón bueno es
capaz de reconocer lo que viene del Cielo y Dimas lo estaba reconociendo ante
sí. Yo pedía perdón para quienes Me
estaban crucificando, estaba clamando Misericordia para los pecadores como él y
su pequeña alma se abrió para aceptar esa Misericordia.”
“Por eso, cuando oye decir
a Gestas, el Mal Ladrón burlándose de Mí, que si Yo era el Hijo de Dios Me
salvara y los salvara también a ellos, Dimas siente temor de Dios, sabe que la
vida de ellos ha sido miserable, tan sucia que tal vez merecían un sufrimiento
mayor del que estaban pasando.”
“Ese temor, ese
reconocimiento de la Luz que brillaba frente a él, lo hace contestar: “¿Es que
no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros
hechos; en cambio éste, nada malo ha hecho.”
En este punto, el Señor me
permitió presenciar la mirada que Él cruzó con el Buen Ladrón. Una mirada de gratitud, una mirada de
perdón, la mirada de un padre que se siente complacido con la respuesta de su
hijo.
Hay una nueva escena ante
mis ojos, y comprendo que Jesús me permite ver lo que estaba recordando, lo que
había sucedido no mucho tiempo atrás, cuando Él comenzó a convivir con Sus
discípulos… Veo a Jesús eligiendo a Sus seguidores. Uno a uno, los mira, profundamente, amorosa pero firmemente, con
mansa autoridad, aquella autoridad que no es prepotencia, sino el fruto de una
convicción ante la que nadie puede negarse, y los invita a seguirlo.
De aquellos días, dijo
Jesús: “Quise que fuesen Mis discípulos,
Mis hermanos, Mis amigos. Es uno mismo
quien elige a sus amigos y Yo elegí a los Míos… ¡En cuántas oportunidades tuve
que poner paz entre ellos para enseñarles el valor de la amistad! Aún hoy trato de enseñarles a los hombres el
sentido comunitario y agápico de esta relación: amistad Conmigo y con los
demás.”
“Los amaba, no sólo como
Dios, sino también como Hombre. Podía
conversar con ellos, podía jugar con ellos, y de hecho, lo hice… Cuando
bajábamos a bañarnos en el río, jugábamos echándonos agua, como niños. Tirábamos piedras, como en un concurso y
festejábamos con aplausos y risas las piedrecillas que más velozmente y más
lejos saltaban.”
“Trepábamos a los árboles,
como lo hace cualquier joven. Hacíamos
carreras, subíamos a los montes para orar o para comer nuestra pequeña
merienda. Compartíamos anécdotas y
risas, como todos los hombres lo hacen cuando viven en comunidad, pero siempre
concluíamos esos encuentros con una oración de gratitud al Padre, por
permitirnos vivir aquellos momentos.”
“Tampoco fueron pocos los
días en que no teníamos tiempo ni siquiera para comer, pero siempre procuré
hacer las tareas de ellos para que apreciaran el ejemplo. Mi alimento era hacer la Voluntad de Mi
Padre, ese era Mi objetivo, Mi descanso, Mi felicidad...”
“Podía instruirlos y
escuchar sus inquietudes, sus secretos, y aunque veía en el fondo de ellos, Me
sentía feliz de que quisieran hacerme partícipe de su intimidad. A Mi vez, les
di tanto amor, paciencia, instrucción, abrazos… Todo lo que puede darse a un
amigo… Pero, no era suficiente, debía dar la vida por ellos y no dudé en
hacerlo.”
“Por eso estoy clavado
agonizando en esta Cruz, por ellos, por todos ustedes…”
¡Dios mío, cuánto dolor y cuánto Amor!
Vi resbalar dos lágrimas de los grandes ojos de Jesús y hubiera dado la
vida por secarlas con mis labios. ¡Tan
dolorosas y llenas de Amor! Entonces
comprendí que nadie merece las consideraciones de Jesús. No las merecieron Sus discípulos y amigos
entonces, no las merecemos nosotros hoy.
Segunda Palabra
Jesús estaba solo y en ese
momento encontraba en Dimas todo el amor que habría querido encontrar en Sus
Apóstoles. Aquel hombre hasta se había
atrevido a defenderlo, mientras los otros, los que Él amaba, excepto Juan,
cobardemente habían huido para no comprometerse y caer junto a Él.
Tal parecía que los suyos,
en más de 2 años no habían sido capaces de creer verdaderamente en Sus
Palabras, de lo contrario estarían allá, junto a Él.
Este hombre, Dimas, en unos
minutos había creído en Su parte Divina, con oír de sus labios unas palabras,
una súplica al Padre; había descubierto la Verdad y el Camino
hacia la Vida…
Estaba viendo a Jesús
agonizar, con la Paz de los que no tienen nada qué temer, con la Esperanza de los
que saben que hay algo en qué esperar. Dimas quiso creer en ese “algo” porque
estaba frente a la Esperanza misma.
Con mucho cansancio por el
esfuerzo y por el dolor, pero con la emoción de haber visto la Luz, pronunció
las palabras que lo llevarían a la santidad: “¡Jesús, acuérdate de mí cuando
estés en Tu Reino…!”
Esas palabras equivalen a
las que hoy decimos en el confesionario “Padre, perdóneme, porque he pecado”
La noche anterior, mientras
Jesús sufría el principio de Su Pasión para salvar a pecadores como cada uno de
nosotros y como Dimas, el “buen ladrón” no sospechaba siquiera que saldría de
su prisión insultado, escupido, repudiado, en calidad de “un maldito más”, para
encontrarse con la Fuente del Amor Misericordioso. Ignoraba que al atardecer llegaría al Palacio del Rey de Reyes,
del brazo del Príncipe de la Paz.
Y Jesús miró en ese
malhechor al amigo. Porque amigo es
aquel que confía en uno, que le entrega su confianza sin temores. Amigo es aquel que se apiada de ti en tus
momentos de sufrimiento, no aquel que añade sal a tus heridas…
Amigo es el que quiere
permanecer a tu lado y llegar contigo hasta el final, sin escuchar los gritos
de los condenados, de los que acusan, injurian, insultan y quieren verte morir
de la forma más terrible, porque su corazón está lleno de crueldad.
Esa mirada de Jesús
reemplazó el abrazo que ansiaba darle, así como hoy abraza a todo aquel que le
confía y consagra su alma. En medio de
Sus lágrimas y espasmos, sonrió y con una voz llena de ternura prometió:
“En verdad te aseguro que hoy mismo
estarás Conmigo en el Paraíso”
Una vez más, Jesús
tendiendo Sus brazos amantes al pecador; ensalzando aún por encima de los
justos al que se arrepiente y humilla.
En efecto, no va a ser el más
santo de los que hasta ese día murieron quien entre primero en la Gloria. Ni siquiera van a ser los Profetas y
Mártires quienes ocasionen la “fiesta en el Cielo.” Es un ladrón, un asesino
tal vez, un hombre repudiado por la sociedad… el primer Santo canonizado en
vida y por el mismo Jesús: “San Dimas”.
Dicen que los polos
opuestos se atraen: La pobreza cautiva al Señor, la miseria lo atrae, el
pecador es Su gran desafío. Por eso se
abajó hasta nuestra condición humana, para que unidos a Él nos liberásemos de
toda atadura. Por eso, nuevamente se
encuentran las dos orillas: de un lado las manos vacías del hombre y del otro,
el Amor Infinito de Dios. Dos orillas
tan sólo unidas por dos sentimientos, por dos actitudes: la humildad y la
Misericordia, que juntas construyen siempre el puente de la salvación.
¡Dichoso tú, Dimas, que
fuiste merecedor de la primera gota salvífica de la Sangre del Redentor, tan
sólo por la fuerza de tu Fe y Su infinita Misericordia! Feliz tú, hermano mío,
que no ocasionaste a Jesús la decepción que le proporcionan hoy muchos de
aquellos que deberían reconocer Su voz y amarlo más.
Bienaventurado tú, Buen
Ladrón, que fuiste capaz de olvidar tus sufrimientos, para compadecerte de
otros.
Por eso mereciste la Gracia
de que Dios mismo te diera la absolución, transformando tu pecado en hoguera
resplandeciente del Amor Divino: porque fuiste valiente aún para dar una
enseñanza a tu compañero Gestas y por tanto, desde tu cruz, estabas
evangelizando, a ejemplo de Aquel a quien acababas de conocer.
Así pues Dimas estaba dando
a su compañero, todo su patrimonio a la hora de la muerte; le ofrecía todo
cuanto poseía: fe, una fe nueva pero firme; la esperanza en la Misericordia del
Señor para obtener la vida eterna y la caridad, al invitarle a compadecerse con
el Sufriente.
Ahora me pregunto y
pregunto a todos mis hermanos: ¿Y nosotros, qué somos capaces de dar por este
Amor que se entrega para salvarnos?
¿Tal vez lo que nos sobra...?
Y nos sentimos “generosos”
cuando damos algunos alimentos o vestuario u otro tipo de ayuda material a
quienes más la necesitan, pero... ¿Cuántas veces estamos conscientes de que es
obligación nuestra el dar a nuestros hermanos algo más que pan y ropa?
No me cabe la menor duda,
estas cosas son necesarias y mucho más en tiempos de carestía, de hambre o de
dificultades, pero tendremos que tener presente que “no sólo de pan vive el
hombre…”
Y si estamos conscientes de
que las riquezas materiales, o el tener mucho qué comer y beber, no producen la
felicidad verdadera en el hombre; que existe una permanente insatisfacción en
los que viven en la lujuria, en la avaricia y otras concupiscencias de la
carne...
Si aprendimos que la fama y
los honores no nos conducirán a la verdadera felicidad, porque son glorias
efímeras, transitorias...
Si comprobamos que no es
imprescindible ni la salud del cuerpo, ni la risa grosera y el bullicio, ni las
amistades únicamente mundanas, para vivir feliz de verdad….
¿Por qué no estamos
llevando a Dios a nuestros hermanos, por qué no les estamos llevando Su
Palabra, el Amor que hemos conocido, la Fe que nos hace testigos? ¡No nos damos cuenta de la gravedad de
nuestra omisión!
Dios ama a quien da con
alegría. Dios cubre nuestras necesidades.
Cuando damos con felicidad, con alegría, nuestra fe y nuestro amor,
entonces estamos llenos, como un granero inmenso del cual otros podrán venir a
recoger buen grano para llevarlo, a su vez, a los más necesitados.
Durante uno de los
encuentros que tuvimos en estos días, al llegar a este punto Jesús me dijo: “El
núcleo de Mi Mensaje fue esa felicidad de la que Yo gozaba y que era fruto del
Amor y la entrega a Mi Padre y a ustedes, los hombres. Todo lo que dije e hice, fue para que de Mi
profunda alegría se contagiasen también los demás; para que el gozo de Mis discípulos
fuese verdadero y llegase también a su plenitud, como el Mío.”
“Hija Mía –continuó el
Señor- esta dura lucha que Estoy viviendo, con la carne lastimada que clama sus
derechos, con las tinieblas que se ciernen a Mi alrededor y lejos de aquellos
por quienes doy la vida, hacen que sienta una angustia de muerte, llevando en
Mi Ser todo el Amor que siento por las criaturas que esperan redención. La angustia y la pena añaden dolor a Mi
Cuerpo, cada vez más debilitado por toda esta sangre que se escurre por Mi piel
a consecuencia de esta durísima prueba.”
“Felices de ustedes, los
que aceptan compartir Mis dolores y Mis amores; dichosos quienes aceptan
voluntariamente esta comunión con Mis sentimientos más hondos, este
compenetrarse con Mis deseos de entrega más profundos; este vivir Mi misma
condición de crucificado en la extraordinaria lección que no se acaba nunca.”
Tercera Palabra
Mi Señor levantó un poco la
cabeza como queriendo liberar Sus ojos de la sangre que entraba en ellos, para
mirar una vez más a esos dos seres que tanto había amado y que ahora se
quedaban como testimonio Suyo: Su Madre y Juan, el hermano, el amigo, el
hijo... quien, tal vez por ser el más joven y el más puro entre los Apóstoles,
se identificaba mejor con Jesús.
Precisamente Juan, después
escribiría el Evangelio del Amor de Dios y hablaría de María, la Mujer del
Génesis: la Madre del Hijo de Dios, la “Llena de Gracia”, la perfecta
colaboradora, discípula y a la vez educadora de Jesús. María, nuestra amorosa y
dulce Madre.
Jesús me dijo en ese
instante: “Cuando hablé en la montaña aquel día sobre las
Bienaventuranzas, tenía a Mi Madre frente a Mí, escuchando atenta, aprendiendo…
-Felices los pobres en el espíritu… Felices los puros de corazón… Felices los
humildes y sencillos… Felices los que sufren y lloran… Felices los que son
odiados y perseguidos por mi causa…- Y pensaba en todos los hombres que serían
llamados Bienaventurados o Felices, tomando como modelo a María.”
En ese momento, Ella se
acercó más hacia la Cruz donde estaba clavado ese Cuerpo que era carne de Su
carne. Sabiendo que quedaba poco
tiempo, María le dice interiormente: “¡Hijo Mío y Señor Mío, llévame Contigo…!”
Jesús la miró con una
ternura y un dolor inefables. Ahí
estaba Ella, la Mujer del Génesis, la Mujer de las Bodas de Caná, la Mujer del
Apocalipsis; la Mujer que había sido destinada, elegida, formada para ser Su
Madre en la tierra...
Esa mirada de Jesús reclama
de todos un respeto profundo y verdadera piedad por quien ahora está viviendo los
dolores profetizados por Simeón en el Templo el día de Su Presentación... ¡Una
espada está atravesando su alma!
Después de haber tenido la
visión de ese momento, el Señor me dijo: “Mi Madre estuvo siempre
destinada a ser la Mujer que con Sus sufrimientos Me ayudaría en la redención
de los hombres... Deben saber que aquel día, en la Boda de Caná, cuando le dije
que no había llegado aún Mi hora, me refería precisamente a este momento: la
hora en la que Me marcharía para que Ella continuase Mi Obra en la Iglesia que
nacería de Mi Costado.”
“Quiso el Padre
convertirla en Madre del “Fruto” de Su Amor, Yo quise convertirla en Madre del
Fruto de Mi Pasión y Mi Cruz: Mi Iglesia.
Madre de la Iglesia y Madre de los que creen en Mi Nombre y se hacen
Hijos de Dios.”
“Esta Mujer, que habiendo
dicho Sí a la Voluntad del Padre cuando le fue anunciada Mi Encarnación, que
toda Su vida no fue otra cosa que un ‘Sí’ al Divino Querer, va a convertirse
ahora en la primera cosechadora del fruto del grano de trigo muerto. Y para ello tendrá que ser igual a Mí en
Misericordia para con el mundo.”
“Ya lo ves, pequeña nada,
ahora contemplando este momento puedes comprender con mayor facilidad por qué
el sufrimiento humano tiene sentido cuando es sobrellevado por amor, queriendo
dar cumplimiento a la Voluntad Divina; y es que el mayor dolor, por intenso que
sea, no mengua la felicidad en el corazón de alguien que se dulcifica con el
mayor Amor”
“La verdadera felicidad
radica en el amor a Dios y como consecuencia a los hombres. Un amor que es donación generosa, capaz de
dar la misma vida por agradar al Padre.”
“Ha llegado Su hora y Mi
hora: Yo vuelvo al Padre, pero Ella deberá quedarse y suplicar como Yo
suplicaba para que no se pierdan los Míos.
Debía decirle, debía recordarle que era la Mujer del Génesis, que si
bien Nuestros Corazones se estaban desgarrando de dolor, Yo debía marcharme y
Ella quedarse para que se cumpla la sentencia de Dios: “Enemistad pondré entre
ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje; él te pisará la cabeza mientras
acechas tú su calcañar.” (Gen 3,15)
“Di a todos Mis hijos que
postren su corazón ante esta meditación, porque es uno de los momentos más
culminantes en la historia de la salvación del hombre. Voy a encomendar la humanidad a la
queserá ‘Medianera’ entre el hombre y Yo.”
“Ha llegado la hora del
Génesis, la hora de completar el milagro iniciado en Caná. Es el momento en el que debo pedirle que
adopte a Juan y en él, que adopte por hijos Suyos a todos los hijos de Dios, a
todos Mis hermanos. Mi camino se
transformó en Su camino, y deberá beber hasta la última gota del cáliz amargo
del sufrimiento: Está entregando a Su Hijo por cumplir la Voluntad Divina y
deberá convertirse en Madre de la humanidad; pero luego la humanidad,
representada en Mi Iglesia, repetirá Sus laudes y Su gloria resplandecerá
cuando el Universo se incline ante la Reina de todas las virtudes.”
“Es preciso que nuevamente
Su Corazón Inmaculado se abra a la Voluntad Divina y Su obediente Amor sea más
fuerte que Su humilde Dolor… Ella debe recordar que es la Mujer de ayer, de hoy
y de mañana: Antiguo Testamento, Evangelio y Apocalipsis…”
“Es preciso que Ella tenga
un nuevo parto:”
“Mujer, ahí tienes a tu hijo…
Hijo, ahí tienes a tu Madre…”
Nuevamente la Virgen Ha
obedecido, Juan se arroja en Sus brazos llorando y Ella, muy agotada por la
tristeza, pero digna, Señora como siempre, majestuosa en su sencillez, que no
necesita de artificios para mostrar su hermosura… serena y dulcemente abraza a
Juan.
Sabe que el parto llegó
nuevamente para Ella. Sabe que este
parto es muchísimo más doloroso que el otro. En el primero, se le encomendaba
al Hijo de Dios, al Santo, a un niño puro como Ella que le traería alegría,
sabiduría, risas y bendiciones en cada uno de Sus besos.
En este otro parto se
convertirá en Madre de la humanidad entera y muchísimos no sólo no querrán
reconocerla, sino que la ofenderán.
Otros, por atacar a la Iglesia de Su Hijo, la llamarán “demonio”, cuando
Ella venga una y otra vez a la tierra en busca de las ovejas perdidas que ama
el Pastor.
En el primer parto, Sus
brazos acunaron una hermosa criatura que en Su carne fresca, tierna, recibía
los besos dichosos de una joven Mamá.
Ahora Sus brazos recibirán a Su Hijo muerto, torturado y ensangrentado
por salvar a hombres miserables, que por culpa de sus pecados lo dejan así,
irreconocible, como un día había sido profetizado por Isaías.
Sabiendo todo esto y viendo
a Su Hijo en ese estado, moribundo, oyéndolo… obedece y consiente en adoptar
como hijos suyos a todos los hombres, también a los malhechores, a las
prostitutas, a los ateos, a los asesinos, a los ladrones, a los mentirosos, a
los que sucesivamente y por todo el tiempo que dure la vida en la tierra, irán
ofendiendo, combatiendo y negando a Dios.
Nos recibe a los de ese y a
los de este tiempo, y con ello viene el parto: Acaba de dar a luz a la Iglesia
de Su Hijo. Así como un día el
Espíritu Santo depositó en Sus purísimas entrañas al Verbo para traer la
salvación al mundo, hoy el Hijo deposita en Su Corazón Inmaculado a la
humanidad, para que en Ese Recinto sagrado pueda hallar refugio el pecador que
quiere salvarse.
No, no es fácil lo que le
encarga el Señor y Ella lo sabe porque Dios la colmó de dones; pero además, le
regaló el Don de ser la “Omnipotencia Suplicante”. Ese don que consiste en la súplica permanente fue, y aún es hoy,
la llave secreta para abrir el Corazón de Jesús.
El Señor me dijo: “Ella
sabía que tendría que suplicar por cada uno de ustedes y deberían aprender de
María… De niño Yo seguía Sus pasos, para que después Ella siguiera los
Míos. Fue tan íntima Nuestra unión, tan
perfecta, que sentía todos Mis sentimientos y conocía todos Mis pensamientos,
porque en Mi Santo Espíritu, del cual estaba llena, todo le era conocido. Así es como Ella estaba en Dios y Dios
estaba en Ella. Por eso Su vida era
silenciosa y orante.”
“El hombre de hoy, cuando
encuentra dificultades en la vida, reflexiona, vacila o discute, en lugar de
rogar. Muchas veces el demasiado
reflexionar sobre los problemas es una huída a lo imaginario, mientras que la
verdadera oración es siempre el retorno a lo real.”
“Cuando Mi Madre se
encontraba en una situación difícil, no se ponía a reflexionar y a planificar,
sino que oraba. Por eso podía donarse
en una forma total, porque súplica y donación están íntimamente unidas.”
“La súplica de María tiene
el valor del regalo que Dios espera de ella: es el mayor regalo, la manera más
perfecta de darse. La súplica no es
verdadera, no es pura, deja de ser cristiana, si no es una manera de darse.”
Contemplo nuevamente a
Jesús y me viene a la memoria el Salmo 22, 16-17, que dice: “Seco está como
un tejón mi paladar, mi lengua está pegada a las fauces, y me has echado al
polvo de la muerte. Me rodean como
perros, me cerca una turba de malvados, han taladrado mis manos y mis pies…”
Qué madre, frente a algo
tan atroz como el ver a Su Hijo crucificado, habría podido soportar tal
sufrimiento? Contemplé a la Virgen y
sentí tanta piedad que el amor por Ella iba creciendo en intensidad, en
respeto, en admiración. Pensé que Su espíritu, a pesar de tanto dolor,
albergaría la esperanza en la Omnipotencia Divina, pero Su humanidad sufría
profundamente esa enorme prueba.
Recordé una meditación del
Vía Crucis que recita una parte del Cantar de los Cantares: “Buscaba al amor
de mi alma, lo busqué y no lo encontré. Me levanté y recorrí la ciudad por las
calles y las plazas, buscando al amor de mi alma. Lo busqué y no lo encontré...
Me encontraron los centinelas, que andaban de ronda por la ciudad. ¿Han visto a mi amado? Apenas los había dejado cuando encontré al
amor de mi alma.”
Recordé también al Profeta
Jeremías que dice: “... Ustedes que pasan por el camino, miren, fíjense bien
si hay dolor semejante al dolor con el que el Señor me ha herido...”
Años atrás Jesús, al
revelarme lo que sucede durante la Celebración de la Eucaristía, había dicho
que ninguna Madre alimentó nunca a su hijo con su carne y que El sí había
llegado hasta ese extremo del Amor dándonos como alimento Su Cuerpo y Su
Sangre.
Ahora, al contemplar ese
Cuerpo del cual colgaban lonjas de piel y carne, apreciaba exactamente lo que
quiso decirnos, y mi corazón se sintió tan culpable, que pedía dejar de latir
en ese momento para no sufrir lo que estaba yo sufriendo. ¡Imaginemos lo que
estaría sintiendo en ese momento la Santísima Virgen!
Hoy, cuando comprobamos
cuánto se ha degradado la mujer, pisoteando su pudor, para entregarse
desvergonzadamente a la mirada sucia de tantos hombres...
Cuando vemos a todas esas
jóvenes que se vanaglorian de exhibirse en fotografías desnudas porque están
orgullosas de que sus cuerpos, a veces perfectos en belleza, hayan sido
elegidos para mostrarse cual barata mercancía, o como si fuera carne fresca
colgada de ganchos en los mercados…
¿Es que no se nos ocurre pensar,
ni queremos creerlo, que ese cuerpo es TEMPLO Y MORADA DEL ESPIRITU
SANTO...?
Nuestro amor debería
admirar más la pureza de María. No
debería ser tal o cual modelo la que inspire a nuestras hijas, porque la carne
es carroña que se pudre y la belleza más grande se envejece para acabar
convertida en polvo.
Todas las mujeres
deberíamos tener como modelo a María, imitar Su pureza, Sus delicados y
auténticos movimientos realizados siempre con aquella femineidad y sobriedad
que da mayor Gloria a la Creación de Dios y no entristece al Espíritu Santo.
Y es que lamentablemente
muchas mujeres, al convertirse en entes que se mueven por el mero instinto y el
puro afán de seducción, con ademanes que de tan exagerados resultan groseros,
terminan por atentar contra la misma estética que supuestamente buscan.
No podemos convertirnos en
piedras de tropiezo, pues un día deberemos rendir cuentas a Dios por cada uno
de los hombres que a causa de nuestro impudor pecaron, ya que no es tan
culpable aquel que peca mirando como aquella que se descubre incitando al
pecado.
Que Dios se apiade de
nosotras, las mujeres que no tuvimos el interés de reconocer a María, la Llena
de Gracia, como un posible modelo a imitar.
“¡Oh!, ustedes, por quienes
He dado Mi vida, Tienen ahora una Madre a la que pueden recurrir en todas sus
necesidades. Los He unido a todos con
los más estrechos lazos, al darles a Mi propia Madre.”
Cuarta Palabra
La enseñanza de Jesús en
este momento consistía en mostrarme Su Rostro y dejarme ver que estaba muy pálido,
detrás de ese baño de Sangre. En ese
momento el cielo empezó a oscurecerse, hasta ponerse casi como si fuera de
noche, era como si hubiera un eclipse.
Los oscuros nubarrones
presagiaban tormenta, decenas de relámpagos zigzagueaban en el horizonte y
truenos muy fuertes retumbaban haciendo temblar la tierra.
De pronto aparecieron
centenares de Ángeles alrededor de toda la escena. En un movimiento conjunto, perfectamente sincronizado, todos
ellos se postraron para adorar a Jesús, con las manos juntas y en silencio,
mientras sus brillantes rostros reflejaban una profunda tristeza. Él Tenía la lengua y los labios muy secos,
pastosos. Nuevamente Su voz adquirió un
matiz cansado, como si le costara hablarme, y me dijo: “Contempla esta
escena, querida Mía y aprende que los Míos no pueden marchar sin cruz por la
vida.”
“Ve y dile al mundo lo que
estás aprendiendo, y si quieren callarte, grita más fuerte todavía, por la
fuerza del amor que te une a Mí, como unidos están estos dos maderos para
formar un instrumento de salvación para el género humano.”
“Di a las almas
consagradas, que la cruz que llevan, no es únicamente para que adorne su pecho
o los identifique superficialmente Conmigo.
Primero deben revestirse de ella, aprender a ‘acomodarse’ en ella, en lugar
de huir de ella. Diles que no pueden
ambicionar el Tabor si no han pasado antes por el Gólgota; que aquí, en la
Cruz, es donde aprenderán la caridad, la humildad, la pobreza de espíritu, la
templanza en todos los actos de su vida.”
“Asegúrales que Yo doy
prueba y testimonio de que, desde la experiencia de la cruz, se puede vencer
fácilmente al demonio. Contémplame: Soy
verdadero Hombre, en el cual la carne manifiesta sus limitaciones, y verdadero
Dios al demostrarles la fuerza implacable del Amor agápico.”
“Oren por aquellos que no
conocen de sufrimientos, porque de cierto, no están entre los Míos… Observa a
estos dos condenados que Me flanquean y medita acerca de las formas en que los
hombres llevan sus cruces.”
“Unos la llevan con rabia, con
rencor, en medio de mucho pesar. Quien
carga una cruz en semejantes circunstancias y con esos sentimientos, de hecho
carga una cruz que no tiene sentido, puesto que en lugar de acercarlo, lo aleja
de Mí. Por lo general esa es la cruz de
aquellos que se niegan a comprender el sentido del sufrimiento que adquiere
dimensiones sobrenaturales. Esa es la
cruz que tiene el ladrón de Mi izquierda: es la cruz que siempre será pesada y
que nunca podrá redimir.”
“Dimas, a Mi derecha,
acepta su cruz con resignación, y hasta con dignidad, asumiéndola primero,
porque no le queda más remedio. Pero de
pronto, cuando Me reconoce y sabe que Soy el Hijo de Dios, acepta esa cruz
reconociéndose pecador y pidiendo que a través de ella, la Misericordia se
acuerde de Él.”
“Finalmente, Me tienes a
Mí aquí, frente a ti. Abrazado a Mi
Cruz redentora, para enseñarles a cargar la suya. Los invito a ser corredentores Conmigo, reparando sus propios pecados
y los de todos los hombres. Sepan que
esta forma de cargar la cruz se refleja en su conducta, cuando frente a ustedes
tienen contrariedades y dolores y a través de ellos se acercan a Mí, y sacan
utilidad de ellos para testimoniar ante los hombres; cuando abrazan su cruz y
desde allá pueden sentir que lo único que desean es fortaleza, porque la sed de
almas los abrasa a ustedes.”
“Tengo Sed…”
“Sí, tenía la boca y la
lengua secas, estaba deshidratado y la fiebre Me quemaba, por eso tomaron una
lanza y con un estropajo, pusieron en Mis labios hiel y vinagre, para burlarse
aún más cuando se Me ampollase la boca.”
“Cuando dije tengo sed, aún
tenía la vista fija en Mi Madre, en Juan y un poco más allá, en la mujer
pecadora que ante semejante visión, ni siquiera se sentía digna de acercarse
para tocarme compadecida. Tal era el
sentimiento de culpa que la embargaba, que se limitaba a llorar mirándome con
impotencia. ¡Bendita Magdalena, que
permaneciste al pie de Mi Cruz dejando que tus lágrimas se mezclaran con la
Sangre redentora que iba cayendo en tierra!”
“Por tu amor y tu dolor fuiste
redimida y premiada con Mi primera aparición ante los hombres. Por haber amado tanto, tus pecados fueron
lavados y quiso el Padre premiar tu conversión y tu sacrificio, colocándote en
los Altares junto a Mi Madre y a Juan, para que todos los que se creían “justos
y sabios” se inclinasen luego ante la que condenaban, y así se cumpla el
Magnificat de María al decir que Dios “enaltece a los humildes” y que a los
“hambrientos los colma de bienes”.
Entonces Jesús empezó a
explicarme los motivos y los sentimientos que lo inundaban cuando dijo: “Tengo
sed”, y todo va muchísimo más allá de lo que uno puede imaginar. Jesús
no dijo: “agua”, que hubiera sido lo más fácil y práctico, si de verdad hubiese
querido beber. De hecho, Él ni siquiera pensó en agua, porque estaba
diciéndonos que tenía sed de nosotros,
sed de almas, sed de que entendiéramos todos, el infinito valor de aquello que
estaba sucediendo.
Quien ha sentido alguna vez
verdadera sed... sed de ingerir líquido, sabe lo que eso significa... Invito al
lector a que lo pruebe alguna vez, con la prudencia necesaria y ofreciéndoselo
al Señor...
Dentro de las necesidades
humanas, quizás la sed sea la más apremiante, y mucho más aún en situaciones de
fatiga extrema... Pienso que fue precisamente por eso que el Señor lo dijo...
Quien tiene sed no puede esperar para satisfacerla, es un ansia que devora...
Jesús tenía sed de vernos
unidos en torno a Sus enseñanzas, tenía sed de ver una Iglesia unida y no
dividida, “porque en este grupo hay mejores cantos o los predicadores
hablan más bonito y en un lenguaje más moderno que los otros...”; “porque
estos trabajan con ese padrecito y esos otros con aquel...”; “porque
este grupo es muy pietista, en cambio el otro se identifica más con los
pobres...”; “porque aquí no se me da el espacio que merezco y
allá sí...”
Tenía sed de ver a todos
los que proclamamos a Cristo como Salvador nuevo, unidos por el amor y no
separados por los intereses mezquinos, egoístas, y materiales. Quería que aquellas Bienaventuranzas
proclamadas con toda la fuerza y la dulzura de Su Corazón un día, como el único
camino de salvación para los hombres, hicieran carne en los nuestros. Tenía sed, en fin, de vernos ayudándonos, de
hombre a hombre, de comunidad a comunidad, de parroquia a parroquia, de apostolado
a apostolado, no compitiendo ni destruyéndonos como si fuésemos enemigos
políticos que van en busca de un botín.
Tenía sed de ver a Sus
Obispos y sacerdotes uniendo, edificando, derramando Misericordia, ayudando,
apoyando, aconsejando, alentando a los pecadores laicos, que muchas veces no
sabemos por dónde empezar a trabajar, porque nos ponen cargas que muchos de
ellos no pueden levantar, con todo el camino que llevan recorrido,
supuestamente tratando de crecer en la Fe.
“Quería gritarle al
hombre que venga tal como es y que beba de Mi sed, de esa corriente de dolor
que nacía del Amor mismo. Tenía sed de ver que todos los niños tuvieran un
hogar feliz, no un padre o una madre alcohólica. Tenía sed de ver niños
mentalmente sanos, sin traumas por haber visto violada su intimidad y su
inocencia. Tenía sed de ver a esos
pequeños que amaba tanto, con deseos de construir un mundo mejor, y conociendo
los valores evangélicos.”
Jesús tenía sed de los
jóvenes que habrían de entregarle su vida renunciando al mundo, y de aquellos
que estando en el mundo proclamarían la Buena Nueva, desde el lugar que
libremente hubieran elegido.
Cristo tenía sed de mujeres
que, tomando como ejemplo a otras santas mujeres, edificásemos –comenzando por
la Iglesia doméstica- una sociedad más justa y con valores morales; enseñando a
nuestros hijos y a los ajenos a tener a Dios como principio y fin de nuestro
paso por la tierra.
Jesús tenía sed de almas,
de todas las almas por las cuales estaba derramando hasta la última gota de Su Sangre. Desde lo alto de la Cruz, miraba tus pecados
y los míos y gritaba a la humanidad: “Tengo sed de esta alma…” “Esta
es el alma por la que estoy sufriendo tanto, tengo sed, tengo hambre, tengo
necesidad de ella para poder aplacar este calor que Me ocasiona la fiebre de
las heridas, que al infectarse han lesionado Mi humanidad…”
“Tengo sed de oración, de
paz en las familias, en las comunidades, en el mundo entero; sed de saber que
todos responderán a Mi llamado un día; sed de almas generosas que se ofrezcan
como “Pararrayos” de la justicia Divina, para salvar a las otras almas…”
“Tengo sed de ti, hija Mía,
de tu ayuda, de tu perseverancia. Pero, cuidado con los lobos vestidos de
ovejas. Si ves que, quien trata de detener tu paso es un comerciante, ten mucho
cuidado, No vaya a ser que quiera cambiarte la Cruz que te he dado por una
corrupta y pretendida sabiduría.”
“Silenciosamente continúa
tu camino, aunque con mucha cautela, abrazando con mayor fervor el madero que
pesa sobre tus hombros, y sigue las huellas de Mi Sangre para que te dirijan
siempre hacia Mí… Y si alguno de tus verdugos comienza a golpearte de frente,
no te cubras la cara contra el insulto o el golpe, ni trates de defenderte…
Ofrécele también tus espaldas, para que el mundo te reconozca Mía por tus
heridas, porque te aseguro que quienes te golpeen serán los mismos que Me
golpearon a Mí. ¡Alégrate por estar entre los que pertenecen a Jesús!”
Esa sed que tenía Jesús era
Su testamento, dejándonos todos Sus méritos a nosotros, los pecadores, para que
en virtud de ellos nos salváramos.
Jesús tuvo sed incluso de aquellos ateos y apóstatas que veinte siglos
más tarde dirían que el demonio y el infierno no existen; que la Eucaristía es
sólo un símbolo, una conmemoración; que Él, siendo Dios, no sintió los dolores
de Su Pasión y que por ello no sufrió lo que hubiera sufrido cualquier otro
hombre; que se exagera cuando se pintan retratos de un Cristo “demasiado
sufriente”; que el Cristo histórico es distinto del Cristo idealizado por la
devoción popular; que Jesús no puede hablar ya a los hombres porque en Su
tránsito por esta tierra lo Ha dicho todo...
¿Y si no sabemos
escucharle? ¿Si hemos perdido la
capacidad de asombrarnos con las enseñanzas del Evangelio, de solidarizarnos
con ese Cristo sufriente, y de aprender a amar a nuestros hermanos...?
Jesús tenía sed de ver
cristianos que se comprometieran a trabajar por difundir el Reino de los cielos
en el corazón de los hombres. No quería nuestra cómoda mediocridad de
“asistentes a Misa el domingo” y nuestra “membresía” a algún “Apostolado” como
si se tratase de la filiación a un club, para entablar mejores relaciones
sociales y de paso tratar de mitigar el peso de nuestras conciencias.
Cristo nos veía desde Su
eternidad y sentía sed, verdadera y acuciante necesidad de sacudirnos, para
despertarnos del cómodo letargo de la tibieza espiritual en que caeríamos la
mayoría de nosotros, los supuestos “buenos católicos”.
Esos y otros miles de
motivos más, que alcanzarían para llenar centenares de páginas, fueron los que
llevaron a Jesús a decir: “Tengo sed”.