INTRODUCCIÓN
Una de las inquietudes del hombre creyente de hoy es ciertamente la de preguntarse si el Señor sigue hablando a la humanidad; si es que Dios terminó de hablar o es que se necesitan más revelaciones para orientar a nuestro mundo. Lo cierto es que los hombres necesitan en todas las épocas un lenguaje nuevo que les recuerde determinados contenidos de nuestra fe para refrescar su conocimiento relacionado a Jesús.
Tanto el hombre de ayer como el de hoy está viviendo una situación de desconcierto y abandono de fe a nivel mundial. Si es cierto que el hambre material ha sido siempre un fenómeno que ha caracterizado toda época, igualmente el problema del hambre espiritual está tocando más que nunca la conciencia y el corazón de los hombres de toda cultura, de toda raza y de todo nivel social.
Si el Señor se materializara hoy tal vez tendría la misma impresión y expresión que tuvo hace dos mil años ante la multitud: "Sintió compasión de ellos porque estaban como ovejas que no tienen pastor" (Mc 6, 34).
Parece que las ovejas, desparramadas por las distintas partes del mundo, han dejado de escuchar la voz del Pastor; por consiguiente son muchas las abandonadas, las que padecen hambre, las que lloran porque nadie las atiende, las que son heridas. Muchas se encuentran en el fondo de los precipicios, en la oscuridad sin que álguien pueda darles esperanzas. Todas de alguna manera gritan y suplican al Pastor para que no se canse de buscarlas y las devuelva al rebaño.
Tenemos la impresión que la humanidad se encuentra frente a un fuerte apagón respecto a los valores y respecto a la dimensión del más allá. La "luz" opaca del progreso técnico, económico, de los medios de comunicación social, del bienestar, del dinero, de la diversión, de la seguridad han contribuido al crecimiento de la indiferencia frente a la Luz verdadera que debía brillar. "La Luz vino a su propia casa pero los suyos no la recibieron" (Jn 1, 11).
Muchas falsas luces opacas han ofuscado la dirección y el gérmen de eternidad sepultado en todo ser humano. Nuestra cultura en sus declaraciones y manifestaciones está organizada para ofrecer un planteamiento que directamente prescinde de Dios; los ídolos de nuestra cultura, con todas sus expresiones de toque materialista manifiestan síntomas de una humanidad que está perdiendo de vista a su Bien Supremo sustituyéndolo con los "bienes" que derivan de su ingenio, inteligencia, opulencia y seguridad.
Es necesario preguntarnos con el Evangelio en las manos si es que la "cizaña" ha ahogado la buena semilla. Si la semilla de la Palabra de Dios sigue aprisionada entre los espinos o si de veras ha sido arrebatada por las "aves inescrupulosas". Cuán pocas semillas cayeron en buen terreno y lograron producir frutos! (Cf. Lc 8, 5-15). Con mucha razón el Señor nos denuncia que buena parte de esa semilla de la Palabra sembrada por Él ha sido ahogada por las preocupaciones de las riquezas y placeres de la vida (Lc 8, 14). Los hombres atormentados por sus esclavitudes y afán de bienestar, confundidos por las ideologías que los hombres inventan ya no pueden dar cabida a la Palabra.
Hemos de reconocer que a pesar de tanta infidelidad de los hombres el Señor como ayer sigue sembrando Su Palabra; los terrenos son siempre variados: pedregosos, espinosos, asolados, expuestos para ser pisados, terrenos fríos y finalmente terrenos fértiles que reúnen las condiciones para acoger la semilla.
El Señor no se resigna a que sus criaturas se aparten de Él, desde siempre está llamando al hombre "Su obra maestra" para reunirlo desde todos los confines y ofrecerle la vida en plenitud. En verdad gran parte de la humanidad ha quedado hechizada por los avances vertiginosos de la ténica, expectador y artífice a la vez de nuevos artefactos desde la computadora hasta las innovaciones más sofisticadas de la ciencia, está corriendo incansablemente hacia la afirmación de la autosuficiencia, desalojando el campo de la fe para instalar la razón como único recurso. Es así como la sociedad empapada de materialismo y ateísmo práctico no puede ya abrirse a la trascendencia, no tiene tiempo para escuchar la voz de Dios que habla desde lo más profundo, tampoco tiene tiempo para buscar la Luz: su paraíso terreno es el obstinado objetivo de su vida; se lo ve abierto a las fábulas y a las doctrinas llamativas que hacen arrinconar el rostro del Dios verdadero.
Los escritos que siguen son la misma voz de Dios que habla con un corazón de Padre a todos los hombres de buena voluntad que entusiasmados por el Evangelio miran con esperanza el futuro. En todo lo que encontraremos no hay nada de novedad respecto a la Palabra Eterna del Evangelio. El discurso de Jesús vuelve a reiterar la exigencia del amor, de la fe, la observancia de los Mandamientos, la paz y la unidad entre los hombres.
El Señor ha estado hablando a una elegida suya y le ha pedido que extendiera lo que Él mismo le ha ido dictando para que su amor misericordioso vuelva a convivir en las mesas de los creyentes. El contenido que encontramos en estos escritos es como una campana que vuelve a tocar armoniosamente las notas del amor misericordioso; en algún momento exhorta, en otro momento suplica, en otro momento su invitación afectuosa llama al abrazo fraterno que pasa por la oración, por la vivencia de los sacramentos, por la vivencia de la Eucaristía, por la devoción hacia su querida Madre. Todo su discurso repica sobre estos elementos de la fe tradicional llamándonos a jugar bien nuestra última carta.
Todo aquello que tú, querido hermano, encuentres en estas páginas, es la misma palabra dulce de Dios Padre, de Jesús, de la Virgen, nuestra Madre que expresan en tonos distintos su preocupación de reconducir a todos hacia el cielo, la Patria que ha sido destinada a cada uno de nosotros.
Un amigo del alma