La Pasion

 

JESUS

Hijita Mía, déjate abrazar por Mi más ardiente deseo de que todas las almas vengan a purificarse en el agua de la penitencia... Que se penetren de los sentimientos de confianza y no de temor, porque Soy Dios de Misericordia y siempre Estoy dispuesto a recibirlas en Mi corazón.

Así, día a día, iremos uniéndonos en nuestro secreto de amor. Una pequeña chispa y luego una gran llama... ¡Sólo el amor verda-dero hoy no es amado!... ¡Haz amar al amor! Pero antes, ora hijita, reza mucho por las almas consagradas que han perdido el entusias-mo y la alegría en el servicio. Ora también por aquellos Sacerdotes que realizan el milagro de los milagros en el altar y cuya fe es lánguida.

Piérdete en Mí como una gota de agua en el océano... Cuando te creé, besé tu frente signándote con la señal de Mi predilección... Busca almas, porque son pocas las que Me aman; busca almas e imprime en sus mentes la visión del dolor en el cual Me consumí. Los hombres, sin saberlo, están prontos a recibir grandes dones.

Yo estoy junto a tí, cuando haces lo que te pido; es como si Me quitaras la ardiente sed que Me secó hasta los labios en la Cruz.

Me haré presente cada vez que invoquen Mi pasión con amor. Te concederé el vivir unida a Mí en el dolor que experimenté cuando en Getsemaní conocí los pecados de todos los hombres.

Se consciente de ello, porque a pocas criaturas llamo a esta especie de pasión, pero ninguna de ellas comprende qué predilección He puesto en ellas al asociarlas a Mí en la hora más dolorosa de Mi vida terrena.

 

 

Jesus se Prepara

Hay almas que consideran Mi Pasión, pero son muy pocas las que piensan en la preparación de Mi vida pública: ¡Mi soledad!

Los cuarenta días que pasé en la ladera del monte, fueron los días más angustiosos de Mi vida, porque los pasé completamente solo, preparando Mi Espíritu para lo que vendría: sufrí hambre, sed, desaliento, amargura. Sabía que para ese pueblo, mi sacrificio sería inútil puesto que Me negaría. En esa soledad percibí que ni Mi nueva doctrina, ni Mis sacrificios y milagros podrían salvar al pueblo judío que se convertiría en deicida.

Sin embargo, debía cumplir mi deber, la misión divina. Debía dejar Mi semilla primero y morir después. ¡Qué triste es esto mirándolo desde el plano humano!

Yo también fui hombre y sentí penas y angustias. ¡Me encontré muy solo! Mortifiqué Mi cuerpo con el ayuno y Mi Espíritu con la oración. Pedí por toda esa humanidad que Me desconocería, que Me sacrificaría tantas veces...

Fui tentado como cualquier otro mortal y Satanás jamás sintió más curiosidad por saber quién era el hombre que permanecía en tanta soledad y desamparo.

Piensen en todo cuanto tuve que padecer por salvar al hombre, para poder reinar en su corazón, para hacerle posible la entrada en el reino de Mi Padre.

 

 

La Cena Pascual

Ahora, vamos al relato de Mi Pasión... Relato que dará gloria al Padre y Santidad a otras almas elegidas...

La noche antes a ser entregado, fue plena de gozo por la Cena Pascual, inauguración del eterno Banquete, en el que el ser humano debía sentarse para alimentarse de Mí.

Si Yo preguntase a los cristianos, ¿qué piensan de esta Cena?, seguramente muchos dirían que es el lugar de sus delicias, pero pocos dirían que es la delicia Mía... Hay almas que no comulgan por el gusto que experimentan sino por el gusto que Yo siento. Son pocas, pues las demás sólo vienen a Mí para pedir dones y favores.

Yo abrazo a todas las almas que vienen a Mí porque vine a la tierra a hacer crecer el amor en el que las abrazo. Y como el amor no crece sin penas, así Yo, poco a poco, voy retirando la dulzura para dejar a las almas en su aridez; y esto para que vayan ayunando de su propio gusto, para hacerles comprender que deben tener la luz puesta en otro deseo: el Mío.

¿Por qué hablan de aridez como si fuese señal de disminución de Mi amor? Han olvidado que si Yo no doy alegría, deben probar ustedes sus arideces y otras penas.

Vengan a Mí, almas, pero no piensen sino en que Soy Yo quien todo lo dispone y quien los incita a buscarme. ¡Si supieran cuánto aprecio el amor desinteresado y cómo será reconocido en el cielo! ¡Cuánto gozará de él, el alma que lo posee!

Aprendan de Mí, queridas almas, a amar únicamente para hacer gozar a quien los ama... Tendrán dulzuras y mucho más de lo que dejan; gozarán tanto de cuanto Yo los He hecho capaces. Yo Soy quien les preparó el Banquete. Yo Soy el alimento. ¿Cómo entonces puedo hacerlos sentar a Mi mesa y dejarlos en ayunas? Yo les prometí que quien se alimenta de Mí no tendrá más hambre... Yo Me sirvo de las cosas para descubrirles Mi amor. Sigan los llamados que les hacen Mis Sacerdotes, los cuales toman ocasión de esta fiesta pascual para conducirlos a Mí, pero no se detengan en lo humano, de lo contrario harán cesar el otro objetivo de esta fiesta.

Nadie puede decir que Mi Cena se haya hecho su alimento cuando experimentan sólo dulzura... El amor crece, para Mí, a medida que cada uno se deja a sí mismo.

Muchos Sacerdotes lo son porque Yo quise hacerlos Mis Minis-tros, no porque Me sigan de verdad... ¡Oren por ellos! Deben ofrecer a Mi Padre la pena que Yo sentí cuando en el Templo eché por tierra los bancos de los mercaderes y reproché a los Ministros de entonces por haber hecho de la casa de Dios una reunión de logreros.

Cuando ellos Me preguntaron con qué autoridad Yo hacía eso, sentí una pena aún mayor al comprobar que la peor negación de Mi Misión venía justamente de Mis Ministros.

Por ello, oren por los Sacerdotes que tratan Mi cuerpo con sentido de costumbre y por ello mismo con muy poco amor...

Pronto sabrán que esto debía decirles, porque los amo y porque prometo, a quien ore por Mis Sacerdotes, la remisión de toda pena temporal debida. No habrá purgatorio para quien se aflige a causa de los Sacerdotes tibios, sino Paraíso inmediato después del último aliento.

Y ahora, vuelvan a hacerse abrazar por Mí, para recibir la vida que les participé con infinita alegría a todos ustedes.

Aquella noche, con infinito amor, lavé los pies a Mis Apóstoles porque era el momento cúlmine de presentar a Mi Iglesia al mundo.

Quería que Mis almas supieran que, aún cuando estén cargadas de los pecados más grandes, no están excluidas de las gracias. Que están junto a Mis almas más fieles; están en Mi corazón recibiendo las gracias que necesitan.

Qué congoja sentí en aquel momento, sabiendo que en Mi Apóstol Judas estaban representadas tantas almas que, reunidas a Mis pies y lavadas muchas veces con Mi Sangre, ¡habían de perderse! En aquel momento quise enseñar a los pecadores que no porque estén en pecado deben alejarse de Mí, pensando que ya no tienen remedio y que nunca serán amados como antes de pecar. ¡Pobres almas! No son estos los sentimientos de un Dios que ha derramado toda Su sangre por ustedes. Vengan todos a Mí y no teman, porque los amo; los lavaré con Mi sangre y quedarán tan blancos como la nieve; anegaré sus pecados en el agua de Mi Misericordia y nada será capaz de arrancar de Mi corazón el amor que les tengo.

Amada Mía, Yo no te He elegido en vano; responde con generosidad a Mi elección; se fiel y firme en la fe. Sé mansa y humilde para que los demás sepan cuan grande es Mi humildad.

 

 

Jesus Ora en el Huerto

Nadie cree en verdad que sudé sangre aquella noche en Getsemaní y pocos creen que sufrí mucho más en esas horas que en la crucifixión. Fue más dolorosa, porque Me fue manifestado claramente que los pecados de todos eran hechos Míos y Yo debía responder por cada uno. Así Yo, inocente, respondí al Padre como si fuese verdaderamente culpable de deshonestidad. Yo, puro, res-pondí al Padre como si estuviese manchado de todas las impurezas que han hecho ustedes, mis hermanos, deshonrando a Dios, que los creó para que sean instrumentos de la grandeza de la creación y no para desviar la naturaleza concedida a ustedes, con el fin de llevarla gradualmente a sostener la visión de la pureza en Mí, su Creador.

Por lo tanto, fui hecho ladrón, asesino, adúltero, mentiroso, sacrílego, blasfemo, calumniador y rebelde al Padre, a quien He amado siempre.

En esto, precisamente, consistió Mi sudor de sangre: en el contraste entre Mi amor por el Padre y Su Voluntad. Pero obedecí hasta el fin y, por amor a todos, Me cubrí de la mancha con tal de hacer el Querer de Mi Padre y salvarlos de la perdición eterna.

Considera cuántas agonías más que mortales tuve aquella noche y, créeme, nadie podía aliviarme en tales congojas, porque más bien veía cómo cada uno de ustedes se dedicó a hacerme cruel la muerte que se Me daba en cada instante por las ofensas cuyo rescate He pagado por entero. Quiero que se conozca una vez más cómo amé a todos los hombres en aquella hora de abandono y de tristeza sin nombre...

 

 

JesUs Instituye la Eucaristia

El deseo de que las almas estén limpias cuando Me reciben en el Sacramento del amor, Me llevó a lavar los pies a Mis Apóstoles. Lo hice también para representar el Sacramento de la penitencia, en el que las almas que han tenido la desgracia de caer en el pecado, puedan lavarse y recobrar su perdida blancura.

Al lavarles los pies, quise enseñar a las almas que tienen trabajos apostólicos, a humillarse y a tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas que les están confiadas.

Me envolví con un lienzo para enseñarles que, para obtener éxito con las almas, hay que ceñirse con la mortificación y la propia abnegación. Quise que aprendan la mutua caridad y cómo se deben lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre sin divulgar jamás los defectos ajenos. El agua que eché sobre los pies de Mis Apóstoles, era reflejo del celo que consumía Mi corazón en deseos de la salvación de los hombres.

En aquel momento era infinito el amor que sentía por los hombres y no quise dejarlos huérfanos... Para vivir con ustedes hasta la consumación de los siglos y demostrarles Mi amor, quise ser su aliento, su vida, su sostén, ¡su todo! Entonces vi a todas las almas que, en el transcurso de los siglos, habían de alimentarse de Mi Cuerpo y de Mi Sangre y todos los efectos divinos que este alimento produciría en muchísimas almas...

En muchas almas, esa Sangre Inmaculada engendraría la pureza y la virginidad. En otras, encendería la llama del amor y el celo. ¡Muchos mártires de amor se agrupaban en aquella hora ante Mis ojos y en Mi Corazón! ¡Cuántas otras almas, después de haber cometido muchos y graves pecados, debilitadas por la fuerza de las pasiones, vendrían a Mí para renovar su vigor con el Pan de los fuertes!

Cómo quisiera hacer conocer los sentimientos de Mi Corazón a todas las almas. Cuánto deseo que sepan el amor que sentía por ellas cuando, en el Cenáculo, instituí la Eucaristía. Nadie podría penetrar los sentimientos de Mi Corazón en aquellos momentos. Sentimientos de amor, de gozo, de ternura... Más, inmensa fue también la amargura que invadió Mi Corazón.

¿Eres acaso un buen terreno para la construcción de un magnífico edificio? Sí y no... Sí, por los dones que te He hecho desde tu nacimiento. No, por el uso que has hecho de ellos. ¿Piensas que tu terreno es el adecuado en proporción a la estructura del edificio que Yo levanto? ¡Oh, es mezquino! Entonces Mis cálculos, a pesar de todos los elementos contrarios que existen en tí, no fallarán, porque es Mi arte escoger lo que es pobre al intento que Me propongo. Yo jamás Me equivoco porque uso arte y amor. Construyo activamente sin que tú te percates. Tu mismo deseo de saber lo que estoy hacien-do Me sirve para probarte que nada puedes y nada sabes sin que Yo lo quiera...

Es tiempo de trabajar, no Me pidas nada porque hay alguien que piensa en tí.

Quiero decir a Mis almas la amargura, el tremendo dolor que llenaba Mi Corazón esa noche. Si bien era grande Mi alegría de hacerme compañero de los hombres hasta el fin de los siglos y Alimento divino de las almas, y veía cuántas Me rendirían homenaje de adoración, de amor, de reparación, no fué poca la tristeza que Me ocasionó el contemplar a todas aquellas almas que habrían de abandonarme en el Sagrario y cuántas dudarían de Mi presencia en la Eucaristía.

¡En cuántos corazones manchados, sucios y completamente desgarrados por el pecado tendría que entrar y cómo Mi carne y Mi Sangre, profanadas, se convertirían en motivo de condenación para muchas almas! Tú no puedes comprender la forma en la cual contemplé todos los sacrilegios, ultrajes y tremendas abominaciones que se cometerían contra Mí... Las muchísimas horas que iría a pasar sólo en los Sagrarios. ¡Cuántas noches largas! ¡Cuántos hombres rechazarían los amorosos llamados que les dirigiría!

Por amor a las almas, permanezco prisionero en la Eucaristía, para que en sus dolores y pesares vayan a consolarse con el más tierno de los corazones, con el mejor de los padres, con el más fiel amigo. Pero ese amor, que se consume por el bien de los hombres, no va a ser correspondido.

Moro en medio de los pecadores para ser su salvación y su vida, su médico y su medicina; y ellos, en cambio, pese a su naturaleza enferma se alejan de Mi, Me ultrajan y Me desprecian.

¡Hijos Míos, pobres pecadores! No se alejen de Mí, los espero noche y día en el Sagrario. No voy a reprochar sus crímenes. No voy a echarles en cara sus pecados. Lo que haré será lavarlos con la Sangre de Mis llagas. No teman, vengan a Mí. ¡No saben cuánto los amo!

Y ustedes, almas queridas, ¿por qué están frías e indiferentes a Mi amor? Sé que tienen que atender las necesidades de su familia, de su casa y del mundo que los solicita sin cesar. Pero, ¿no tendrán un momento para venir a darme prueba de su amor y de su gratitud? No se dejen llevar de tantas preocupaciones inútiles y reserven un momento para venir a visitar al Prisionero del amor. Si su cuerpo está enfermo, ¿no pueden encontrar unos minutos para buscar al Médico que debe curarlos? Vengan a quien puede devolverles las fuerzas y la salud del alma... Den una limosna de amor a este Mendigo divino que los llama, los desea y los espera.

Estas palabras producirán en las almas el efecto de una gran realidad. Penetrarán en las familias, en las escuelas, en las casas religiosas, en los hospitales, en las prisiones, y muchas almas se rendirán a Mi amor. Los más grandes dolores Me vienen de las almas sacerdotales y religiosas.

En el instante de instituir la Eucaristía, vi a todas las almas privilegiadas que se alimentarían con Mi Cuerpo y con Mi Sangre, y los efectos producidos en ellas.

Para algunas, Mi Cuerpo sería remedio a su debilidad; para otras, fuego que llegaría a consumir sus miserias, inflamándolas con amor. ¡Ah!... Esas almas reunidas ante Mi, serán un inmenso jardín en el cual cada planta produce diferente flor, pero todas me recrean con su perfume... Mi Cuerpo será el sol que las reanime. Me acercaré a unas para consolarme, a otras para ocultarme, en otras descansaré. ¡Si supieran, almas amadísimas, cuán fácil el consolar, ocultar y descan-sar a todo un Dios!

Este Dios que los ama con amor infinito, después de librarlos de la esclavitud del pecado, ha sembrado en ustedes la gracia incomparable de la vocación religiosa, los ha traído de un modo misterioso al jardín de sus delicias. Este Dios, Redentor suyo, se ha hecho su Esposo. El mismo los alimenta con Su Cuerpo purísimo y con Su Sangre apaga su sed. En Mí encontrarán el descanso y la felicidad.

¡Ay, hijita! ¿Porqué tantas almas, después de haberlas colmado de bienes y de caricias, han de ser motivo de tristeza para Mi Corazón? ¿No Soy siempre el mismo? ¿Acaso He cambiado para ustedes?... ¡No! Yo no cambiaré jamás y, hasta el fin de los siglos, los amaré con predilección y con ternura.

Sé que están llenos de miserias, pero esto no me hará apartar de ustedes Mis miradas más tiernas y con ansia los estoy esperando, no sólo para aliviar sus miserias, sino también para colmarlos de Mis beneficios.

Si les pido amor, no Me lo nieguen; es muy fácil amar al que es el Amor mismo. Si les pido algo caro a su naturaleza, les doy juntamente la gracia y la fuerza necesaria para que sean Mi consuelo. Déjenme entrar en sus almas y, si no encuentran en ellas nada que sea digno de Mi, díganme con humildad y confianza: “Señor, ya ves los frutos que produce este árbol, ven y dime qué debo hacer para que, a partir de hoy, broten los frutos que Tu deseas”.

Si el alma Me dice ésto con verdadero deseo de probarme su amor, le responderé: Alma querida, deja que Yo mismo cultive tu amor...

¿Sabes los frutos que obtendrás? La victoria sobre tu carácter reparará ofensas, expiará faltas. Si no te turbas al recibir una corrección y la acepatas con gozo, obtendrás que las almas cegadas por el orgullo se humillen y pidan perdón.

Esto es lo que haré en tu alma si Me dejas trabajar libremente. No florecerá en seguida el jardín, sino que darás gran consuelo a Mi Corazón...

Todo ésto se Me pasó delante cuando instituí la Eucaristía y me encendí en ansias de alimentar a las almas. No iba a quedarme en la tierra para vivir con los seres perfectos sino para sostener a los débiles y alimentar a los niños... Yo los haría crecer y robustecería sus almas, descansaría en sus miserias y sus buenos deseos Me consolarían.

Pero, entre Mis elegidos hay algunas almas que Me ocasionan pena. ¿Perseverarán todas?... Este el grito de dolor que se escapa de Mi Corazón; éste es el gemido que quiero que oigan las almas.

El Amor eterno está buscando almas que digan nuevas cosas a cerca de las antiguas verdades ya conocidas. El Amor infinito quiere crear, en el seno de la humanidad, un tribunal, no de Justicia sino de pura Misericordia. Por eso se multiplican los mensajes en el mundo. Quien los comprende admira sus obras, se aprovecha de ellos y hace que los demás también se aprovechen. El que no entiende, sigue siendo esclavo del espíritu que muere y condena.

A estos últimos dirijo Mi Palabra de condena, porque entorpecen la Obra Divina y se convierten en cómplices del maligno.

¿Que astucia produce presión en sus mentes de niños cuando condenan, encubren, reprimen lo que procede, no de míseras criatu-ras, sino del Creador? A los que he llamado pequeños revelo Mi sabiduría que, en cambio, oculto a los soberbios...

Alma, deja que Me derrame en ti; has de válvula de Mi Corazón, porque no falta alguien que comprime Mi Amor...

 

 

Jesus Hace la Voluntad del Padre

De Mi Pasión quiero que consideres, sobre todo, la amargura que me causó el conocer los pecados que, oscureciendo la mente del hombre, lo llevan a las aberraciones. Estos pecados se admiten, la mayoría de las veces, como fruto de una natural conveniencia a la cual se dice, no puede oponerse la propia voluntad. Hoy, muchos viven con graves pecados culpando a otros o al destino, sin posibilidad de salir de ellos. Esto ví en Getsemaní y conocí el gran mal que absorbería Mi Alma. ¡Cuantos se pierden así y cómo sufrí por ellos!

Así enseñé a Mis Apóstoles, con Mi ejemplo, a soportarse mutuamente, lavándoles los pies y haciéndome su Alimento. Se acercaba la hora para la que el Hijo de Dios se había hecho hombre y Redentor del género humano; iba a derramar Su Sangre y a dar Su Vida por el mundo.

En esa hora quise ponerme en oración y entregarme a la Voluntad de Mi Padre... Fue entonces que Mi Voluntad como hombre venció la natural resistencia al gran sufrimiento preparado para Mi por Nuestro Padre, tal ves más adolorido que Yo mismo. Entonces entregué, entre aquellas almas perdidas, Mi propia Alma para reparar lo que ya venía viciado. Mi Omnipotencia lo puede todo, pero quiere un mínimo sobre lo cual añadir de lo otro; y este mínimo Yo mismo lo ofrezco y con infinito amor.

Mi Pasión... ¡Qué abismo de amargura encerró en sí!

¡Qué equivocadamente lejos está aquel que cree conocerla, tan sólo por que piensa en los terribles sufrimientos de Mi Cuerpo!...

Hija Mía, te He reservado otros cuadros de las tragedias íntimas que viví y deseo compartir contigo, porque eres de aquellos que el Padre Me concedió en el Huerto.

¡Almas queridas! Aprendan de su Modelo que la única cosa necesaria, aunque la naturaleza se rebele, es someterse con humildad y entregarse para cumplir la Voluntad de Dios.

También quise enseñar a las almas que toda acción importante debe ir prevenida y vivificada por la oración, porque en ella se fortifica el alma para lo más difícil y Dios se comunica a ella y le aconseja e inspira, aún cuando el alma no lo sienta.

Me retiré al Huerto con tres de Mis Discípulos, para enseñarles que las tres potencias del alma deben acompañarlos y ayudarlos en la oración.

Recuerden, con la memoria, los beneficios divinos, las perfecciones de Dios: Su Bondad, Su Poder, Su Misericordia, el Amor que les tiene. Busquen después, con el entendimiento, cómo podrán corresponder a las maravillas que Ha hecho por ustedes... Dejen que se mueva su voluntad a hacer por Dios, lo más y lo mejor, a consagrarse a la salvación de las almas, ya sea por medio de sus trabajos apostólicos, ya por su vida humilde y oculta, en su retiro y silencio por medio de la oración.

Póstrense humildemente como criaturas en presencia de su Creador y adoren Sus designios sobre ustedes, sean cuales fueren, somentiendo su voluntad a la Divina.

Así Me ofrecí Yo para realizar la obra de la Redención del mundo. ¡Ah! Qué momento aquel en el cual sentí venir sobre Mi todos los tormentos que había de sufrir en Mi Pasión: las calumnias, los insultos, los azotes, los puntapiés, la corona de espinas, la sed, la Cruz...

Todo aquello pasó ante Mis Ojos al mismo tiempo que un dolor intenso lastimaba Mi Corazón; las ofensas, los pecados y las abominaciones que se cometerían en el transcurso de los siglos; y no solamente los vi, sino que Me sentí revestido de todos esos horrores y así me presenté a Mi Padre Celestial para implorar Misericordia.

Hijita Mía, Me ofrecí como un lirio para calmar Su cólera y aplacar Su ira. Sin embargo, con tantos crímenes y tantos pecados, Mi naturaleza humana experimentó una agonía mortal, al punto de sudar sangre.

¿Será posible que esta angustia y esta Sangre sean inútiles para tantas almas?... Mi Pasión fue orígen de Mi amor. Si Yo no hubiese querido, ¿quién habría podido tocarme? Yo lo quise y, para hacer ésto, Me serví de los más crueles entre los hombres.

Antes de sufrir, conocía en Mí mismo todo sufrimiento y podía evaluarlo enteramente. En cambio, cuando quise padecer, además de pleno conocimiento y valoración, tuve la sensación humana de todos los sufrimientos; Yo los tomé todos.

Hablando de Mi Pasión, no puedo pormenorizar tanto. Otras veces lo He hecho y ustedes no pueden comprenderlo, debido a que su naturaleza humana no alcanzaría a comprender la desmesurada extensión de los dolores que He sufrido.

Sí, Yo los ilumino, pero Me quedo en un límite, más allá del cual no pueden avanzar. Sólo a Mi Madre le hice conocer todas Mis cosas; por eso las sufrió más que todos.

Pero hoy el mundo deberá conocer más de lo que hasta ahora le He concedido, porque Mi Padre así lo quiere. Por ello, en Mi Iglesia florece un rayo de amor a todo el conjunto de las vicisitudes que, desde el huerto Me llevaron al Calvario. Más que a otro, manifiesto a los amados que tuve en el Huerto, Mi Pasión. Ellos pueden mencionar algo que se adapte a la mente de los actuales caminantes. Y si pueden, deben hacerlo. Por eso, escribe todo cuanto te digo, pequeña, para tí y para muchos otros, en alivio de las almas y para gloria de la Trinidad, que quiere que se sepan los sufrimientos Míos en Getsemaní.

Mi alma está triste hasta la muerte. Mientras la tristeza del mal físico podría llegar a ser causa de muerte, la del espíritu que quise experimentar, consistió en la ausencia completa del influjo de la Divinidad y en la presencia desgarradora de las causas de Mi Pasión.

En Mi Espíritu, que agonizaba, estaban realmente presentes todos los motivos que Me impulsaron a traerles el amor a la tierra. Primero, las ofensas hechas contra Mi Divinidad sufriente de hombre, con el conocimiento propio de Dios. No puedes encontrar semejanza a este género de sufrimiento, porque el hombre que peca comprende, con Mi luz, la parte que le corresponde y muchas veces, imperfectamente, no ve cómo es el pecado delante de Mí. Por eso es claro que sólamente Dios puede conocer lo que es una ofensa hecha a El.

Sin embargo, la Humanidad debía poder ofrecer a la Divinidad un pleno conocimiento y el verdadero dolor y arrepentimiento; y puedo hacerlo todas las veces que quiera, ofreciendo precisamente Mi conocimiento que Ha obrado en Mí, Hombre, con la humani-zación de la ofensa de Dios.

Este fué Mi deseo: que el pecador arrepentido, por Mi medio, tuviese cómo presentar a su Dios el conocimiento de la ofensa cometida y que Yo, en Mi Divinidad, pudiese acoger del hombre también la comprensión plena de la que ha hecho contra Mí.

Basta por hoy. No sabes cuánto Me consuelas cuando te entregas a Mí con entero abandono... No todos los días puedo hablar a las almas... ¡Déjame que para ellas te diga Mis secretos!... ¡Déjame que aproveche tus días y tus noches!

Estaba triste hasta la muerte, porque veía en todo lado el cúmulo enorme de las ofensas cometidas y, si por uno experimentaba una muerte sin parangón, ¿qué habré experimentado por el conjunto de todas las culpas? “Triste está Mi alma hasta la muerte”... de una tristeza que Me produjo el abandono de toda fuerza; de una tristeza que tenía por centro la divinidad hacia la cual —en Mí— convergía la marea de las culpas y el hedor de las almas corroídas de todo tipo de vicios. Por eso, al mismo tiempo era blanco y flecha. Como Dios, blanco; como hombre, flecha; en cuanto había absorbido todo el pecado al punto de aparecer, delante de Mi Padre, como el único ofensor. Mayor tristeza que esta no podía haber y la quise recoger toda, por el amor del Padre, por la Misericordia a todos ustedes.

En vano gira la mirada del hombre sobre el significado de estas palabras, que comprenden todo Mi ser de Dios y de Hombre, si no se fija en este punto. Mírenme, así, en esta gigantesca prisión de espí-ritu. ¿No merezco amor, si tanto luché y sufrí? ¿No merezco que la criatura se valga de Mí como de cosa propia, sabiendo que Me doy a ella enteramente, sin ninguna reserva? Tomen todos de Mí fuente inagotable de bien, ¡tomen! Yo les ofrezco Mi tristeza en el Huerto; dénme la tristeza suya, todas sus tristezas; quiero hacer de ellas un manojo de violetas, cuyo perfume sea constante orientación hacia Mi Divinidad.

“Padre, si es posible aleja de Mí este Cáliz. Pero no se haga Mi voluntad sino la Tuya.” Dije así en el colmo de la amargura, cuando el peso que gravitaba sobre Mí se había hecho tan sangriento que Mi alma se encontraba en la más inverosímil oscuridad. Se lo dije al Padre porque, al asumir toda culpa, Me presentaba delante Suyo como el único pecador, contra el cual se descargaba toda Su Divina Justicia. Y, sintiéndome privado de Mi Divinidad, sólo la humanidad aparecía delante de Mí.

Quítame, oh Padre esta amarguísimo Cáliz que Me presentas y que, al venir a este mundo, sin embargo, lo acepté por Tu amor. He llegado a un punto en que no Me reconozco ni a Mí mismo. Tú, oh Padre, Has hecho del pecado como una heredad Mía y esto hace insoportable Mi presencia delante de Ti, que Me amas. La ingratitud de los seres humanos Me es ya conocida pero, ¿cómo soportaré verme solo? ¡Dios Mío, ten piedad de la gran soledad en que Me encuentro! ¿Por qué hasta Tú quieres dejarme tan abandonado? ¿Qué ayuda encontraré entonces en tanta desolación? ¿Por qué también Tú Me golpeas así? Y sí Me privas de Ti, Yo siento que bajo a un abismo tal que no alcanzo a reconocer Tu mano en una situación tan trágica. La sangre que sale de todo Mi Cuerpo Te da testimonio de Mi aniquilamiento bajo Tu poderosa mano...

Así lloré; así Me fuí abajo. Pero luego proseguí: Es justo, Padre Santo, que Tú hagas de Mí todo lo que quieres. Mi vida no es Mía, Te pertenece toda. Quiero que no se haga Mi voluntad sino la Tuya. He aceptado una muerte de Cruz; acepto también la muerte aparente de Mi Divinidad.

Es justo. Todo esto debo darte y, antes de todo, debo ofrecerte el holocausto de la Divinidad que, sin embargo, Me une a Ti. Sí, Padre, confirmo, con la Sangre que ves, Mi donación; confirmo, con la Sangre, Mi aceptación: hágase Tu voluntad, no la Mía...

 

 

Jesus Busca a Sus Discipulos, que Estan Dormidos

Pese a todo, el enorme peso y el cansancio atroz, unidos al sudor de Sangre, Me habían golpeado de tal modo que, al ir a buscar a Mis Apóstoles, Me sentí tremendamente fatigado.

¡Pedro, Juan, Santiago! ¿Dónde están, que no los veo alertas? ¡Despierten, observen Mi rostro, vean cómo tiembla Mi cuerpo en esta turbación que experimento! ¿Por qué duermen? ¡Despierten y oren Conmigo, porque Yo He sudado Sangre por ustedes!

Pedro, discípulo elegido, ¿no te importa Mi Pasión?... Santiago, a tí te He dado tanta preferencia: ¡Mírame y acuérdate de Mí! Y tú, Juan, ¿por qué te dejas sumir en el sueño con los otros? Tú puedes aguantar más que ellos... ¡No duermas, vela y ora Conmigo!

He aquí lo que obtuve: buscando un consuelo, hallé un amargo desconsuelo. Ni siquiera ellos están Conmigo. ¿Dónde más iré?... Es verdad, Mi Padre Me da sólo lo que Yo supe pedirle, a fin de que el Juicio de toda la humanidad cayese sobre Mí. Padre Mío, ¡ayúdame! Tú lo puedes todo, ¡ayúdame!

Volví a orar como un hombre al que se le han hundido todas las esperanzas y que busca de lo alto comprensión y consuelo. Pero, ¿qué podía hacer Mi Padre si Yo había elegido libremente pagar por todo? Mi elección no había cambiado. Sin embargo, la resistencia natural había llegado a un grado tan excesivo, que Mi humanidad estaba abrumada. De nuevo, Me desplomé con el rostro en tierra por la vergüenza de todos sus pecados; de nuevo pedí a Mí Padre que alejase de Mí aquel Cáliz. Pero El Me respondió que si Yo no lo bebía, sería como si no hubiese venido al mundo y que Me consolase porque muchas criaturas participarían de Mis agonías en el huerto.

Respondí: Padre, no se haga Mi voluntad sino la Tuya. Este Angel Me ha asegurado de Tu amor y la breve alegría que Me Has enviado, ha hecho buena obra hasta en Mi resistencia natural. Dame Mis criaturas, las que He redimido. Tómalas Tú mismo porque por Tí Yo lo acepto. Quiero verte contento, Te ofrezco todos Mis sufrimientos y Mi inmutable voluntad que, de veras, no está en desacuerdo con la Tuya, porque siempre Hemos sido una sola cosa... Padre, Estoy destrozado, pero así Nuestro amor será conocido. ¡Hágase Tu Voluntad, no la Mía!

Volví a despertar a los Discípulos, pero los rayos de la Divina Justicia habían dejado en Mí surcos indelebles... Se llenaron de espanto al verme desquiciado y quien más sufrió fue Juan. Yo, mudo... ellos, aturdidos... Sólo Pedro tuvo el valor de hablar. ¡Pobre Pedro, si hubiera sabido que una parte de Mi agitación había sido desencadenada por él!...

Había llevado a Mis tres amigos para que Me ayudasen, compartiendo Mi angustia; para que hiciesen oración Conmigo; para descansar en ellos, en su amor... ¿Cómo describir lo experimentado cuando los ví dormidos?

Aún hoy, cuánto sufre Mi Corazón; y queriendo hallar alivio en Mis almas, Voy a ellas y las encuentro dormidas. Más de una vez, cuando quise despertarlas y sacarlas de sí mismas, de sus preocupaciones, Me contestan —si no con palabras, con obras: “ahora no puedo, estoy demasiado cansada, tengo mucho que hacer, ésto me perjudica la salud, necesito un poco de tiempo, quiero algo de paz.”

Insisto y digo suavemente a esa alma: No temas; si dejas por Mí ese descanso, Yo te recompensaré. Ven a orar Conmigo, ¡tan sólo una hora! ¡Mira, que en este momento es cuando te necesito! ¿Si te detienes, ¿ya se te hará tarde? ¡Cuántas veces oigo la misma respuesta!

Pobre alma, no has podido velar una hora Conmigo. Dentro de poco vendré y no Me oirás, porque estás dormida... Querré darte la Gracia pero, como duermes, no podrás recibirla y, ¿quién te asegura que tendrás después fuerza para despertar?... Es fácil que, privada de alimento, se debilite tu alma y no puedas salir de ese letargo.

A muchas almas las ha sorprendido la muerte en medio de un profundo sueño y, ¿dónde y cómo han despertdo?

Almas queridas, deseo enseñarles también cuan inútil y vano es querer buscar alivio en las criaturas. ¡Cuántas veces están dormidas y, en vez de encontrar el alivio que voy a buscar en ellas, salgo con amargura porque no correponden a Nuestros deseos ni a Nuestro amor.

Cuando oré a Mi Padre y pedí ayuda, Mi alma triste y desamparada padecía angustias de muerte. Me sentí agobiado con el peso de las más negras ingratitudes.

La Sangre que brotaba de todos los poros de Mi Cuerpo y que dentro de poco saltaría de todas Mis heridas, sería inútil para el gran número de almas que se perderían. ¡Muchísimas Me ofenderían y muchas no Me conocerían! Después derramaría Mi Sangre por todos y Mis méritos serían aplicados a cada uno de ellos ¡Sangre Divina! ¡Méritos infinitos!... Y sin embargo, inútiles para tantas y tantas almas...

Pero entonces ya iba al encuentro de otras cosas y Mi voluntad estaba inclinada al cumplimiento de Mi Pasión.

Hombres: si Yo sufrí, no ha sido ciertamente sin fruto y tampoco sin motivo. El fruto que He obtenido ha sido la Gloria y el Amor. Toca ahora a ustedes, con Mi ayuda, demostrarme que aprecian Mi obra.

¡No Me canso jamás! ¡Vengan a Mí! Vengan a Quien vibra de amor por ustedes y que sólo sabe darles el verdadero amor, que reina en el cielo y que los transforma ya en la tierra.

Almas que prueban Mi sed: beban en Mi Cáliz amargo y glorioso, porque les digo que algunas gotas de este Cáliz quiere el Padre reservar justamente para ustedes. Piensen que estas pocas gotas Me fueron sustraídas y luego, si creen, díganme que no las quieren. Yo no He puesto límites y tampoco ustedes. Yo fui abatido sin piedad; ustedes deben, por amor, dejar que Yo abata su amor propio.

Yo Soy Quien obra en ustedes, así como Mi Padre obró en Mí, en Getsemaní.

Yo Soy El que hago sufrir para que un día tengan que alegrarse. Sean por un tiempo dóciles; sean dóciles a imitación Mía, porque ésto los ayuda mucho y Me complace mucho. No pierdan nada, antes bien, adquieran el amor. ¿Cómo podría en efecto permitir que Mis amados sufran pérdidas reales, mientras pretenden demostrarme amor?

Yo los aguardo. Estoy siempre a la espera; no Me cansaré. Vengan a Mí; vengan así como son. Eso no tiene importancia, con tal que vengan. Entonces verán que enjoyaré su frente con aquellas gotas de Sangre que derramé en Getsemaní, porque esas gotas son suyas, si las quieren. Ven, Alma, ven a Jesús que te llama.

Yo dije: Padre Mío; no dije: Dios Mío; y es que Quiero enseñarles que, cuando su corazón sufre más, deben decir: Padre mío, y pedirle alivio. Expónganle sus sufrimientos, sus temores y, con gemidos, recuérdenle que son Sus hijos. ¡Díganle que su alma no puede más! Pidan con confianza de hijos y esperen, que su Padre los aliviará y les dará la fuerza necesaria para pasar esta tribulación suya y de las almas que les están confiadas.

Este es el Cáliz que acepté y apuré hasta la última gota. Todo por enseñarles, hijos queridos, a no volver a creer que los sufrimientos son inútiles. Si no ven el resultado que siempre lograrán, sometan su juicio y dejen que la Voluntad Divina se cumpla en ustedes.

Yo no retrocedí. Al contrario, sabiendo que era en el Huerto donde habrían de prenderme, permanecí allí, no quise huír de Mis enemigos...

Hija Mía, deja que Mi Sangre riegue y fortalezca esta noche la raíz de tu pequeñez.

 

 

Jesus es Entregado por Judas

Después de haber sido confortado por el enviado de Mi Padre, ví que Judas se acercaba a Mí, seguido de todos quienes habrían de apresarme. Llevaban cuerdas, piedras, palos... Me adelanté y les dije: ¿A quién buscan? Mientras que Judas, con la mano sobre Mi hombro, Me besó...

Cuántas almas Me han vendido y Me venderán por el vil precio de un deleite, de un placer momentáneo y pasajero... Pobres almas que buscan a Jesús, como los soldados.

Almas a quienes amo; ustedes que vienen a Mí, que Me reciben en su pecho, que Me dirán muchas veces que Me aman... ¿No Me entregarán cuando salgan luego de recibirme? En los lugares que frecuentan, hay piedras que Me hieren: son conversaciones que Me ofenden y ustedes, que Me han recibido hoy, pierden allí la blancura preciosa de la Gracia.

¿Por qué Me entregan así almas que Me conocen y que en más de una ocasión se glorian de ser piadosas y ejercer la caridad? Cosas todas que en verdad podrían hacerles adquirir grandes méritos más... ¿Qué son para ustedes sino un velo que cubre su delito de atesorar bienes en la tierra?

¡Velen y oren! Luchen sin descansar y no dejen que sus malas inclinaciones y defectos lleguen a ser habituales...

Miren, que hay que segar la hierba todos los años y quizá en las cuatro estaciones; que la tierra hay que labrarla y limpiarla, hay que mejorarla y cuidar de arrancar las malas hierbas que en ella brotan.

El alma también hay que cuidarla con mucho esmero y las tendencias torcidas hay que enderezarlas.

No piensen que el alma que Me vende y que se entregó al pecado grave, empezó por una falta grave. Generalmente, las grandes caídas empezaron por poca cosa: un gusto, una debilidad, un consentimiento ilícito, un placer no prohibido pero poco conveniente... Así, el alma se va cegando, disminuye la gracia, se robustece la pasión y, por último, vence.

Entiendan esto: Si es triste recibir una ofensa y una ingratitud de cualquier alma, lo es mucho más cuando viene de Mis almas escogidas y más amadas. Sin embargo, otras pueden reparar y consolarme.

Almas que He escogido para hacer de ustedes el lugar de Mi descanso, el jardín de Mis delicias, espero de ustedes mucho mayor ternura, mucha más delicadeza, mucho más amor.

De ustedes espero que sean el bálsamo que cicatrice Mis heridas, que limpien Mi rostro afeado y manchado... Que Me ayuden a dar luz a tantas almas ciegas que en la oscuridad de la noche Me prenden y Me atan para darme muerte.

No Me dejen solo... ¡Despierten y vengan porque ya llegan Mis enemigos!

Cuando se acercaron los soldados, les dije: ¡Yo Soy! Esta misma palabra repito ahora al alma que está próxima a ceder a la tentación: “Yo Soy”, aún es tiempo y, si quieres, te perdonaré; y en vez de atarme tú con las cuerdas del pecado, Soy Yo El que te ataré con las ligaduras del amor.

Ven, Yo Soy El que Te ama y El que te tiene tanta compasión de tu debilidad, El que está esperándote con ansia para recibirte en Sus brazos.

El episodio de Mi captura, bien examinado, tiene mucha importancia. Si Pedro no daba ese golpe a Malco, Yo no habría tenido ocasión de llamar la atención de ustedes sobre el método que deseo tengan al combatir por Mí.

Entonces Me serví de un proverbio para amonestar a Pedro y restituí a Malco su oreja, porque no Me gusta la violencia, siendo Yo el Señor de la libertad. Pero noten que, además de hacer esto, expresé a Pedro el firme deseo de que se cumpliera Mi Pasión y lo hice reflexionar que, si quería, el Padre podía hacerme defender por Mis ángeles.

¿Ven cuantas cosas en un sólo episodio? Pero, lo principal, es justamente la lección que He debido dar a todos ustedes en el combate contra sus enemigos. Quien se Me asemeja lo hace así: se deja conducir donde quieren los que lo rodean, porque su fuerza la tendrá en momentos que no son los buscados por el mundo (el hombre), por la experiencia humana, por la astucia del amor propio.

No, quien es semjante a Mí encontrará, recibirá fuerzas desconocidas pero vigorosas para dominar a sus dominadores, perma-neciendo en el sitio en que es colocado. Mi verdadero discípulo hace las cosas más inverosímiles, sin interrumpir en lo mínimo Mi desig-nio para él. El mundo se complace en singularidades, en sobresalir y demostrar la propia superioridad. Este es el espíritu que Yo He combatido y vencido. Por eso les dije que cobren ánimo, porque habiéndolo Yo vencido, ese mundo no puede ahora hacer nada que corte su unión Conmigo, con tal que ustedes no se unan a él, porque entonces tendrían que sufrir las consecuencias, con el agravante que, como Yo Me opongo a su victoria con las armas del mundo, muchas veces tendrán como contrarios al mundo y a Mí; al mundo por su amor propio y a Mí por su puro amor, por amor a su verdadero bien.

Por tanto, no a los golpes de Pedro a las orejas de sus enemigos, sin plena aceptación del caliz que les ofrezco, en los cuales deben ver Mi voluntad, como Yo vi la de Mi Padre cuando dije al amado Pedro: ¿No quieres que beba el caliz que Me da Mi Padre?

Mediten en Mi Pasión siempre, pero penetren en lo íntimo de Mi Espíritu y obtengan las impresiones que son saludables y que los incitan a imitarme. Naturalmente, Soy Yo quien obra en ustedes estas cosas, pero ustedes deben poner su empeño y luego tendrán lo que Yo digo.

¡Ah! Si el hombre comprendiese este rasgo de Mi Pasión. ¡Cuanto más fácil sería ceder y revivir Mi Vida!

Anímense, hijitos Míos, todo es cuestión de amor, no de otra cosa; del amor y la obra Mía que quiero llevar a cabo en ustedes; y de amarme siempre más. Dejen de razonar a la manera humana; abran la mente al mundo Mío, al que Yo tengo con ustedes. ¡Esto es importante!

Ustedes son Míos por tres motivos: porque los creé de la nada, porque los redimí y porque recibirán parte de Mi Corona de Gloria. Por eso deben pensar que Yo cuido de ustedes, por estos tres motivos, y no podría desinteresarme nunca de quien He creado, de quien He rescatado y de quien debe ser Mi Gloria.

Tu estás impulsado a este camino y deberás recorrerlo todo y, como fué para Mí, no sólo servirá para tí, sino también para muchos de tus hermanos que deben recibir de Mí, por tu medio, Gracia y Vida.

Avanza, porque Yo Me complazco en ello; aprende, porque el amor quiere poseerte por completo.

Te doy Mi bendición, llena de promesa. Se las Doy con el poder de que gozo como hombre; poder que es suyo; gozo que premiaré con el premio que confirmará Mi infinito amor por ustedes.

Había llegado Mi hora; la hora en la que debía consumar el sacrificio, y Me entregué a los soldados con la docilidad de un cordero.

Jesús es Llevado ante Caifás

Me llevaron ante Caifás, donde Me recibieron con burlas y con insultos. Uno de sus soldados Me dió una bofetada. Era la primera que recibía y en ella ví el primer pecado mortal de muchas almas que, después de vivir en gracia, cometerían ese primer pecado... Cuántos otros detrás de ese primer pecado, sirviendo de ejemplo para que otras almas también los cometan.

Mis Apóstoles Me abandonaron y Pedro se quedó oculto detrás de un cerco, en medio de la servidumbre, espiando, movido por la curiosidad.

Conmigo sólo habían hombres tratando de acumular delitos contra Mí; culpas que pudieran encender más la cólera de jueces tan inícuos. Allí ví los rostros de todos los demonios, de todos los ángeles malos. Me acusaron de perturbar el orden, de instigador, de falso profeta, de blasfemo, de profanar el día sábado y los soldados, exaltados por las calumnias, proferían gritos y amenazas.

Entonces, Mi silencio clamó sacudiendo todo Mi Cuerpo: ¿Dónde están ustedes, Apóstoles y discípulos, que han sido testigos de Mi Vida, de Mi doctrina, de Mis milagros? De todos aquellos de quienes esperaba alguna prueba de amor, no queda ninguno para defen-derme. Estoy solo y rodeado de soldados que quieren devorarme como lobos.

Contemplen como Me maltrataban: uno descarga sobre Mi rostro una bofetada; otro Me arroja su inmunda saliva; otro Me tuerce el rostro en son de burla; otro Me jala la barba; otro retuerce Mis brazos entre sus dedos; otro golpea con su rodilla Mis genitales y, cuando caigo, entre dos Me levantan de los cabellos...

 

 

Pedro Niega a Jesus

Mientras Mi Corazón se ofrece a sufrir todos estos suplicios, Pedro, a quien había instituido “Jefe y Cabeza de la Iglesia” y quien horas antes había prometido seguirme hasta la muerte, a una simple pregunta que le hacen, y que podría haberle servido para dar testimonio de Mí, Me niega y, como el temor se apodera aún más de él, ante la reiteración de la pregunta jura que jamás Me ha conocido ni ha sido Mi discípulo. Interrogado por tercera vez, responde con horribles imprecaciones.

Hijitos, cuando el mundo clama contra Mí y, volviéndome hacia Mis almas escogidas, Me veo abandonado y renegado, ¿saben cuán grande es la tristeza y la amargura de Mi Corazón?

Les diré, como a Pedro: Alma a quien tanto amo, ¿no te acuerdas ya de las pruebas de amor que te He dado? ¿Olvidas que muchas veces Me has prometido serme fiel y defenderme?

No confías en tí mismo porque estás perdido; pero si recurres a Mí con humildad y firme confianza, nada temas; estás bien sostenido.

Almas que viven rodeadas de tantos peligros, no se metan en ocasiones de pecados por vana curiosidad; miren, que caerán como Pedro.

Y ustedes, almas que trabajan en Mi viña, si se sienten movidas por curiosidad o por alguna satisfacción humana: les diré que huyan; pero si trabajan por obediencia e impulsadas por el celo de las almas y de Mi gloria, no teman: Yo las defenderé y saldrán victoriosas.

Amada Mía, voy educándote poco a poco y con mucha paciencia. Me consuelo con el pensamiento de tener una alumna deseosa de poder aprender. Así olvido tus negligencias y errores. Si busco en la creación los nombres más bellos para llamarte no te asustes ¿por qué los suprimes? El amor no tiene límites.

 

 

Jesus es Llevado a la Prision

Vamos a seguir con este doloroso relato que habrás de hacer llegar a cuantas personas puedas. Yo los iluminaré en la forma que habrán de hacerlo.

Cuando los soldados Me llevaban prisionero, en uno de los patios estaba Pedro, medio oculto entre la turba. Se cruzaron nuestras miradas; tenía los ojos desorbitados; fue sólo una fracción de segundos y, sin embargo, ¡le dije tanto!... Lo vi llorar amargamente su pecado y con el corazón le dije: “El enemigo ha tratado de poseerte, pero Yo no te abandono. Sé que tu corazón no ha renegado de Mí. Estate presto para el combate del nuevo día, para las luchas reno-vadas contra el oscurantismo espiritual y prepárate para llevar la Buena Nueva. Adiós, Pedro.”

Cuántas veces miro hacia el alma que ha pecado pero, ¿mira ella también? No siempre se encuentran nuestras miradas. Cuántas veces miro al alma y ella no Me mira, no Me ve, está ciega... La llamo por su nombre y no Me responde. Le envío una pena, un dolor, para que salga de su sueño, pero no quiere despertar.

Amados Míos, si no miran al Cielo, vivirán como seres privados de razón... Alcen la cabeza y contemplen la Patria que les espera. Busquen a su Dios y siempre lo encontrarán con los ojos fijos en ustedes; y en Su mirada hallarán la paz y la vida.

Contémpleme en la prisión donde paso gran parte de la noche. Los soldados venían a insultarme con palabras y con obras, empujándome, dándome golpes, burlándose de Mi condición de hombre.

Casi al amanecer, hartos de Mí, Me dejaron solo, atado en una habitación oscura, húmeda y hedionda, llena de ratas. Estaba atado de tal modo que debía permanecer de pie o sentado en una piedra puntiaguda que fue todo lo que Me dieron como asiento. Mi cuerpo dolorido quedó pronto aterido de frío. Recordé las miles de veces que Mi Madre cobijaba Mi cuerpo, arropándolo cuando tenía frío... y lloré.

Vamos ahora a comparar la prisión con el Sagrario y, sobre todo, con los corazónes de los hombres. En la prisión pasé una noche... ¿Cuántas noches paso en el Sagrario?

En la prisión Me ultrajaron los soldados que eran Mis enemigos; pero en el Sagrario Me maltratan y Me insultan almas que Me llaman Padre. En la prisión pasé frío, sueño, hambre, vergüenza, tristeza, dolores, soledad, desamparo. Veía, en el transcurso de los siglos, cómo tantos Sagrarios en los cuales Me faltaría el abrigo del amor. ¡Cuántos corazones helados serían para Mí como la piedra de la prision!

¡Cuántas veces tendría sed de amor, sed de almas! ¡Cuántos días espero que tal alma venga a visitarme, a recibirme en su corazón, porque He pasado la noche solo y pensaba en ella para apagar Mi sed! ¡Qué de veces siento hambre de Mis almas, de su fidelidad, de su generosidad!

¿Sabrán calmar estas ansias? ¿Sabrán decirme cuando tengan que pasar por algún sufrimiento: esto servirá para aliviar Tu tristeza, para acompañarte en Tu soledad? Y ¡ay!, Si por lo menos, unidos a Mí, ustedes lo soportaran todo con paz y salieran fortalecidos en tanto que consolaran Mi Corazón...

En la prisión sentí vergüenza al oír las horribles palabras que se proferían contra Mí; y esa vergüenza creció al ver que, más tarde, esas mismas palabras serían repetidas por almas amadas.

Cuando aquellas manos sucias y repugnantes descargaban sobre Mí golpes y bofetadas, ví cuántas veces sería golpeado y abofeteado por tantas almas que, sin purificarse de sus pecados, sin limpiar su casa con una buena confesión, Me recibirían en sus corazones. Esos pecados habituales, descargarían sobre Mí repetidos golpes.

Cuando Me hacían levantar a empellones, sin fuerzas y a causa de las cadenas que Me sujetaban, caía en tierra. Ví cómo tantas almas, atándome con las cadenas de su ingratitud, Me dejarían caer sobre la piedra, renovando Mi vergüenza y prolongando Mi soledad.

Almas elegidas, contemplen a su Esposo en la prisión. Contémplenme en esta noche de tanto dolor, y consideren que este dolor se prolonga en la soledad de tantos Sagrarios, en la frialdad de tantos corazones.

Si quieren darme una prueba de su amor, ábranme su corazón para poder hacer de él Mi prisión. Atenme con las cadenas de su amor. Cúbranme con sus delicadezas, aliméntenme con su generosidad. Apaguen Mi sed con su celo. Consuelen Mi tristeza y desamparo con su fiel compañía. Hagan desaparecer Mi vergüenza con su pureza y rectitud de intención.

Si quieren que descanse en ustedes, eviten el tumulto de las pasiones y, en el silencio de su alma, dormiré tranquilo. De vez en cuando oirán Mi voz que les dice suavemente: Esposa Mía, que ahora eres Mi descanso, Yo seré tuyo en la eternidad; a tí que con tanto desvelo y amor Me procuras la prisión de tu corazón, Yo te prometo que Mi recompensa no tendrá límites y no te pesarán los sacrificios que hayas hecho por Mí durante tu vida.

 

 

Jesus es Llevado ante Herodes

Pilatos mandó que Me llevaran a la presencia de Herodes... Era un pobre hombre corrompido que sólo buscaba el placer, dejándose arrastrar de sus pasiones desordenadas. Se alegró de verme comparecer ante su tribunal, pues esperaba divertirse con Mis palabras y milagros.

Consideren, hijos Míos, la repulsión que experimenté en presencia del más repugnante de los hombres, cuyas palabras, preguntas, gestos y movimientos afectados, Me cubrían de confusión. Almas puras y virginales, vengan a rodear y a defender a su Esposo.

Herodes espera que Yo conteste a sus preguntas sarcásticas, pero no despego Mis labios; guardo en su presencia el más absoluto silencio. No contestar era la mayor prueba que podía darle de Mi dignidad. Sus palabras obscenas no merecían cruzarse con las Mías, purísimas. Entretanto, Mi Corazón estaba íntimamente unido a Mi Padre Celestial. Me consumía en deseos de dar por las almas hasta la última gota de Mi Sangre. El pensamiento de que todos los hombres que luego habían de seguirme, conquistados por Mis ejemplos y Mi liberalidad, Me encendía en amor y no sólo gozaba en aquel terrible interrogatorio, sino que deseaba correr al suplicio de la Cruz.

 

 

Jesus es Llevado de Nuevo ante Pilatos

Dejé que Me trataran como a un loco y Me cubrieran con una vestidura blanca en señal de burla e irrisión, después, en medio de gritos furiosos, Me llevaron de nuevo a la presencia de Pilatos.

Mira cómo este hombre aturdido y lleno de confusión, no sabe qué hacer de Mí; y para apaciguar el furor de la turba, manda que Me hagan azotar...

Representadas en Pilatos, ví a las almas que carecen de valor y generosidad para romper enérgicamente con las exigencias del mundo y de la naturaleza. En vez de cortar de raíz lo que la conciencia les dice no ser del mundo y de la naturaleza, lo que la conciencia les dice no ser del buen espíritu, ceden a un capricho, se recrean en una ligera satisfacción, capitulan en parte con lo que la pasión exige y, para acallar los remordimientos, se dicen a sí mismas: “ya me he privado de esto o de lo otro, y es suficiente”.

Yo únicamente diré a esa alma: ¡Me haces flagelar como Pilatos! Ya has dado un paso, mañana otro. ¿Piensas satisfacer de este modo tu pasión? ¡No! Pronto te exigirá más y más.

Como no has tenido valor para luchar con tu propia naturaleza en esta pequeñez, mucho menos la tendrás después, cuando la ocasión sea mayor.

 

 

La Flagelacion de Jesus

Mírenme, amados Míos, dejándome conducir, con la mansedumbre de un cordero, al tremendo suplicio de la flagelación. Sobre Mi cuerpo, ya cubierto de golpes y agobiado de cansancio, los verdugos descargan cruelmente —con cuerdas trenzadas, con varas— terribles azotes. Es tanta la violencia con que Me castigan, que no quedó en Mí un sólo lugar que no fuese presa del más terrible dolor... Los golpes y puntapiés Me ocasionaron innumerabls heridas... Las varas arrancaban pedazos de Mi piel y Mi carne. La Sangre brotaba de todos Mis miembros... Caí una y otra vez por el dolor que Me causaban los golpes en Mi virilidad. Mi cuerpo estaba en tal estado, que más parecía monstruo que hombre. Los rasgos de Mi cara habían perdido su forma, era un sólo edema.

El pensamiento de tantas almas, a quienes más tarde iba a inspirar el deseo de seguir Mis huellas, Me consumía de amor.

Durante las horas de prisión las veía fieles imitadoras, aprendien-do de Mí mansedumbre, paciencia, serenidad. No sólo para aceptar los sufrimientos y desprecios, sino aún amando a los que las persiguen y, si es necesario, sacrificándose por ellos como Yo Me sacrifiqué.

Cómo Me encendía cada vez más en deseos de cumplir perfectamente la Voluntad de Mi Padre, en aquellas horas de soledad, en medio de tanto dolor. ¡Cómo Me ofrecí a reparar Su Gloria ultrajada! Así ustedes, almas religiosas, que se encuentran en la prisión esco-gida por amor, que más de una vez pasan a los ojos de las criaturas por inútiles y quizá por perjudiciales, no teman. Dejen que griten contra ustedes y, en esas horas de soledad y dolor, unan íntimamente su corazón a su Dios, único objeto de su amor. ¡Reparen Su Gloria, ultrajada por tantos pecados!

 

 

Jesus es Sentenciado a Muerte

Al amanecer, Caifás ordenó que Me condujeran a Pilatos para que pronunciara la sentencia de muerte. Este Me interrogó, deseoso de hallar un motivo para condenarme pero, al mismo tiempo, su conciencia lo atormentaba y sentía gran temor ante la injusticia que iba a cometer. Al fin, encontró un medio para desentenderse de Mí y mandó que Me llevaran a Herodes.

En Pilatos están fielmente representadas las almas que, sintiendo al mismo tiempo el movimiento de la gracia y de sus pasiones, dominadas por el respeto humano y cegadas por el amor propio, por el temor de parecer ridículas, dejan pasar la gracia.

A todas las preguntas de Pilatos, nada respondí. Mas cuando Me dijo: ¿Eres tú el Rey de los Judíos? Entonces, con gravedad y ente-reza, respondí: Tú lo has dicho, Yo Soy el Rey; pero Mi reino no es de este mundo... Con estas palabras quise enseñar a muchas almas cómo, cuando se presenta la ocasión de soportar el sufrimiento, o una humillación que podrían fácilmente evitar, deben contestar con generosidad: Mi reino no es de este mundo, es decir, no busco las alabanzas de los hombres; Mi Patria no es esta, ya descansaré en la que lo es verdaderamente. Ahora, ánimo para cumplir mi deber sin tener en cuenta la opinión del mundo. Lo que me importa no es su estima, sino seguir la voz de la gracia, ahogando los reclamos de la natura-leza. Si no soy capaz de vencer solo, pediré fuerza y consejo pues, en muchas ocasiones, las pasiones y excesivo amor propio ciegan el alma y la impulsan a obrar el mal.

No son ni 10 ni 20 los verdugos que destrozan Mi Cuerpo; son muchísimas las manos que lastiman Mi Cuerpo, recibiendo la comunión en la mano— el trabajo sacrílego de Satanás.

¿Cómo pueden contemplarme en este mar de dolor y de amargura, sin que su corazón se mueva a compasión?

Pero, no son los verdugos los que han de consolar sino ustedes, almas escogidas, para que alivien Mi dolor. Contemplen Mis heridas y vean si hay alguien que haya sufrido tanto como Yo, para demos-trarles su amor.

 

 

Jesus es Coronado de Espinas

En el Querer de Mi Padre He vivido días de intensa tristeza, sin quejarme, pero en la aceptación de lo que quería hacerme sentir el Padre. Cuando fui apresado en el Huerto, los que Me acusaban estaban prontos a toda mentira y Me dejé llevar a donde quisieran, sin resistir en lo más mínimo. Y cuando quisieron ceñirme la cabeza con la corona de espinas, incliné sin más la cabeza, porque lo tomaba todo de las manos de Aquel que Me envió al mundo.

Cuando los brazos de aquellos hombres crueles estuvieron rendidos, a fuerza de descargar golpes sobre Mi Cuerpo, colocaron sobre Mi cabeza una corona tejida con ramas de espinas y, desfilando por delante de Mí, Me decían: ¿Conque eres Rey?... ¡Te saludamos!

Unos Me escupían, otros Me insultaban, otros descargaban nuevos golpes contra Mi cabeza; cada uno añadiendo un nuevo dolor a Mi Cuerpo, maltratado y deshecho.

Estoy cansado, no tengo dónde descansar; préstame tu corazón y tus brazos, para cobijarme en tu amor. Tengo frío y fiebre; abrázame un instante, antes de que continúen destruyendo este templo de amor.

Los soldados y verdugos, con sus manos sucias, empujan Mi Cuerpo; otros con asco de Mi Sangre, me empujan con sus lanzas y vuelven a abrir Mi carne; Me sientan con un empujón sobre un lugar de piedras filosas, lloro en silencio por el dolor y ellos, en forma grotesca, se burlan de Mis lágrimas. Finalmente, desgarran Mis sienes encajándome la corona de ramas trenzadas de espinas.

Consideren cómo, con esa corona, quise expiar los pecados de soberbia de tantas almas que se dejan subyugar por la falsa opinión del mundo, deseando ser estimadas con exceso. Permití, sobre todo, que Me coronasen de espinas y que así Mi cabeza sufriese cruelmente, a fin de reparar por la humildad voluntaria, las repugnancias y las orgullosas pretensiones de tantas almas que se niegan a seguir el camino trazado por Mi Providencia, por juzgarlo indigno de su mérito y de su condición.

Ningún camino es humillante cuando está trazado por la Voluntad de Dios... En vano intentarán engañarse a ustedes mismos pensando seguir la voluntad de Dios y en la plena sumisión a cuanto les pida.

Hay en el mundo personas que, cuando llega el momento de la decisión (emprender un nuevo género de vida), reflexionan y examinan los deseos de su corazón. Tal vez encuentren, en aquel o en aquella a quien piensan unirse, los fundamentos sólidos para una vida cristiana y piadosa; quizás verán que cumplen sus deberes de familia que reúne, en fin, lo necesario para satisfacer sus deseos de felicidad; pero la vanidad y el orgullo vienen a oscurecer su espíritu y se dejan arrastrar por el afán de figurar, de lucir. Entonces, se ingenian para buscar a alguien que, siendo más noble, más rico, satisfaga su ambición. ¡Ah! Cuán neciamente se ciegan. No, les diré, no encontrarán la verdadera felicidad en este mundo, y ojalá la encuentren en el otro. ¡Miren bien, que se ponen en gran peligro!

Hablaré también a las almas a quienes llamó el camino de la perfección. Cuántas ilusiones en las que Me dicen que están dispuestas a hacer Mi Voluntad y que clavan en Mi cabeza las espinas de Mi corona.

Hay, respectivamente, almas a quienes quiero para Mí. Conociéndolas y amándolas, deseo colocarlas donde vivo, en Mi sabiduría infinita, en la que encontrarán cuanto es necesario para llegar a la santidad: ahí será donde Me haré conocer a ellas y donde Me darán más consuelo, más amor y más almas.

Pero, ¡cuántas decepciones! Cuántas almas se ciegan por el orgullo y la soberbia o por una mezquina ambición. Llena la cabeza de vanos e inútiles pensamientos, se niegan a seguir el camino que les traza Mi amor.

Almas que Yo había elegido, ¿creen cumplir Mi Voluntad resis-tiendo a la voz de la gracia que los llama y encamina por esa senda, que su orgullo rechaza?

Hija Mía, amor de Mis dolores, consuélame; haz en tu corazón pequeñito un trono para tu Rey y Salvador, y coróname de besos.

Coronado de espinas y cubierto con un manto púrpura, los soldados Me presentaron de nuevo a Pilatos. No encontrando en Mí delito para castigarme, Pilatos Me hizo varias preguntas, diciéndome que por qué no le contestaba, sabiendo que él tenía todo poder sobre Mí.

Entonces, rompiendo Mi silencio, le dije: “No tendrías ese poder si no se te hubiese dado de arriba; pero es preciso que se cumplan las Escrituras.” Y, abandonándome a Mi Padre Celestial, callé nuevamente...

 

 

Barrabas es Puesto en Libertad

Pilatos, perturbado por el aviso de su mujer y perplejo entre los remordimientos de su conciencia y el miedo de que el pueblo se amotine contra él, buscaba medios para libertarme y Me expuso a la vista del populacho, en el lastimoso estado en el que Me encontraba, proponiéndoles darme la libertad y condenar en Mí lugar a Barrabás, que era un ladrón y criminal famoso. A una voz contestó el pueblo: ¡Que muera y que Barrabás sea puesto en libertad!

Almas que Me aman, vean cómo Me han comparado a un criminal. Vean cómo Me han rebajado más que al más perverso de los hombres. Oigan qué furiosos gritos lanzan contra Mí. Vean con qué rabia piden Mi muerte. ¿Rehusé, acaso, pasar por tanta penosa afrenta? No, al contrario, Me abracé con ella por amor a las almas y para mostrarles que este amor no Me llevó tan sólo a la muerte, sino a la muerte más ignominiosa...

No crean, sin embargo, que Mi naturaleza humana no sintió ni repugnancia ni dolor. Al contrario, quise sentir todas sus repugnancias y estar sujeto a su misma condición, dándoles ejemplo que los fortalezca en todas las circunstancias de la vida y les enseñe a vencer las repugnancias que se ofrecen, cuando se trata de cumplir la Voluntad Divina.

Vuelvo a las almas a quienes hablaba ayer... A las almas llamadas al estado de perfección, que discuten con la gracia y retroceden ante la humildad del camino que les muestro, por temor a los juicios del mundo o haciendo valer su capacidad; que se persuaden que en otra parte serán más útiles para Mi servicio y para Mi Gloria.

Voy a responder a esas almas. Dime: ¿rehusé Yo o vacilé siquiera, cuando Me vi nacer de padres pobres y humildes en un establo, lejos de Mi casa y Mi Patria en la más cruda estación del año... de noche?

Después, viví treinta años en las ocupaciones oscuras y rudas de un taller; pasé humillaciones y desprecios de parte de los que encargaban trabajos a Mi Padre José; no Me desdeñé de ayudar a Mi Madre en las faenas más bajas de la casa y, sin embargo, ¿no tenía Yo más talento que el que se requiere, para ejercer el tosco oficio de carpintero? Yo, que a la edad de 12 años instruí a los Doctores en el Templo... Pero era la Voluntad de Mi Padre Celestial y así lo glorificaba. Cuando dejé Nazareth y empecé Mi vida pública, habría podido darme a conocer como Mesías e Hijo de Dios para que los hombres escuchasen Mis enseñanzas con veneración, pero no lo hice porque Mi único deseo era cumplir la Voluntad de Mi Padre...

Y cuando llegó la hora de Mi Pasión, a través de la crueldad de los unos y de las afrentas de los otros, del abandono de los Míos y de la ingratitud de las turbas, a través del indecible martirio de Mi Cuerpo y de las repugnancias de Mi alma, vean con qué mayor amor aún descubría y abrazaba la Voluntad de Mi Padre Celestial.

Así, cuando sobreponiéndose a las dificultades y repugnancias se somete el alma generosamente a la Voluntad de Dios, llega un momento en que, unida íntimamente a El, goza de las más inefables dulzuras.

Esto que He dicho a las almas que sienten repugnancia a la vida humilde y oscura lo repito a las que, por el contrario, son llamadas a trabajar en continuo contacto con el mundo, cuando su atractivo sería la completa soledad y los trabajos humildes y ocultos.

Almas escogidas, su felicidad y su perfección no consiste en seguir los gustos e inclinaciones de la naturaleza, en ser conocidas o desconocidas de las criaturas, en emplear u ocultar el talento que poseen, sino en unirse y conformarse, por amor y con entera sumi-sión, a la Voluntad de Dios, a lo que para Su Gloria y la propia santifica-ción de ustedes, les pida.

Basta por hoy, hijita, ama y abraza Mi Voluntad alegremente; ya sabes que está en todo trazada por el amor.

Medita por un momento el indecible martirio de Mi Corazón, al verse pospuesto a Barrabás. ¡Cómo recordaba entonces las ternuras de Mi Madre, cuando me estrechaba sobre Su Corazón! Cuán presen-te tenía los desvelos y fatigas que, para mostrarme Su amor, sufrió Mi Padre adoptivo. Cómo se presentaban a Mi memoria los beneficios que tan liberalmente derramé sobre aquel pueblo ingrato, dando vista a los ciegos, devolviendo la salud a los enfermos, el uso de sus miembros a los que lo habían perdido, dando de comer a la turba y resucitando a los muertos. ¡Ahora, verme reducido al estado más despreciable! Soy el más odiado de los hombres y se Me condena a muerte, como a ladrón infame.

 

 

Jesus Perdona hasta al Mas Grande Pecador

Pilatos ha pronunciado la sentencia. Hijitos Míos, consideren atentamente cuánto sufrió Mi Corazón…

Desde que Me entregó en el Huerto de los Olivos, Judas anduvo errante y fugitivo sin poder acallar los gritos de su conciencia, que lo acusaba del más horrible sacrilegio. Cuando llegó a sus oídos la sentencia de muerte pronunciada contra Mí, se entregó a la más terrible desesperación y se ahorcó.

¿Quien podrá comprender el dolor intenso de Mi Corazón cuando vi lanzarse a la perdición eterna esa alma que había pasado tres años en la escuela de Mi amor, aprendiendo Mi doctrina, reci-biendo Mis enseñanzas, oyendo tantas veces cómo perdonaban Mis labios a los más grandes pecadores?

¡Judas! ¿Por qué no vienes a arrojarte a Mis pies para que te perdone? Si no te atreves a acercarte a Mí por temor a los que Me rodean, maltratándome con tanto furor, mírame al menos; verás cuán pronto se fijan en tí Mis ojos.

Almas que están enredadas en los mayores pecados... Si por más o menos tiempo han vivido errantes y fugitivas a causa de sus delitos, si los pecados de que son culpables los han cegado y endurecido el corazón, si por seguir alguna pasión han caído en los mayores desórdenes, no dejen que se apodere de ustedes la desesperación cuando los abandonen los cómplices de su pecado y cuando su alma se de cuenta de su culpa... Mientras el hombre cuente con un instante de vida, aún tiene tiempo de recurrir a la Misericordia y de implorar el perdón.

Si son jóvenes y los escándalos de su vida pasada los han dejado en un estado de degradación ante los hombres, ¡no teman! Aún cuando el mundo los desprecie, los trate de malvados, los insulte, los abandone, estén seguros de que su Dios no quiere que su alma sea pasto de las llamas del infierno. Desea que se atrevan a hablarle, a dirigirle miradas y suspiros del corazón, y pronto verán que Su mano bondadosa y paternal los conduce a la fuente del perdón y de la vida.

Si por malicia has pasado quizá gran parte de tu vida en el desorden y en la indiferencia, y cerca ya de la eternidad la desespe-ración quiere ponerte una venda en los ojos, no te dejes engañar, aún es tiempo de perdón. Oigan bien: si les queda un segundo de vida, aprovéchenlo, porque en él pueden ganar la vida eterna.

Si ha transcurrido su existencia en la ignorancia y el error, si han sido causa de grandes daños para los hombres, para la sociedad y hasta para la Religión, y por cualquier circunstancia conocen su error, no se dejen abatir por el peso de las faltas ni por el daño de que han sido instrumento sino, por el contrario, dejando que su alma se penetre del más vivo pesar, abísmense en la confianza y recurran Al que siempre está esperándolos para perdonarlos.

Lo mismo sucede si se trata de un alma que ha pasado los primeros años de su vida en la fiel observancia de Mis mandamientos, pero que ha decaído poco a poco del fervor pasando a una vida tibia y cómoda...

No ocultes nada de lo que te digo, pues todo es para beneficio de la humanidad entera. Repítelo a la luz del sol, predícalo a aquel que quiere verdaderamente escucharlo.

El alma que un día recibe una fuerte sacudida que la despierta, ve de pronto su vida inútil, vacía, sin méritos para la eternidad. El maligno, con infernal envidia, la ataca de mil maneras, abultándole sus faltas; le inspira tristeza y desaliento, acabando por llevarla al temor, a la desesperación.

Alma que Me perteneces, no hagas caso de ese cruel enemigo y, en cuanto sientas la moción de la gracia al inicio de tu lucha, acude a Mi Corazón; siente, contempla cómo vierte una gota de Su Sangre sobre tu alma y ven a Mí. Ya sabes dónde me encuentro: bajo el velo de la fe... Levántalo y dime con entera confianza tus penas, tus miserias, tus caídas... Escucha con respeto Mis palabras y no temas por lo pasado. Mi Corazón lo ha sumergido en el abismo de Mi Misericordia y Mi amor.

Tu vida pasada te dará la humildad que te llenará. Y si quieres darme la mejor prueba de amor, ten confianza y cuenta con Mi perdón. Cree que nunca llegarán a ser mayores tus pecados que Mi Misericordia, pues es infinita.

 

 

Jesus Va Camino del Calvario

Vamos a continuar, hijita. Sígueme en el camino del Calvario, agobiado bajo el peso de la Cruz…

En tanto que Mi Corazón estaba abismado de tristeza por la eterna perdición de Judas, los crueles verdugos, insensibles a Mi dolor, cargaron sobre Mis hombros llagados, la dura y pesada Cruz en que había de consumar el misterio de la Redención del mundo.

Contémplenme, ángeles del cielo. Vean al Creador de todas las maravillas, al Dios a Quien rinden adoración los espíritus celestiales, caminando hacia el Calvario y llevando sobre sus hombros el leño santo y bendito que va a recibir su último suspiro.

Véanme también ustedes, almas que desean ser Mis fieles imitadoras. Mi Cuerpo, destrozado por tanto tormento camina, sin fuerzas, bañado de sudor y de sangre... ¡Sufro, sin que nadie se compadezca de Mi dolor! La multitud Me acompaña y no hay una sola persona que tenga piedad de Mí. Todos Me rodean como lobos hambrientos, deseosos de devorar su presa... Es que todos los demonios salieron del infierno para hacer más duro Mi sufrimiento.

La fatiga que siento es tan grande, la Cruz tan pesada, que a la mitad del camino caigo desfallecido. Vean cómo Me levantan aque-llos hombres inhumanos del modo más brutal: uno Me agarra de un brazo, otro tira de Mis vestidos, que están pegados a Mis heridas, volviendo a abrirlas... Este Me coge por el cuello, otro por los cabellos, otros descargan terribles golpes en todo Mi Cuerpo, con los puños y hasta con los pies. La Cruz cae sobre Mi y su peso Me causa nuevas heridas. Mi rostro roza sobre las piedras del camino y, con la sangre que por él corre, se pegan a Mis ojos, que están casi cerrados por los golpes; el polvo y el lodo se juntan a la sangre y quedo hecho el objeto más repugnante.

Mi Padre envía ángeles para que Me ayuden a sostenerme; para que Mi Cuerpo no pierda el conocimiento al desplomarse; para que la batalla no sea ganada antes de tiempo, y pierda Yo a todas Mis almas.

Camino sobre las piedras que destrozan Mis pies, tropiezo y caigo una y otra vez. Miro a cada lado del camino en busca de una pequeña mirada de amor, de una entrega, de una unión a Mi dolor pero... no veo a ninguno.

Hijos Míos, los que siguen Mis huellas, no suelten su cruz por más pesada que ésta les parezca. Háganlo por Mí, que cargando su cruz, Me ayudarán a cargar la Mía y, por el duro camino, encontrarán a Mi Madre y a las almas santas que irán dándoles ánimo y alivio. Sigan Conmigo unos momentos y, a los pocos pasos, Me verán en presencia de Mi Madre Santísima que, con el Corazón traspasado por el dolor, sale a Mi encuentro para dos fines: para cobrar nueva fuerza de sufrir a la vista de Su Dios y para dar a Su Hijo, con Su actitud heroica, aliento para continuar la obra de la Redención.

Consideren el martirio de estos dos Corazones. Lo que más ama Mi Madre es Su Hijo... No puede darme ningún alivio y sabe que su vista aumentará aún más Mis sufrimientos; pero también aumentará Mi fuerza para cumplir la voluntad del Padre.

Para Mí, lo más amado en la tierra es Mi Madre; y no solamente no la puedo consolar, sino que el lamentable estado en que Me vé, procura a Su Corazón un sufrimiento semejante al Mío. Deja escapar un sollozo. ¡La muerte que Yo sufro en Mi Cuerpo, la recibe Mi Madre en el Corazón!... ¡Cómo se clavan en Mí Sus ojos y los Míos se clavan también en Ella! No pronunciamos una sola palabra, pero cuántas cosas dicen Nuestros Corazones en esta dolorosa mirada.

Sí, Mi Madre presenció todos los tormentos de Mi Pasión, que por revelación divina se presentaban a Su espíritu. Además, varios discípulos, aunque permanecían lejos por miedo a los Judíos, procu-raban enterarse de todo e informaban a Mi Madre... Cuando supo que ya se había pronunciado la sentencia de muerte, salió a Mi encuentro y no Me abandonó hasta que Me depositaron en el sepulcro.

 

 

Jesus es Ayudado a Llevar la Cruz

Voy camino hacia el Calvario. Aquellos hombres inicuos, temiendo verme morir antes de llegar al término, se entienden entre sí para buscar a alguien que Me ayude a llevar la Cruz y requisaron a un hombre de las cercanías llamado Simón.

Míralo, detrás de Mí, ayudándome a llevar la Cruz y considera ante todo dos cosas: Este hombre carece de buena voluntad; es un mercenario, porque si Me acompaña y comparte Conmigo el peso de la Cruz, es porque ha sido requisado. Por eso, cuando siente dema-siado cansancio, deja caer más el peso sobre Mí y así caigo en tierra dos veces.

Este hombre Me ayuda a llevar parte de la Cruz, pero no toda Mi Cruz...

Hay almas que caminan así en pos de Mí. Aceptan ayudarme a llevar Mi Cruz, pero se preocupan aún del consuelo y del descanso. Muchas otras consienten en seguirme y, con este fin, han abrazado la vida perfecta. Pero no abandonan el propio interés, que sigue siendo, en muchos casos, su primer cuidado; por eso vacilan y dejan caer Mi Cruz, cuando les pesa demasiado; buscan la manera de sufrir lo menos posible, miden su abnegación, evitan cuanto pueden la humi-llación y el cansancio y, acordándose quizá con pena de los que dejaron, tratan de procurarse ciertas comodidades, ciertos placeres.

En una palabra, hay almas tan interesadas y tan egoístas que han venido a Mi seguimiento, más por ellas que por Mí. Se resignan tan solo a aportar lo que les molesta y que no pueden apartar... No me ayudan a llevar mas que una parte de Mi Cruz; muy pequeña y de tal suerte, que apenas si pueden adquirir los méritos indispensables para su salvación. Pero, en la eternidad, verán cuán lejos han quedado en el camino que debían recorrer.

Por el contrario, hay almas, y no pocas que, movidas por el deseo de su salvación pero sobre todo por el amor que les inspira la vista de lo que por ellas He sufrido, se deciden a seguirme en el camino del Calvario; se abrazan con la vida perfecta y se entregan a Mi servicio, no para ayudarme a llevar parte de la Cruz, sino para llevarla toda entera. Su único deseo es descansarme, consolarme; se ofrecen con este fin a todo cuanto les pide Mi voluntad, buscando cuanto pueda agradarme; no piensan ni en los méritos, ni en la recompensa que les espera, ni en el cansancio, ni en el sufrimiento que resultará para ellas. Lo único que tienen presente es el amor que pueden demostrarme, el consuelo que Me procuran...

Si Mi Cruz se presenta bajo la forma de la enfermedad, si se oculta debajo de un empleo contrario a sus inclinaciones y poco conforme a sus aptitudes, si va acompañada de algún olvido de las personas que las rodean, la aceptan con entera sumisión.

¡Ah!, estas almas son las que verdaderamente llevan Mi Cruz, la adoran, se sirven de ella para procurar Mi Gloria, sin otro interés ni paga que Mi amor. Son las que Me consideran y glorifican...

Tengan como cosa cierta que, si ustedes no ven el resultado de sus sufrimientos, de su abnegación, o lo ven más tarde, no por eso han sido vanos e infructuosos, mas por el contrario, el fruto será abundante.

El alma que verdaderamente ama, no cuenta lo que ha sufrido y trabajado, ni espera tal o cual recompensa; busca tan solo aquello que cree de gloria para su Dios... Por El no regatean trabajos ni fatigas. No se agita ni se inquieta ni, mucho menos, pierde la paz si se ve contrariada o humillada; porque el único móvil de sus acciones es el amor, y el amor abandona las consecuencias y los resultados. He aquí el fin de las almas que no buscan recompensa. Lo único que esperan es Mi Gloria, Mi consuelo, Mi descanso; por eso han tomado toda Mi Cruz y todo el peso que Mi Voluntad quiere cargar sobre ellas.

Hijos Míos, llámenme por Mi nombre, pues Jesús quiere decir todo. Yo lavaré sus pies, aquellos pies que han pisado una senda resbaladiza y que ahora están heridos por los golpes contra las piedras. Yo los enjugaré, los sanaré, los besaré y quedarán sanos, y no conocerán ya ninguna otra senda que la que conduce a Mí.

¡Ya estamos en el Calvario! La multitud se agita porque se acerca el terrible momento... Extenuado de fatiga, apenas si puedo andar. Mis pies sangran por las piedras del camino... Tres veces he caído en el trayecto. Una para dar fuerza de convertirse a los pecadores, habituados al pecado. Otra para dar aliento a las almas que caen por fragilidad y, a las almas que ciega la tristeza y la inquietud, animarlas a levantarse y a emprender con valor el camino de la virtud. Y la tercera, para ayudar a las almas a salir del pecado a la hora de la muerte.

 

 

Jesus es Clavado en la Cruz

Mira con qué crueldad Me rodean estos hombres endurecidos. Unos tiran de la Cruz y la tienden en el suelo; otros Me arrancan los vestidos pegados a las heridas, que se abren de nuevo y vuelve a brotar la sangre.

Miren, hijos queridos, cuánta es la vergüenza y la confusión que padezco al verme así, ante aquella inmensa muchedumbre. ¡Qué dolor para Mi alma!

Los verdugos que arrancan la túnica, que con tanto esmero Me revistió Mi Madre en Mi infancia y que había ido creciendo a medida que Yo crecía, la echan a suertes. ¿Cuál sería la aflicción de Mi Madre, que contempla esta escena?

¡Cuánto hubiera deseado Ella quedarse con la túnica teñida y empapada ahora con Mi Sangre!

Pero ha llegado la hora y, tendiéndome sobre la Cruz, los verdugos cogen Mis brazos y tiran para que lleguen a los taladros, preparados en ella... Todo Mi Cuerpo se quebranta, se balancea de un lado a otro y las espinas de la corona penetran en Mi cabeza, más profundamente aún. Oigan el primer martillazo que clava Mi mano derecha... resuena hasta las profundidades de la tierra. Oigan aún... ya clavan Mi mano izquierda y, ante semejante espectáculo, los Cielos se estremecen, los Ángeles se postran. Yo guardo el más profundo silencio. Ni una queja, ni un gemido se escapan de Mis labios, pero Mis lágrimas se mezclan con la sangre que cubre Mi ro