La Pasion
JESUS
Hijita Mía, déjate abrazar por Mi más ardiente
deseo de que todas las almas vengan a purificarse en el agua de la
penitencia... Que se penetren de los sentimientos de confianza y no de temor,
porque Soy Dios de Misericordia y siempre Estoy dispuesto a recibirlas en Mi
corazón.
Así, día a día, iremos uniéndonos en nuestro
secreto de amor. Una pequeña chispa y luego una gran llama... ¡Sólo el amor
verda-dero hoy no es amado!... ¡Haz amar al amor! Pero antes, ora hijita, reza
mucho por las almas consagradas que han perdido el entusias-mo y la alegría en
el servicio. Ora también por aquellos Sacerdotes que realizan el milagro de los
milagros en el altar y cuya fe es lánguida.
Piérdete en Mí como una gota de agua en el
océano... Cuando te creé, besé tu frente signándote con la señal de Mi
predilección... Busca almas, porque son pocas las que Me aman; busca almas e
imprime en sus mentes la visión del dolor en el cual Me consumí. Los hombres,
sin saberlo, están prontos a recibir grandes dones.
Yo estoy junto a tí, cuando haces lo que te
pido; es como si Me quitaras la ardiente sed que Me secó hasta los labios en la
Cruz.
Me haré presente cada vez que invoquen Mi
pasión con amor. Te concederé el vivir unida a Mí en el dolor que experimenté
cuando en Getsemaní conocí los pecados de todos los hombres.
Se consciente de ello, porque a pocas criaturas
llamo a esta especie de pasión, pero ninguna de ellas comprende qué
predilección He puesto en ellas al asociarlas a Mí en la hora más dolorosa de
Mi vida terrena.
Jesus se
Prepara
Hay almas que consideran Mi Pasión, pero son
muy pocas las que piensan en la preparación de Mi vida pública: ¡Mi soledad!
Los cuarenta días que pasé en la ladera del monte,
fueron los días más angustiosos de Mi vida, porque los pasé completamente solo,
preparando Mi Espíritu para lo que vendría: sufrí hambre, sed, desaliento,
amargura. Sabía que para ese pueblo, mi sacrificio sería inútil puesto que Me
negaría. En esa soledad percibí que ni Mi nueva doctrina, ni Mis sacrificios y
milagros podrían salvar al pueblo judío que se convertiría en deicida.
Sin embargo, debía cumplir mi deber, la misión
divina. Debía dejar Mi semilla primero y morir después. ¡Qué triste es esto
mirándolo desde el plano humano!
Yo también fui hombre y sentí penas y
angustias. ¡Me encontré muy solo! Mortifiqué Mi cuerpo con el ayuno y Mi
Espíritu con la oración. Pedí por toda esa humanidad que Me desconocería, que
Me sacrificaría tantas veces...
Fui tentado como cualquier otro mortal y
Satanás jamás sintió más curiosidad por saber quién era el hombre que
permanecía en tanta soledad y desamparo.
Piensen en todo cuanto tuve que padecer por
salvar al hombre, para poder reinar en su corazón, para hacerle posible la
entrada en el reino de Mi Padre.
La Cena
Pascual
Ahora, vamos al relato de Mi Pasión... Relato
que dará gloria al Padre y Santidad a otras almas elegidas...
La noche antes a ser entregado, fue plena de
gozo por la Cena Pascual, inauguración del eterno Banquete, en el que el ser
humano debía sentarse para alimentarse de Mí.
Si Yo preguntase a los cristianos, ¿qué piensan
de esta Cena?, seguramente muchos dirían que es el lugar de sus delicias, pero
pocos dirían que es la delicia Mía... Hay almas que no comulgan por el gusto
que experimentan sino por el gusto que Yo siento. Son pocas, pues las demás
sólo vienen a Mí para pedir dones y favores.
Yo abrazo a todas las almas que vienen a Mí
porque vine a la tierra a hacer crecer el amor en el que las abrazo. Y como el
amor no crece sin penas, así Yo, poco a poco, voy retirando la dulzura para
dejar a las almas en su aridez; y esto para que vayan ayunando de su propio
gusto, para hacerles comprender que deben tener la luz puesta en otro deseo: el
Mío.
¿Por qué hablan de aridez como si fuese señal
de disminución de Mi amor? Han olvidado que si Yo no doy alegría, deben probar
ustedes sus arideces y otras penas.
Vengan a Mí, almas, pero no piensen sino en que
Soy Yo quien todo lo dispone y quien los incita a buscarme. ¡Si supieran cuánto
aprecio el amor desinteresado y cómo será reconocido en el cielo! ¡Cuánto
gozará de él, el alma que lo posee!
Aprendan de Mí, queridas almas, a amar
únicamente para hacer gozar a quien los ama... Tendrán dulzuras y mucho más de
lo que dejan; gozarán tanto de cuanto Yo los He hecho capaces. Yo Soy quien les
preparó el Banquete. Yo Soy el alimento. ¿Cómo entonces puedo hacerlos sentar a
Mi mesa y dejarlos en ayunas? Yo les prometí que quien se alimenta de Mí no
tendrá más hambre... Yo Me sirvo de las cosas para descubrirles Mi amor. Sigan
los llamados que les hacen Mis Sacerdotes, los cuales toman ocasión de esta
fiesta pascual para conducirlos a Mí, pero no se detengan en lo humano, de lo
contrario harán cesar el otro objetivo de esta fiesta.
Nadie puede decir que Mi Cena se haya hecho su
alimento cuando experimentan sólo dulzura... El amor crece, para Mí, a medida
que cada uno se deja a sí mismo.
Muchos Sacerdotes lo son porque Yo quise
hacerlos Mis Minis-tros, no porque Me sigan de verdad... ¡Oren por ellos! Deben
ofrecer a Mi Padre la pena que Yo sentí cuando en el Templo eché por tierra los
bancos de los mercaderes y reproché a los Ministros de entonces por haber hecho
de la casa de Dios una reunión de logreros.
Cuando ellos Me preguntaron con qué autoridad
Yo hacía eso, sentí una pena aún mayor al comprobar que la peor negación de Mi
Misión venía justamente de Mis Ministros.
Por ello, oren por los Sacerdotes que tratan Mi
cuerpo con sentido de costumbre y por ello mismo con muy poco amor...
Pronto sabrán que esto debía decirles, porque
los amo y porque prometo, a quien ore por Mis Sacerdotes, la remisión de
toda pena temporal debida. No habrá purgatorio para quien se aflige a causa de
los Sacerdotes tibios, sino Paraíso inmediato después del último aliento.
Y ahora, vuelvan a hacerse abrazar por Mí, para
recibir la vida que les participé con infinita alegría a todos ustedes.
Aquella noche, con infinito amor, lavé los pies
a Mis Apóstoles porque era el momento cúlmine de presentar a Mi Iglesia al
mundo.
Quería que Mis almas supieran que, aún cuando
estén cargadas de los pecados más grandes, no están excluidas de las gracias.
Que están junto a Mis almas más fieles; están en Mi corazón recibiendo las
gracias que necesitan.
Qué congoja sentí en aquel momento, sabiendo
que en Mi Apóstol Judas estaban representadas tantas almas que, reunidas a Mis
pies y lavadas muchas veces con Mi Sangre, ¡habían de perderse! En aquel
momento quise enseñar a los pecadores que no porque estén en pecado deben
alejarse de Mí, pensando que ya no tienen remedio y que nunca serán amados como
antes de pecar. ¡Pobres almas! No son estos los sentimientos de un Dios que ha
derramado toda Su sangre por ustedes. Vengan todos a Mí y no teman, porque los
amo; los lavaré con Mi sangre y quedarán tan blancos como la nieve; anegaré sus
pecados en el agua de Mi Misericordia y nada será capaz de arrancar de Mi
corazón el amor que les tengo.
Amada Mía, Yo no te He elegido en vano;
responde con generosidad a Mi elección; se fiel y firme en la fe. Sé mansa y
humilde para que los demás sepan cuan grande es Mi humildad.
Jesus Ora
en el Huerto
Nadie cree en verdad que sudé sangre aquella
noche en Getsemaní y pocos creen que sufrí mucho más en esas horas que en la
crucifixión. Fue más dolorosa, porque Me fue manifestado claramente que los
pecados de todos eran hechos Míos y Yo debía responder por cada uno. Así Yo,
inocente, respondí al Padre como si fuese verdaderamente culpable de
deshonestidad. Yo, puro, res-pondí al Padre como si estuviese manchado de todas
las impurezas que han hecho ustedes, mis hermanos, deshonrando a Dios, que los
creó para que sean instrumentos de la grandeza de la creación y no para desviar
la naturaleza concedida a ustedes, con el fin de llevarla gradualmente a
sostener la visión de la pureza en Mí, su Creador.
Por lo tanto, fui hecho ladrón, asesino,
adúltero, mentiroso, sacrílego, blasfemo, calumniador y rebelde al Padre, a
quien He amado siempre.
En esto, precisamente, consistió Mi sudor de
sangre: en el contraste entre Mi amor por el Padre y Su Voluntad. Pero obedecí
hasta el fin y, por amor a todos, Me cubrí de la mancha con tal de hacer el
Querer de Mi Padre y salvarlos de la perdición eterna.
Considera cuántas agonías más que mortales tuve
aquella noche y, créeme, nadie podía aliviarme en tales congojas, porque más
bien veía cómo cada uno de ustedes se dedicó a hacerme cruel la muerte que se
Me daba en cada instante por las ofensas cuyo rescate He pagado por entero.
Quiero que se conozca una vez más cómo amé a todos los hombres en aquella hora
de abandono y de tristeza sin nombre...
JesUs
Instituye la Eucaristia
El deseo de que las almas estén limpias cuando
Me reciben en el Sacramento del amor, Me llevó a lavar los pies a Mis
Apóstoles. Lo hice
también para representar el Sacramento de la penitencia, en el que las almas
que han tenido la desgracia de caer en el pecado, puedan lavarse y recobrar su
perdida blancura.
Al lavarles los pies, quise enseñar a las almas
que tienen trabajos apostólicos, a humillarse y a tratar con dulzura a los
pecadores y a todas las almas que les están confiadas.
Me envolví con un lienzo para enseñarles que,
para obtener éxito con las almas, hay que ceñirse con la mortificación y la
propia abnegación. Quise que aprendan la mutua caridad y cómo se deben lavar
las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre
sin divulgar jamás los defectos ajenos. El agua que eché sobre los pies de Mis
Apóstoles, era reflejo del celo que consumía Mi corazón en deseos de la
salvación de los hombres.
En aquel momento era infinito el amor que
sentía por los hombres y no quise dejarlos huérfanos... Para vivir con ustedes
hasta la consumación de los siglos y demostrarles Mi amor, quise ser su
aliento, su vida, su sostén, ¡su todo! Entonces vi a todas las almas que, en el
transcurso de los siglos, habían de alimentarse de Mi Cuerpo y de Mi Sangre y
todos los efectos divinos que este alimento produciría en muchísimas almas...
En muchas almas, esa Sangre Inmaculada
engendraría la pureza y la virginidad. En otras, encendería la llama del amor y
el celo. ¡Muchos mártires de amor se agrupaban en aquella hora ante Mis ojos y
en Mi Corazón! ¡Cuántas otras almas, después de haber cometido muchos y graves
pecados, debilitadas por la fuerza de las pasiones, vendrían a Mí para renovar
su vigor con el Pan de los fuertes!
Cómo quisiera hacer conocer los sentimientos de
Mi Corazón a todas las almas. Cuánto deseo que sepan el amor que sentía por
ellas cuando, en el Cenáculo, instituí la Eucaristía. Nadie podría penetrar los
sentimientos de Mi Corazón en aquellos momentos. Sentimientos de amor, de gozo,
de ternura... Más, inmensa fue también la amargura que invadió Mi Corazón.
¿Eres acaso un buen terreno para la
construcción de un magnífico edificio? Sí y no... Sí, por los dones que te He
hecho desde tu nacimiento. No, por el uso que has hecho de ellos. ¿Piensas que
tu terreno es el adecuado en proporción a la estructura del edificio que Yo
levanto? ¡Oh, es mezquino! Entonces Mis cálculos, a pesar de todos los
elementos contrarios que existen en tí, no fallarán, porque es Mi arte escoger
lo que es pobre al intento que Me propongo. Yo jamás Me equivoco porque uso
arte y amor. Construyo activamente sin que tú te percates. Tu mismo deseo de
saber lo que estoy hacien-do Me sirve para probarte que nada puedes y nada
sabes sin que Yo lo quiera...
Es tiempo de trabajar, no Me pidas nada porque
hay alguien que piensa en tí.
Quiero decir a Mis almas la amargura, el
tremendo dolor que llenaba Mi Corazón esa noche. Si bien era grande Mi alegría
de hacerme compañero de los hombres hasta el fin de los siglos y Alimento
divino de las almas, y veía cuántas Me rendirían homenaje de adoración, de
amor, de reparación, no fué poca la tristeza que Me ocasionó el contemplar a
todas aquellas almas que habrían de abandonarme en el Sagrario y cuántas
dudarían de Mi presencia en la Eucaristía.
¡En cuántos corazones manchados, sucios y
completamente desgarrados por el pecado tendría que entrar y cómo Mi carne y Mi
Sangre, profanadas, se convertirían en motivo de condenación para muchas almas!
Tú no puedes comprender la forma en la cual contemplé todos los sacrilegios,
ultrajes y tremendas abominaciones que se cometerían contra Mí... Las
muchísimas horas que iría a pasar sólo en los Sagrarios. ¡Cuántas noches
largas! ¡Cuántos hombres rechazarían los amorosos llamados que les dirigiría!
Por amor a las almas, permanezco prisionero en
la Eucaristía, para que en sus dolores y pesares vayan a consolarse con el más
tierno de los corazones, con el mejor de los padres, con el más fiel amigo.
Pero ese amor, que se consume por el bien de los hombres, no va a ser
correspondido.
Moro en medio de los pecadores para ser su
salvación y su vida, su médico y su medicina; y ellos, en cambio, pese a su
naturaleza enferma se alejan de Mi, Me ultrajan y Me desprecian.
¡Hijos Míos, pobres pecadores! No se alejen de
Mí, los espero noche y día en el Sagrario. No voy a reprochar sus crímenes. No
voy a echarles en cara sus pecados. Lo que haré será lavarlos con la Sangre de
Mis llagas. No teman, vengan a Mí. ¡No saben cuánto los amo!
Y ustedes, almas queridas, ¿por qué están frías
e indiferentes a Mi amor? Sé que tienen que atender las necesidades de su
familia, de su casa y del mundo que los solicita sin cesar. Pero, ¿no tendrán
un momento para venir a darme prueba de su amor y de su gratitud? No se dejen
llevar de tantas preocupaciones inútiles y reserven un momento para venir a
visitar al Prisionero del amor. Si su cuerpo está enfermo, ¿no pueden encontrar
unos minutos para buscar al Médico que debe curarlos? Vengan a quien puede
devolverles las fuerzas y la salud del alma... Den una limosna de amor a este
Mendigo divino que los llama, los desea y los espera.
Estas palabras producirán en las almas el
efecto de una gran realidad. Penetrarán en las familias, en las escuelas, en
las casas religiosas, en los hospitales, en las prisiones, y muchas almas se
rendirán a Mi amor. Los más grandes dolores Me vienen de las almas sacerdotales
y religiosas.
En el instante de instituir la Eucaristía, vi a
todas las almas privilegiadas que se alimentarían con Mi Cuerpo y con Mi
Sangre, y los efectos producidos en ellas.
Para algunas, Mi Cuerpo sería remedio a su
debilidad; para otras, fuego que llegaría a consumir sus miserias,
inflamándolas con amor. ¡Ah!... Esas almas reunidas ante Mi, serán un inmenso
jardín en el cual cada planta produce diferente flor, pero todas me recrean con
su perfume... Mi Cuerpo será el sol que las reanime. Me acercaré a unas para
consolarme, a otras para ocultarme, en otras descansaré. ¡Si supieran, almas
amadísimas, cuán fácil el consolar, ocultar y descan-sar a todo un Dios!
Este Dios que los ama con amor infinito,
después de librarlos de la esclavitud del pecado, ha sembrado en ustedes la
gracia incomparable de la vocación religiosa, los ha traído de un modo
misterioso al jardín de sus delicias. Este Dios, Redentor suyo, se ha hecho su
Esposo. El mismo los alimenta con Su Cuerpo purísimo y con Su Sangre apaga su
sed. En Mí encontrarán el descanso y la felicidad.
¡Ay, hijita! ¿Porqué tantas almas, después de
haberlas colmado de bienes y de caricias, han de ser motivo de tristeza para Mi
Corazón? ¿No Soy siempre el mismo? ¿Acaso He cambiado para ustedes?... ¡No! Yo
no cambiaré jamás y, hasta el fin de los siglos, los amaré con predilección y
con ternura.
Sé que están llenos de miserias, pero esto no
me hará apartar de ustedes Mis miradas más tiernas y con ansia los estoy
esperando, no sólo para aliviar sus miserias, sino también para colmarlos de
Mis beneficios.
Si les pido amor, no Me lo nieguen; es muy
fácil amar al que es el Amor mismo. Si les pido algo caro a su naturaleza, les
doy juntamente la gracia y la fuerza necesaria para que sean Mi consuelo.
Déjenme entrar en sus almas y, si no encuentran en ellas nada que sea digno de
Mi, díganme con humildad y confianza: “Señor, ya ves los frutos que produce
este árbol, ven y dime qué debo hacer para que, a partir de hoy, broten los
frutos que Tu deseas”.
Si el alma Me dice ésto con verdadero deseo de
probarme su amor, le responderé: Alma querida, deja que Yo mismo cultive tu
amor...
¿Sabes los frutos que obtendrás? La victoria
sobre tu carácter reparará ofensas, expiará faltas. Si no te turbas al recibir
una corrección y la acepatas con gozo, obtendrás que las almas cegadas por el
orgullo se humillen y pidan perdón.
Esto es lo que haré en tu alma si Me dejas
trabajar libremente. No florecerá en seguida el jardín, sino que darás gran
consuelo a Mi Corazón...
Todo ésto se Me pasó delante cuando instituí la
Eucaristía y me encendí en ansias de alimentar a las almas. No iba a quedarme
en la tierra para vivir con los seres perfectos sino para sostener a los
débiles y alimentar a los niños... Yo los haría crecer y robustecería sus
almas, descansaría en sus miserias y sus buenos deseos Me consolarían.
Pero, entre Mis elegidos hay algunas almas que
Me ocasionan pena. ¿Perseverarán todas?... Este el grito de dolor que se escapa
de Mi Corazón; éste es el gemido que quiero que oigan las almas.
El Amor eterno está buscando almas que digan
nuevas cosas a cerca de las antiguas verdades ya conocidas. El Amor infinito
quiere crear, en el seno de la humanidad, un tribunal, no de Justicia sino de
pura Misericordia. Por eso se multiplican los mensajes en el mundo. Quien los
comprende admira sus obras, se aprovecha de ellos y hace que los demás también
se aprovechen. El que no entiende, sigue siendo esclavo del espíritu que muere
y condena.
A estos últimos dirijo Mi Palabra de condena,
porque entorpecen la Obra Divina y se convierten en cómplices del maligno.
¿Que astucia produce presión en sus mentes de
niños cuando condenan, encubren, reprimen lo que procede, no de míseras
criatu-ras, sino del Creador? A los que he llamado pequeños revelo Mi sabiduría
que, en cambio, oculto a los soberbios...
Alma, deja que Me derrame en ti; has de válvula
de Mi Corazón, porque no falta alguien que comprime Mi Amor...
Jesus Hace
la Voluntad del Padre
De Mi Pasión quiero que consideres, sobre todo,
la amargura que me causó el conocer los pecados que, oscureciendo la mente del
hombre, lo llevan a las aberraciones. Estos pecados se admiten, la mayoría de
las veces, como fruto de una natural conveniencia a la cual se dice, no puede
oponerse la propia voluntad. Hoy, muchos viven con graves pecados culpando a
otros o al destino, sin posibilidad de salir de ellos. Esto ví en Getsemaní y
conocí el gran mal que absorbería Mi Alma. ¡Cuantos se pierden así y cómo sufrí
por ellos!
Así enseñé a Mis Apóstoles, con Mi ejemplo, a
soportarse mutuamente, lavándoles los pies y haciéndome su Alimento. Se
acercaba la hora para la que el Hijo de Dios se había hecho hombre y Redentor
del género humano; iba a derramar Su Sangre y a dar Su Vida por el mundo.
En esa hora quise ponerme en oración y entregarme
a la Voluntad de Mi Padre... Fue entonces que Mi Voluntad como hombre venció la
natural resistencia al gran sufrimiento preparado para Mi por Nuestro Padre,
tal ves más adolorido que Yo mismo. Entonces entregué, entre aquellas almas
perdidas, Mi propia Alma para reparar lo que ya venía viciado. Mi Omnipotencia
lo puede todo, pero quiere un mínimo sobre lo cual añadir de lo otro; y este
mínimo Yo mismo lo ofrezco y con infinito amor.
Mi Pasión... ¡Qué abismo de amargura encerró en
sí!
¡Qué equivocadamente lejos está aquel que cree
conocerla, tan sólo por que piensa en los terribles sufrimientos de Mi
Cuerpo!...
Hija Mía, te He reservado otros cuadros de las
tragedias íntimas que viví y deseo compartir contigo, porque eres de aquellos
que el Padre Me concedió en el Huerto.
¡Almas queridas! Aprendan de su Modelo que la
única cosa necesaria, aunque la naturaleza se rebele, es someterse con humildad
y entregarse para cumplir la Voluntad de Dios.
También quise enseñar a las almas que toda
acción importante debe ir prevenida y vivificada por la oración, porque en ella
se fortifica el alma para lo más difícil y Dios se comunica a ella y le
aconseja e inspira, aún cuando el alma no lo sienta.
Me retiré al Huerto con tres de Mis Discípulos,
para enseñarles que las tres potencias del alma deben acompañarlos y ayudarlos
en la oración.
Recuerden, con la memoria, los beneficios
divinos, las perfecciones de Dios: Su Bondad, Su Poder, Su Misericordia, el
Amor que les tiene. Busquen después, con el entendimiento, cómo podrán
corresponder a las maravillas que Ha hecho por ustedes... Dejen que se mueva su
voluntad a hacer por Dios, lo más y lo mejor, a consagrarse a la salvación de
las almas, ya sea por medio de sus trabajos apostólicos, ya por su vida humilde
y oculta, en su retiro y silencio por medio de la oración.
Póstrense humildemente como criaturas en
presencia de su Creador y adoren Sus designios sobre ustedes, sean cuales
fueren, somentiendo su voluntad a la Divina.
Así Me ofrecí Yo para realizar la obra de la
Redención del mundo. ¡Ah! Qué momento aquel en el cual sentí venir sobre Mi
todos los tormentos que había de sufrir en Mi Pasión: las calumnias, los
insultos, los azotes, los puntapiés, la corona de espinas, la sed, la Cruz...
Todo aquello pasó ante Mis Ojos al mismo tiempo
que un dolor intenso lastimaba Mi Corazón; las ofensas, los pecados y las
abominaciones que se cometerían en el transcurso de los siglos; y no solamente
los vi, sino que Me sentí revestido de todos esos horrores y así me presenté a
Mi Padre Celestial para implorar Misericordia.
Hijita Mía, Me ofrecí como un lirio para calmar
Su cólera y aplacar Su ira. Sin embargo, con tantos crímenes y tantos pecados,
Mi naturaleza humana experimentó una agonía mortal, al punto de sudar sangre.
¿Será posible que esta angustia y esta Sangre
sean inútiles para tantas almas?... Mi Pasión fue orígen de Mi amor. Si Yo no
hubiese querido, ¿quién habría podido tocarme? Yo lo quise y, para hacer ésto,
Me serví de los más crueles entre los hombres.
Antes de sufrir, conocía en Mí mismo todo
sufrimiento y podía evaluarlo enteramente. En cambio, cuando quise padecer,
además de pleno conocimiento y valoración, tuve la sensación humana de todos
los sufrimientos; Yo los tomé todos.
Hablando de Mi Pasión, no puedo pormenorizar
tanto. Otras veces lo He hecho y ustedes no pueden comprenderlo, debido a que
su naturaleza humana no alcanzaría a comprender la desmesurada extensión de los
dolores que He sufrido.
Sí, Yo los ilumino, pero Me quedo en un límite,
más allá del cual no pueden avanzar. Sólo a Mi Madre le hice conocer todas Mis
cosas; por eso las sufrió más que todos.
Pero hoy el mundo deberá conocer más de lo que
hasta ahora le He concedido, porque Mi Padre así lo quiere. Por ello, en Mi
Iglesia florece un rayo de amor a todo el conjunto de las vicisitudes que,
desde el huerto Me llevaron al Calvario. Más que a otro, manifiesto a los
amados que tuve en el Huerto, Mi Pasión. Ellos pueden mencionar algo que se
adapte a la mente de los actuales caminantes. Y si pueden, deben hacerlo. Por
eso, escribe todo cuanto te digo, pequeña, para tí y para muchos otros, en
alivio de las almas y para gloria de la Trinidad, que quiere que se sepan los
sufrimientos Míos en Getsemaní.
Mi alma está triste hasta la muerte. Mientras
la tristeza del mal físico podría llegar a ser causa de muerte, la del espíritu
que quise experimentar, consistió en la ausencia completa del influjo de la
Divinidad y en la presencia desgarradora de las causas de Mi Pasión.
En Mi Espíritu, que agonizaba, estaban realmente
presentes todos los motivos que Me impulsaron a traerles el amor a la tierra.
Primero, las ofensas hechas contra Mi Divinidad sufriente de hombre, con el
conocimiento propio de Dios. No puedes encontrar semejanza a este género de
sufrimiento, porque el hombre que peca comprende, con Mi luz, la parte que le
corresponde y muchas veces, imperfectamente, no ve cómo es el pecado delante de
Mí. Por eso es claro que sólamente Dios puede conocer lo que es una ofensa
hecha a El.
Sin embargo, la Humanidad debía poder ofrecer a
la Divinidad un pleno conocimiento y el verdadero dolor y arrepentimiento; y
puedo hacerlo todas las veces que quiera, ofreciendo precisamente Mi
conocimiento que Ha obrado en Mí, Hombre, con la humani-zación de la ofensa de
Dios.
Este fué Mi deseo: que el pecador arrepentido,
por Mi medio, tuviese cómo presentar a su Dios el conocimiento de la ofensa
cometida y que Yo, en Mi Divinidad, pudiese acoger del hombre también la
comprensión plena de la que ha hecho contra Mí.
Basta por hoy. No sabes cuánto Me consuelas
cuando te entregas a Mí con entero abandono... No todos los días puedo hablar a
las almas... ¡Déjame que para ellas te diga Mis secretos!... ¡Déjame que
aproveche tus días y tus noches!
Estaba triste hasta la muerte, porque veía en todo
lado el cúmulo enorme de las ofensas cometidas y, si por uno experimentaba una
muerte sin parangón, ¿qué habré experimentado por el conjunto de todas las
culpas? “Triste está Mi alma hasta la muerte”... de una tristeza que Me produjo
el abandono de toda fuerza; de una tristeza que tenía por centro la divinidad
hacia la cual —en Mí— convergía la marea de las culpas y el hedor de las almas
corroídas de todo tipo de vicios. Por eso, al mismo tiempo era blanco y flecha.
Como Dios, blanco; como hombre, flecha; en cuanto había absorbido todo el
pecado al punto de aparecer, delante de Mi Padre, como el único ofensor. Mayor
tristeza que esta no podía haber y la quise recoger toda, por el amor del
Padre, por la Misericordia a todos ustedes.
En vano gira la mirada del hombre sobre el
significado de estas palabras, que comprenden todo Mi ser de Dios y de Hombre,
si no se fija en este punto. Mírenme, así, en esta gigantesca prisión de
espí-ritu. ¿No merezco amor, si tanto luché y sufrí? ¿No merezco que la
criatura se valga de Mí como de cosa propia, sabiendo que Me doy a ella
enteramente, sin ninguna reserva? Tomen todos de Mí fuente inagotable de bien,
¡tomen! Yo les ofrezco Mi tristeza en el Huerto; dénme la tristeza suya, todas
sus tristezas; quiero hacer de ellas un manojo de violetas, cuyo perfume sea
constante orientación hacia Mi Divinidad.
“Padre, si es posible aleja de Mí este Cáliz.
Pero no se haga Mi voluntad sino la Tuya.” Dije así en el colmo de la amargura,
cuando el peso que gravitaba sobre Mí se había hecho tan sangriento que Mi alma
se encontraba en la más inverosímil oscuridad. Se lo dije al Padre porque, al
asumir toda culpa, Me presentaba delante Suyo como el único pecador, contra el
cual se descargaba toda Su Divina Justicia. Y, sintiéndome privado de Mi
Divinidad, sólo la humanidad aparecía delante de Mí.
Quítame, oh Padre esta amarguísimo Cáliz que Me
presentas y que, al venir a este mundo, sin embargo, lo acepté por Tu amor. He
llegado a un punto en que no Me reconozco ni a Mí mismo. Tú, oh Padre, Has
hecho del pecado como una heredad Mía y esto hace insoportable Mi presencia
delante de Ti, que Me amas. La ingratitud de los seres humanos Me es ya
conocida pero, ¿cómo soportaré verme solo? ¡Dios Mío, ten piedad de la gran
soledad en que Me encuentro! ¿Por qué hasta Tú quieres dejarme tan abandonado?
¿Qué ayuda encontraré entonces en tanta desolación? ¿Por qué también Tú Me
golpeas así? Y sí Me privas de Ti, Yo siento que bajo a un abismo tal que no
alcanzo a reconocer Tu mano en una situación tan trágica. La sangre que sale de
todo Mi Cuerpo Te da testimonio de Mi aniquilamiento bajo Tu poderosa mano...
Así lloré; así Me fuí abajo. Pero luego
proseguí: Es justo, Padre Santo, que Tú hagas de Mí todo lo que quieres. Mi
vida no es Mía, Te pertenece toda. Quiero que no se haga Mi voluntad sino la
Tuya. He aceptado una muerte de Cruz; acepto también la muerte aparente de Mi
Divinidad.
Es justo. Todo esto debo darte y, antes de
todo, debo ofrecerte el holocausto de la Divinidad que, sin embargo, Me une a
Ti. Sí, Padre, confirmo, con la Sangre que ves, Mi donación; confirmo, con la
Sangre, Mi aceptación: hágase Tu voluntad, no la Mía...
Jesus Busca
a Sus Discipulos, que Estan Dormidos
Pese a todo, el enorme peso y el cansancio
atroz, unidos al sudor de Sangre, Me habían golpeado de tal modo que, al ir a
buscar a Mis Apóstoles, Me sentí tremendamente fatigado.
¡Pedro, Juan, Santiago! ¿Dónde están, que no
los veo alertas? ¡Despierten, observen Mi rostro, vean cómo tiembla Mi cuerpo
en esta turbación que experimento! ¿Por qué duermen? ¡Despierten y oren
Conmigo, porque Yo He sudado Sangre por ustedes!
Pedro, discípulo elegido, ¿no te importa Mi
Pasión?... Santiago, a tí te He dado tanta preferencia: ¡Mírame y acuérdate de
Mí! Y tú, Juan, ¿por qué te dejas sumir en el sueño con los otros? Tú puedes
aguantar más que ellos... ¡No duermas, vela y ora Conmigo!
He aquí lo que obtuve: buscando un consuelo,
hallé un amargo desconsuelo. Ni siquiera ellos están Conmigo. ¿Dónde más
iré?... Es verdad, Mi Padre Me da sólo lo que Yo supe pedirle, a fin de que el
Juicio de toda la humanidad cayese sobre Mí. Padre Mío, ¡ayúdame! Tú lo puedes
todo, ¡ayúdame!
Volví a orar como un hombre al que se le han
hundido todas las esperanzas y que busca de lo alto comprensión y consuelo. Pero,
¿qué podía hacer Mi Padre si Yo había elegido libremente pagar por todo? Mi
elección no había cambiado. Sin embargo, la resistencia natural había llegado a
un grado tan excesivo, que Mi humanidad estaba abrumada. De nuevo, Me desplomé
con el rostro en tierra por la vergüenza de todos sus pecados; de nuevo pedí a
Mí Padre que alejase de Mí aquel Cáliz. Pero El Me respondió que si Yo no lo
bebía, sería como si no hubiese venido al mundo y que Me consolase porque
muchas criaturas participarían de Mis agonías en el huerto.
Respondí: Padre, no se haga Mi voluntad sino la
Tuya. Este Angel Me ha asegurado de Tu amor y la breve alegría que Me Has
enviado, ha hecho buena obra hasta en Mi resistencia natural. Dame Mis
criaturas, las que He redimido. Tómalas Tú mismo porque por Tí Yo lo acepto.
Quiero verte contento, Te ofrezco todos Mis sufrimientos y Mi inmutable
voluntad que, de veras, no está en desacuerdo con la Tuya, porque siempre Hemos
sido una sola cosa... Padre, Estoy destrozado, pero así Nuestro amor será conocido.
¡Hágase Tu Voluntad, no la Mía!
Volví a despertar a los Discípulos, pero los
rayos de la Divina Justicia habían dejado en Mí surcos indelebles... Se
llenaron de espanto al verme desquiciado y quien más sufrió fue Juan. Yo,
mudo... ellos, aturdidos... Sólo Pedro tuvo el valor de hablar. ¡Pobre Pedro,
si hubiera sabido que una parte de Mi agitación había sido desencadenada por
él!...
Había llevado a Mis tres amigos para que Me
ayudasen, compartiendo Mi angustia; para que hiciesen oración Conmigo; para
descansar en ellos, en su amor... ¿Cómo describir lo experimentado cuando los
ví dormidos?
Aún hoy, cuánto sufre Mi Corazón; y queriendo
hallar alivio en Mis almas, Voy a ellas y las encuentro dormidas. Más de una
vez, cuando quise despertarlas y sacarlas de sí mismas, de sus preocupaciones,
Me contestan —si no con palabras, con obras: “ahora no puedo, estoy demasiado
cansada, tengo mucho que hacer, ésto me perjudica la salud, necesito un poco de
tiempo, quiero algo de paz.”
Insisto y digo suavemente a esa alma: No temas;
si dejas por Mí ese descanso, Yo te recompensaré. Ven a orar Conmigo, ¡tan sólo
una hora! ¡Mira, que en este momento es cuando te necesito! ¿Si te detienes,
¿ya se te hará tarde? ¡Cuántas veces oigo la misma respuesta!
Pobre alma, no has podido velar una hora
Conmigo. Dentro de poco vendré y no Me oirás, porque estás dormida... Querré
darte la Gracia pero, como duermes, no podrás recibirla y, ¿quién te asegura
que tendrás después fuerza para despertar?... Es fácil que, privada de alimento,
se debilite tu alma y no puedas salir de ese letargo.
A muchas almas las ha sorprendido la muerte en
medio de un profundo sueño y, ¿dónde y cómo han despertdo?
Almas queridas, deseo enseñarles también cuan
inútil y vano es querer buscar alivio en las criaturas. ¡Cuántas veces están
dormidas y, en vez de encontrar el alivio que voy a buscar en ellas, salgo con
amargura porque no correponden a Nuestros deseos ni a Nuestro amor.
Cuando oré a Mi Padre y pedí ayuda, Mi alma
triste y desamparada padecía angustias de muerte. Me sentí agobiado con el peso
de las más negras ingratitudes.
La Sangre que brotaba de todos los poros de Mi
Cuerpo y que dentro de poco saltaría de todas Mis heridas, sería inútil para el
gran número de almas que se perderían. ¡Muchísimas Me ofenderían y muchas no Me
conocerían! Después derramaría Mi Sangre por todos y Mis méritos serían
aplicados a cada uno de ellos ¡Sangre Divina! ¡Méritos infinitos!... Y sin
embargo, inútiles para tantas y tantas almas...
Pero entonces ya iba al encuentro de otras
cosas y Mi voluntad estaba inclinada al cumplimiento de Mi Pasión.
Hombres: si Yo sufrí, no ha sido ciertamente
sin fruto y tampoco sin motivo. El fruto que He obtenido ha sido la Gloria y el
Amor. Toca ahora a ustedes, con Mi ayuda, demostrarme que aprecian Mi obra.
¡No Me canso jamás! ¡Vengan a Mí! Vengan a
Quien vibra de amor por ustedes y que sólo sabe darles el verdadero amor, que
reina en el cielo y que los transforma ya en la tierra.
Almas que prueban Mi sed: beban en Mi Cáliz
amargo y glorioso, porque les digo que algunas gotas de este Cáliz quiere el
Padre reservar justamente para ustedes. Piensen que estas pocas gotas Me fueron
sustraídas y luego, si creen, díganme que no las quieren. Yo no He puesto
límites y tampoco ustedes. Yo fui abatido sin piedad; ustedes deben, por amor,
dejar que Yo abata su amor propio.
Yo Soy Quien obra en ustedes, así como Mi Padre
obró en Mí, en Getsemaní.
Yo Soy El que hago sufrir para que un día
tengan que alegrarse. Sean por un tiempo dóciles; sean dóciles a imitación Mía,
porque ésto los ayuda mucho y Me complace mucho. No pierdan nada, antes bien,
adquieran el amor. ¿Cómo podría en efecto permitir que Mis amados sufran
pérdidas reales, mientras pretenden demostrarme amor?
Yo los aguardo. Estoy siempre a la espera; no
Me cansaré. Vengan a Mí; vengan así como son. Eso no tiene importancia, con tal
que vengan. Entonces verán que enjoyaré su frente con aquellas gotas de Sangre
que derramé en Getsemaní, porque esas gotas son suyas, si las quieren. Ven,
Alma, ven a Jesús que te llama.
Yo dije: Padre Mío; no dije: Dios Mío; y es que
Quiero enseñarles que, cuando su corazón sufre más, deben decir: Padre mío, y
pedirle alivio. Expónganle sus sufrimientos, sus temores y, con gemidos,
recuérdenle que son Sus hijos. ¡Díganle que su alma no puede más! Pidan con
confianza de hijos y esperen, que su Padre los aliviará y les dará la fuerza
necesaria para pasar esta tribulación suya y de las almas que les están
confiadas.
Este es el Cáliz que acepté y apuré hasta la
última gota. Todo por enseñarles, hijos queridos, a no volver a creer que los
sufrimientos son inútiles. Si no ven el resultado que siempre lograrán, sometan
su juicio y dejen que la Voluntad Divina se cumpla en ustedes.
Yo no retrocedí. Al contrario, sabiendo que era
en el Huerto donde habrían de prenderme, permanecí allí, no quise huír de Mis
enemigos...
Hija Mía, deja que Mi Sangre riegue y
fortalezca esta noche la raíz de tu pequeñez.
Jesus es
Entregado por Judas
Después de haber sido confortado por el enviado
de Mi Padre, ví que Judas se acercaba a Mí, seguido de todos quienes habrían de
apresarme. Llevaban cuerdas, piedras, palos... Me adelanté y les dije: ¿A quién
buscan? Mientras que Judas, con la mano sobre Mi hombro, Me besó...
Cuántas almas Me han vendido y Me venderán por
el vil precio de un deleite, de un placer momentáneo y pasajero... Pobres almas
que buscan a Jesús, como los soldados.
Almas a quienes amo; ustedes que vienen a Mí,
que Me reciben en su pecho, que Me dirán muchas veces que Me aman... ¿No Me
entregarán cuando salgan luego de recibirme? En los lugares que frecuentan, hay
piedras que Me hieren: son conversaciones que Me ofenden y ustedes, que Me han
recibido hoy, pierden allí la blancura preciosa de la Gracia.
¿Por qué Me entregan así almas que Me conocen y
que en más de una ocasión se glorian de ser piadosas y ejercer la caridad?
Cosas todas que en verdad podrían hacerles adquirir grandes méritos más... ¿Qué
son para ustedes sino un velo que cubre su delito de atesorar bienes en la
tierra?
¡Velen y oren! Luchen sin descansar y no dejen
que sus malas inclinaciones y defectos lleguen a ser habituales...
Miren, que hay que segar la hierba todos los
años y quizá en las cuatro estaciones; que la tierra hay que labrarla y
limpiarla, hay que mejorarla y cuidar de arrancar las malas hierbas que en ella
brotan.
El alma también hay que cuidarla con mucho
esmero y las tendencias torcidas hay que enderezarlas.
No piensen que el alma que Me vende y que se
entregó al pecado grave, empezó por una falta grave. Generalmente, las grandes
caídas empezaron por poca cosa: un gusto, una debilidad, un consentimiento
ilícito, un placer no prohibido pero poco conveniente... Así, el alma se va
cegando, disminuye la gracia, se robustece la pasión y, por último, vence.
Entiendan esto: Si es triste recibir una ofensa
y una ingratitud de cualquier alma, lo es mucho más cuando viene de Mis almas
escogidas y más amadas. Sin embargo, otras pueden reparar y consolarme.
Almas que He escogido para hacer de ustedes el
lugar de Mi descanso, el jardín de Mis delicias, espero de ustedes mucho mayor
ternura, mucha más delicadeza, mucho más amor.
De ustedes espero que sean el bálsamo que
cicatrice Mis heridas, que limpien Mi rostro afeado y manchado... Que Me ayuden
a dar luz a tantas almas ciegas que en la oscuridad de la noche Me prenden y Me
atan para darme muerte.
No Me dejen solo... ¡Despierten y vengan porque
ya llegan Mis enemigos!
Cuando se acercaron los soldados, les dije: ¡Yo
Soy! Esta misma palabra repito ahora al alma que está próxima a ceder a la
tentación: “Yo Soy”, aún es tiempo y, si quieres, te perdonaré; y en vez de
atarme tú con las cuerdas del pecado, Soy Yo El que te ataré con las ligaduras
del amor.
Ven, Yo Soy El que Te ama y El que te tiene
tanta compasión de tu debilidad, El que está esperándote con ansia para
recibirte en Sus brazos.
El episodio de Mi captura, bien examinado,
tiene mucha importancia. Si Pedro no daba ese golpe a Malco, Yo no habría
tenido ocasión de llamar la atención de ustedes sobre el método que deseo
tengan al combatir por Mí.
Entonces Me serví de un proverbio para
amonestar a Pedro y restituí a Malco su oreja, porque no Me gusta la violencia,
siendo Yo el Señor de la libertad. Pero noten que, además de hacer esto,
expresé a Pedro el firme deseo de que se cumpliera Mi Pasión y lo hice
reflexionar que, si quería, el Padre podía hacerme defender por Mis ángeles.
¿Ven cuantas cosas en un sólo episodio? Pero,
lo principal, es justamente la lección que He debido dar a todos ustedes en el
combate contra sus enemigos. Quien se Me asemeja lo hace así: se deja conducir
donde quieren los que lo rodean, porque su fuerza la tendrá en momentos que no
son los buscados por el mundo (el hombre), por la experiencia humana, por la
astucia del amor propio.
No, quien es semjante a Mí encontrará, recibirá
fuerzas desconocidas pero vigorosas para dominar a sus dominadores,
perma-neciendo en el sitio en que es colocado. Mi verdadero discípulo hace las
cosas más inverosímiles, sin interrumpir en lo mínimo Mi desig-nio para él. El
mundo se complace en singularidades, en sobresalir y demostrar la propia
superioridad. Este es el espíritu que Yo He combatido y vencido. Por eso les
dije que cobren ánimo, porque habiéndolo Yo vencido, ese mundo no puede ahora hacer
nada que corte su unión Conmigo, con tal que ustedes no se unan a él, porque
entonces tendrían que sufrir las consecuencias, con el agravante que, como Yo
Me opongo a su victoria con las armas del mundo, muchas veces tendrán como
contrarios al mundo y a Mí; al mundo por su amor propio y a Mí por su puro
amor, por amor a su verdadero bien.
Por tanto, no a los golpes de Pedro a las
orejas de sus enemigos, sin plena aceptación del caliz que les ofrezco, en los
cuales deben ver Mi voluntad, como Yo vi la de Mi Padre cuando dije al amado
Pedro: ¿No quieres que beba el caliz que Me da Mi Padre?
Mediten en Mi Pasión siempre, pero penetren en
lo íntimo de Mi Espíritu y obtengan las impresiones que son saludables y que
los incitan a imitarme. Naturalmente, Soy Yo quien obra en ustedes estas cosas,
pero ustedes deben poner su empeño y luego tendrán lo que Yo digo.
¡Ah! Si el hombre comprendiese este rasgo de Mi
Pasión. ¡Cuanto más fácil sería ceder y revivir Mi Vida!
Anímense, hijitos Míos, todo es cuestión de
amor, no de otra cosa; del amor y la obra Mía que quiero llevar a cabo en
ustedes; y de amarme siempre más. Dejen de razonar a la manera humana; abran la
mente al mundo Mío, al que Yo tengo con ustedes. ¡Esto es importante!
Ustedes son Míos por tres motivos: porque los
creé de la nada, porque los redimí y porque recibirán parte de Mi Corona de
Gloria. Por eso deben pensar que Yo cuido de ustedes, por estos tres motivos, y
no podría desinteresarme nunca de quien He creado, de quien He rescatado y de
quien debe ser Mi Gloria.
Tu estás impulsado a este camino y deberás
recorrerlo todo y, como fué para Mí, no sólo servirá para tí, sino también para
muchos de tus hermanos que deben recibir de Mí, por tu medio, Gracia y Vida.
Avanza, porque Yo Me complazco en ello;
aprende, porque el amor quiere poseerte por completo.
Te doy Mi bendición, llena de promesa. Se las
Doy con el poder de que gozo como hombre; poder que es suyo; gozo que premiaré
con el premio que confirmará Mi infinito amor por ustedes.
Había llegado Mi hora; la hora en la que debía
consumar el sacrificio, y Me entregué a los soldados con la docilidad de un
cordero.
Jesús es Llevado ante Caifás
Me llevaron ante Caifás, donde Me recibieron
con burlas y con insultos. Uno de sus soldados Me dió una bofetada. Era la
primera que recibía y en ella ví el primer pecado mortal de muchas almas que,
después de vivir en gracia, cometerían ese primer pecado... Cuántos otros
detrás de ese primer pecado, sirviendo de ejemplo para que otras almas también
los cometan.
Mis Apóstoles Me abandonaron y Pedro se quedó
oculto detrás de un cerco, en medio de la servidumbre, espiando, movido por la
curiosidad.
Conmigo sólo habían hombres tratando de acumular
delitos contra Mí; culpas que pudieran encender más la cólera de jueces tan
inícuos. Allí ví los rostros de todos los demonios, de todos los ángeles malos.
Me acusaron de perturbar el orden, de instigador, de falso profeta, de
blasfemo, de profanar el día sábado y los soldados, exaltados por las
calumnias, proferían gritos y amenazas.
Entonces, Mi silencio clamó sacudiendo todo Mi
Cuerpo: ¿Dónde están ustedes, Apóstoles y discípulos, que han sido testigos de
Mi Vida, de Mi doctrina, de Mis milagros? De todos aquellos de quienes esperaba
alguna prueba de amor, no queda ninguno para defen-derme. Estoy solo y rodeado
de soldados que quieren devorarme como lobos.
Contemplen como Me maltrataban: uno descarga
sobre Mi rostro una bofetada; otro Me arroja su inmunda saliva; otro Me tuerce
el rostro en son de burla; otro Me jala la barba; otro retuerce Mis brazos
entre sus dedos; otro golpea con su rodilla Mis genitales y, cuando caigo,
entre dos Me levantan de los cabellos...
Pedro Niega
a Jesus
Mientras Mi Corazón se ofrece a sufrir todos
estos suplicios, Pedro, a quien había instituido “Jefe y Cabeza de la Iglesia”
y quien horas antes había prometido seguirme hasta la muerte, a una simple
pregunta que le hacen, y que podría haberle servido para dar testimonio de Mí,
Me niega y, como el temor se apodera aún más de él, ante la reiteración de la
pregunta jura que jamás Me ha conocido ni ha sido Mi discípulo. Interrogado por
tercera vez, responde con horribles imprecaciones.
Hijitos, cuando el mundo clama contra Mí y,
volviéndome hacia Mis almas escogidas, Me veo abandonado y renegado, ¿saben
cuán grande es la tristeza y la amargura de Mi Corazón?
Les diré, como a Pedro: Alma a quien tanto amo,
¿no te acuerdas ya de las pruebas de amor que te He dado? ¿Olvidas que muchas
veces Me has prometido serme fiel y defenderme?
No confías en tí mismo porque estás perdido;
pero si recurres a Mí con humildad y firme confianza, nada temas; estás bien
sostenido.
Almas que viven rodeadas de tantos peligros, no
se metan en ocasiones de pecados por vana curiosidad; miren, que caerán como
Pedro.
Y ustedes, almas que trabajan en Mi viña, si se
sienten movidas por curiosidad o por alguna satisfacción humana: les diré que
huyan; pero si trabajan por obediencia e impulsadas por el celo de las almas y
de Mi gloria, no teman: Yo las defenderé y saldrán victoriosas.
Amada Mía, voy educándote poco a poco y con
mucha paciencia. Me consuelo con el pensamiento de tener una alumna deseosa de
poder aprender. Así olvido tus negligencias y errores. Si busco en la creación
los nombres más bellos para llamarte no te asustes ¿por qué los suprimes? El
amor no tiene límites.
Jesus es
Llevado a la Prision
Vamos a seguir con este doloroso relato que
habrás de hacer llegar a cuantas personas puedas. Yo los iluminaré en la forma
que habrán de hacerlo.
Cuando los soldados Me llevaban prisionero, en
uno de los patios estaba Pedro, medio oculto entre la turba. Se cruzaron
nuestras miradas; tenía los ojos desorbitados; fue sólo una fracción de
segundos y, sin embargo, ¡le dije tanto!... Lo vi llorar amargamente su pecado
y con el corazón le dije: “El enemigo ha tratado de poseerte, pero Yo no te
abandono. Sé que tu corazón no ha renegado de Mí. Estate presto para el combate
del nuevo día, para las luchas reno-vadas contra el oscurantismo espiritual y
prepárate para llevar la Buena Nueva. Adiós, Pedro.”
Cuántas veces miro hacia el alma que ha pecado
pero, ¿mira ella también? No siempre se encuentran nuestras miradas. Cuántas
veces miro al alma y ella no Me mira, no Me ve, está ciega... La llamo por su
nombre y no Me responde. Le envío una pena, un dolor, para que salga de su
sueño, pero no quiere despertar.
Amados Míos, si no miran al Cielo, vivirán como
seres privados de razón... Alcen la cabeza y contemplen la Patria que les
espera. Busquen a su Dios y siempre lo encontrarán con los ojos fijos en
ustedes; y en Su mirada hallarán la paz y la vida.
Contémpleme en la prisión donde paso gran parte
de la noche. Los soldados venían a insultarme con palabras y con obras,
empujándome, dándome golpes, burlándose de Mi condición de hombre.
Casi al amanecer, hartos de Mí, Me dejaron
solo, atado en una habitación oscura, húmeda y hedionda, llena de ratas. Estaba
atado de tal modo que debía permanecer de pie o sentado en una piedra
puntiaguda que fue todo lo que Me dieron como asiento. Mi cuerpo dolorido quedó
pronto aterido de frío. Recordé las miles de veces que Mi Madre cobijaba Mi
cuerpo, arropándolo cuando tenía frío... y lloré.
Vamos ahora a comparar la prisión con el
Sagrario y, sobre todo, con los corazónes de los hombres. En la prisión pasé
una noche... ¿Cuántas noches paso en el Sagrario?
En la prisión Me ultrajaron los soldados que
eran Mis enemigos; pero en el Sagrario Me maltratan y Me insultan almas que Me
llaman Padre. En la prisión pasé frío, sueño, hambre, vergüenza, tristeza,
dolores, soledad, desamparo. Veía, en el transcurso de los siglos, cómo tantos
Sagrarios en los cuales Me faltaría el abrigo del amor. ¡Cuántos corazones
helados serían para Mí como la piedra de la prision!
¡Cuántas veces tendría sed de amor, sed de
almas! ¡Cuántos días espero que tal alma venga a visitarme, a recibirme en su
corazón, porque He pasado la noche solo y pensaba en ella para apagar Mi sed!
¡Qué de veces siento hambre de Mis almas, de su fidelidad, de su generosidad!
¿Sabrán calmar estas ansias? ¿Sabrán decirme
cuando tengan que pasar por algún sufrimiento: esto servirá para aliviar Tu
tristeza, para acompañarte en Tu soledad? Y ¡ay!, Si por lo menos, unidos a Mí,
ustedes lo soportaran todo con paz y salieran fortalecidos en tanto que
consolaran Mi Corazón...
En la prisión sentí vergüenza al oír las
horribles palabras que se proferían contra Mí; y esa vergüenza creció al ver
que, más tarde, esas mismas palabras serían repetidas por almas amadas.
Cuando aquellas manos sucias y repugnantes
descargaban sobre Mí golpes y bofetadas, ví cuántas veces sería golpeado y
abofeteado por tantas almas que, sin purificarse de sus pecados, sin limpiar su
casa con una buena confesión, Me recibirían en sus corazones. Esos pecados
habituales, descargarían sobre Mí repetidos golpes.
Cuando Me hacían levantar a empellones, sin
fuerzas y a causa de las cadenas que Me sujetaban, caía en tierra. Ví cómo
tantas almas, atándome con las cadenas de su ingratitud, Me dejarían caer sobre
la piedra, renovando Mi vergüenza y prolongando Mi soledad.
Almas elegidas, contemplen a su Esposo en la
prisión. Contémplenme en esta noche de tanto dolor, y consideren que este dolor
se prolonga en la soledad de tantos Sagrarios, en la frialdad de tantos
corazones.
Si quieren darme una prueba de su amor, ábranme
su corazón para poder hacer de él Mi prisión. Atenme con las cadenas de su
amor. Cúbranme con sus delicadezas, aliméntenme con su generosidad. Apaguen Mi
sed con su celo. Consuelen Mi tristeza y desamparo con su fiel compañía. Hagan
desaparecer Mi vergüenza con su pureza y rectitud de intención.
Si quieren que descanse en ustedes, eviten el
tumulto de las pasiones y, en el silencio de su alma, dormiré tranquilo. De vez
en cuando oirán Mi voz que les dice suavemente: Esposa Mía, que ahora eres Mi
descanso, Yo seré tuyo en la eternidad; a tí que con tanto desvelo y amor Me
procuras la prisión de tu corazón, Yo te prometo que Mi recompensa no tendrá
límites y no te pesarán los sacrificios que hayas hecho por Mí durante tu vida.
Jesus es
Llevado ante Herodes
Pilatos mandó que Me llevaran a la presencia de
Herodes... Era un pobre hombre corrompido que sólo buscaba el placer, dejándose
arrastrar de sus pasiones desordenadas. Se alegró de verme comparecer ante su
tribunal, pues esperaba divertirse con Mis palabras y milagros.
Consideren, hijos Míos, la repulsión que
experimenté en presencia del más repugnante de los hombres, cuyas palabras,
preguntas, gestos y movimientos afectados, Me cubrían de confusión. Almas puras
y virginales, vengan a rodear y a defender a su Esposo.
Herodes espera que Yo conteste a sus preguntas
sarcásticas, pero no despego Mis labios; guardo en su presencia el más absoluto
silencio. No contestar era la mayor prueba que podía darle de Mi dignidad. Sus
palabras obscenas no merecían cruzarse con las Mías, purísimas. Entretanto, Mi
Corazón estaba íntimamente unido a Mi Padre Celestial. Me consumía en deseos de
dar por las almas hasta la última gota de Mi Sangre. El pensamiento de que
todos los hombres que luego habían de seguirme, conquistados por Mis ejemplos y
Mi liberalidad, Me encendía en amor y no sólo gozaba en aquel terrible
interrogatorio, sino que deseaba correr al suplicio de la Cruz.
Jesus es
Llevado de Nuevo ante Pilatos
Dejé que Me trataran como a un loco y Me
cubrieran con una vestidura blanca en señal de burla e irrisión, después, en
medio de gritos furiosos, Me llevaron de nuevo a la presencia de Pilatos.
Mira cómo este hombre aturdido y lleno de
confusión, no sabe qué hacer de Mí; y para apaciguar el furor de la turba,
manda que Me hagan azotar...
Representadas en Pilatos, ví a las almas que
carecen de valor y generosidad para romper enérgicamente con las exigencias del
mundo y de la naturaleza. En vez de cortar de raíz lo que la conciencia les
dice no ser del mundo y de la naturaleza, lo que la conciencia les dice no ser
del buen espíritu, ceden a un capricho, se recrean en una ligera satisfacción,
capitulan en parte con lo que la pasión exige y, para acallar los
remordimientos, se dicen a sí mismas: “ya me he privado de esto o de lo otro, y
es suficiente”.
Yo únicamente diré a esa alma: ¡Me haces
flagelar como Pilatos! Ya has dado un paso, mañana otro. ¿Piensas satisfacer de
este modo tu pasión? ¡No! Pronto te exigirá más y más.
Como no has tenido valor para luchar con tu
propia naturaleza en esta pequeñez, mucho menos la tendrás después, cuando la
ocasión sea mayor.
La
Flagelacion de Jesus
Mírenme, amados Míos, dejándome conducir, con
la mansedumbre de un cordero, al tremendo suplicio de la flagelación. Sobre Mi
cuerpo, ya cubierto de golpes y agobiado de cansancio, los verdugos descargan
cruelmente —con cuerdas trenzadas, con varas— terribles azotes. Es tanta la violencia
con que Me castigan, que no quedó en Mí un sólo lugar que no fuese presa del
más terrible dolor... Los golpes y puntapiés Me ocasionaron innumerabls
heridas... Las varas arrancaban pedazos de Mi piel y Mi carne. La Sangre
brotaba de todos Mis miembros... Caí una y otra vez por el dolor que Me
causaban los golpes en Mi virilidad. Mi cuerpo estaba en tal estado, que más
parecía monstruo que hombre. Los rasgos de Mi cara habían perdido su forma, era
un sólo edema.
El pensamiento de tantas almas, a quienes más
tarde iba a inspirar el deseo de seguir Mis huellas, Me consumía de amor.
Durante las horas de prisión las veía fieles
imitadoras, aprendien-do de Mí mansedumbre, paciencia, serenidad. No sólo para
aceptar los sufrimientos y desprecios, sino aún amando a los que las persiguen
y, si es necesario, sacrificándose por ellos como Yo Me sacrifiqué.
Cómo Me encendía cada vez más en deseos de
cumplir perfectamente la Voluntad de Mi Padre, en aquellas horas de soledad, en
medio de tanto dolor. ¡Cómo Me ofrecí a reparar Su Gloria ultrajada! Así
ustedes, almas religiosas, que se encuentran en la prisión esco-gida por amor,
que más de una vez pasan a los ojos de las criaturas por inútiles y quizá por
perjudiciales, no teman. Dejen que griten contra ustedes y, en esas horas de
soledad y dolor, unan íntimamente su corazón a su Dios, único objeto de su
amor. ¡Reparen Su Gloria, ultrajada por tantos pecados!
Jesus es
Sentenciado a Muerte
Al amanecer, Caifás ordenó que Me condujeran a
Pilatos para que pronunciara la sentencia de muerte. Este Me interrogó, deseoso
de hallar un motivo para condenarme pero, al mismo tiempo, su conciencia lo
atormentaba y sentía gran temor ante la injusticia que iba a cometer. Al fin,
encontró un medio para desentenderse de Mí y mandó que Me llevaran a Herodes.
En Pilatos están fielmente representadas las
almas que, sintiendo al mismo tiempo el movimiento de la gracia y de sus
pasiones, dominadas por el respeto humano y cegadas por el amor propio, por el
temor de parecer ridículas, dejan pasar la gracia.
A todas las preguntas de Pilatos, nada
respondí. Mas cuando Me dijo: ¿Eres tú el Rey de los Judíos? Entonces, con
gravedad y ente-reza, respondí: Tú lo has dicho, Yo Soy el Rey; pero Mi reino
no es de este mundo... Con estas palabras quise enseñar a muchas almas cómo,
cuando se presenta la ocasión de soportar el sufrimiento, o una humillación que
podrían fácilmente evitar, deben contestar con generosidad: Mi reino no es de
este mundo, es decir, no busco las alabanzas de los hombres; Mi Patria no es
esta, ya descansaré en la que lo es verdaderamente. Ahora, ánimo para cumplir
mi deber sin tener en cuenta la opinión del mundo. Lo que me importa no es su
estima, sino seguir la voz de la gracia, ahogando los reclamos de la
natura-leza. Si no soy capaz de vencer solo, pediré fuerza y consejo pues, en
muchas ocasiones, las pasiones y excesivo amor propio ciegan el alma y la
impulsan a obrar el mal.
No son ni 10 ni 20 los verdugos que destrozan
Mi Cuerpo; son muchísimas las manos que lastiman Mi Cuerpo, recibiendo la
comunión en la mano— el trabajo sacrílego de Satanás.
¿Cómo pueden contemplarme en este mar de dolor
y de amargura, sin que su corazón se mueva a compasión?
Pero, no son los verdugos los que han de
consolar sino ustedes, almas escogidas, para que alivien Mi dolor. Contemplen
Mis heridas y vean si hay alguien que haya sufrido tanto como Yo, para
demos-trarles su amor.
Jesus es
Coronado de Espinas
En el Querer de Mi Padre He vivido días de
intensa tristeza, sin quejarme, pero en la aceptación de lo que quería hacerme
sentir el Padre. Cuando fui apresado en el Huerto, los que Me acusaban estaban
prontos a toda mentira y Me dejé llevar a donde quisieran, sin resistir en lo
más mínimo. Y cuando quisieron ceñirme la cabeza con la corona de espinas,
incliné sin más la cabeza, porque lo tomaba todo de las manos de Aquel que Me
envió al mundo.
Cuando los brazos de aquellos hombres crueles
estuvieron rendidos, a fuerza de descargar golpes sobre Mi Cuerpo, colocaron
sobre Mi cabeza una corona tejida con ramas de espinas y, desfilando por
delante de Mí, Me decían: ¿Conque eres Rey?... ¡Te saludamos!
Unos Me escupían, otros Me insultaban, otros
descargaban nuevos golpes contra Mi cabeza; cada uno añadiendo un nuevo dolor a
Mi Cuerpo, maltratado y deshecho.
Estoy cansado, no tengo dónde descansar;
préstame tu corazón y tus brazos, para cobijarme en tu amor. Tengo frío y
fiebre; abrázame un instante, antes de que continúen destruyendo este templo de
amor.
Los soldados y verdugos, con sus manos sucias,
empujan Mi Cuerpo; otros con asco de Mi Sangre, me empujan con sus lanzas y
vuelven a abrir Mi carne; Me sientan con un empujón sobre un lugar de piedras
filosas, lloro en silencio por el dolor y ellos, en forma grotesca, se burlan
de Mis lágrimas. Finalmente, desgarran Mis sienes encajándome la corona de
ramas trenzadas de espinas.
Consideren cómo, con esa corona, quise expiar
los pecados de soberbia de tantas almas que se dejan subyugar por la falsa
opinión del mundo, deseando ser estimadas con exceso. Permití, sobre todo, que
Me coronasen de espinas y que así Mi cabeza sufriese cruelmente, a fin de
reparar por la humildad voluntaria, las repugnancias y las orgullosas
pretensiones de tantas almas que se niegan a seguir el camino trazado por Mi
Providencia, por juzgarlo indigno de su mérito y de su condición.
Ningún camino es humillante cuando está trazado
por la Voluntad de Dios... En vano intentarán engañarse a ustedes mismos
pensando seguir la voluntad de Dios y en la plena sumisión a cuanto les pida.
Hay en el mundo personas que, cuando llega el
momento de la decisión (emprender un nuevo género de vida), reflexionan y
examinan los deseos de su corazón. Tal vez encuentren, en aquel o en aquella a
quien piensan unirse, los fundamentos sólidos para una vida cristiana y
piadosa; quizás verán que cumplen sus deberes de familia que reúne, en fin, lo
necesario para satisfacer sus deseos de felicidad; pero la vanidad y el orgullo
vienen a oscurecer su espíritu y se dejan arrastrar por el afán de figurar, de
lucir. Entonces, se ingenian para buscar a alguien que, siendo más noble, más
rico, satisfaga su ambición. ¡Ah! Cuán neciamente se ciegan. No, les diré, no
encontrarán la verdadera felicidad en este mundo, y ojalá la encuentren en el
otro. ¡Miren bien, que se ponen en gran peligro!
Hablaré también a las almas a quienes llamó el
camino de la perfección. Cuántas ilusiones en las que Me dicen que están
dispuestas a hacer Mi Voluntad y que clavan en Mi cabeza las espinas de Mi
corona.
Hay, respectivamente, almas a quienes quiero
para Mí. Conociéndolas y amándolas, deseo colocarlas donde vivo, en Mi
sabiduría infinita, en la que encontrarán cuanto es necesario para llegar a la
santidad: ahí será donde Me haré conocer a ellas y donde Me darán más consuelo,
más amor y más almas.
Pero, ¡cuántas decepciones! Cuántas almas se
ciegan por el orgullo y la soberbia o por una mezquina ambición. Llena la
cabeza de vanos e inútiles pensamientos, se niegan a seguir el camino que les
traza Mi amor.
Almas que Yo había elegido, ¿creen cumplir Mi
Voluntad resis-tiendo a la voz de la gracia que los llama y encamina por esa
senda, que su orgullo rechaza?
Hija Mía, amor de Mis dolores, consuélame; haz
en tu corazón pequeñito un trono para tu Rey y Salvador, y coróname de besos.
Coronado de espinas y cubierto con un manto
púrpura, los soldados Me presentaron de nuevo a Pilatos. No encontrando en Mí
delito para castigarme, Pilatos Me hizo varias preguntas, diciéndome que por
qué no le contestaba, sabiendo que él tenía todo poder sobre Mí.
Entonces, rompiendo Mi silencio, le dije: “No
tendrías ese poder si no se te hubiese dado de arriba; pero es preciso que se
cumplan las Escrituras.” Y, abandonándome a Mi Padre Celestial, callé
nuevamente...
Barrabas es
Puesto en Libertad
Pilatos, perturbado por el aviso de su mujer y
perplejo entre los remordimientos de su conciencia y el miedo de que el pueblo
se amotine contra él, buscaba medios para libertarme y Me expuso a la vista del
populacho, en el lastimoso estado en el que Me encontraba, proponiéndoles darme
la libertad y condenar en Mí lugar a Barrabás, que era un ladrón y criminal
famoso. A una voz contestó el pueblo: ¡Que muera y que Barrabás sea puesto en
libertad!
Almas que Me aman, vean cómo Me han comparado a
un criminal. Vean cómo Me han rebajado más que al más perverso de los hombres.
Oigan qué furiosos gritos lanzan contra Mí. Vean con qué rabia piden Mi muerte.
¿Rehusé, acaso, pasar por tanta penosa afrenta? No, al contrario, Me abracé con
ella por amor a las almas y para mostrarles que este amor no Me llevó tan sólo
a la muerte, sino a la muerte más ignominiosa...
No crean, sin embargo, que Mi naturaleza humana
no sintió ni repugnancia ni dolor. Al contrario, quise sentir todas sus
repugnancias y estar sujeto a su misma condición, dándoles ejemplo que los
fortalezca en todas las circunstancias de la vida y les enseñe a vencer las
repugnancias que se ofrecen, cuando se trata de cumplir la Voluntad Divina.
Vuelvo a las almas a quienes hablaba ayer... A
las almas llamadas al estado de perfección, que discuten con la gracia y
retroceden ante la humildad del camino que les muestro, por temor a los juicios
del mundo o haciendo valer su capacidad; que se persuaden que en otra parte
serán más útiles para Mi servicio y para Mi Gloria.
Voy a responder a esas almas. Dime: ¿rehusé Yo
o vacilé siquiera, cuando Me vi nacer de padres pobres y humildes en un
establo, lejos de Mi casa y Mi Patria en la más cruda estación del año... de
noche?
Después, viví treinta años en las ocupaciones
oscuras y rudas de un taller; pasé humillaciones y desprecios de parte de los
que encargaban trabajos a Mi Padre José; no Me desdeñé de ayudar a Mi Madre en
las faenas más bajas de la casa y, sin embargo, ¿no tenía Yo más talento que el
que se requiere, para ejercer el tosco oficio de carpintero? Yo, que a la edad
de 12 años instruí a los Doctores en el Templo... Pero era la Voluntad de Mi
Padre Celestial y así lo glorificaba. Cuando dejé Nazareth y empecé Mi vida
pública, habría podido darme a conocer como Mesías e Hijo de Dios para que los
hombres escuchasen Mis enseñanzas con veneración, pero no lo hice porque Mi
único deseo era cumplir la Voluntad de Mi Padre...
Y cuando llegó la hora de Mi Pasión, a través
de la crueldad de los unos y de las afrentas de los otros, del abandono de los
Míos y de la ingratitud de las turbas, a través del indecible martirio de Mi
Cuerpo y de las repugnancias de Mi alma, vean con qué mayor amor aún descubría
y abrazaba la Voluntad de Mi Padre Celestial.
Así, cuando sobreponiéndose a las dificultades
y repugnancias se somete el alma generosamente a la Voluntad de Dios, llega un
momento en que, unida íntimamente a El, goza de las más inefables dulzuras.
Esto que He dicho a las almas que sienten
repugnancia a la vida humilde y oscura lo repito a las que, por el contrario,
son llamadas a trabajar en continuo contacto con el mundo, cuando su atractivo
sería la completa soledad y los trabajos humildes y ocultos.
Almas escogidas, su felicidad y su perfección
no consiste en seguir los gustos e inclinaciones de la naturaleza, en ser
conocidas o desconocidas de las criaturas, en emplear u ocultar el talento que
poseen, sino en unirse y conformarse, por amor y con entera sumi-sión, a la
Voluntad de Dios, a lo que para Su Gloria y la propia santifica-ción de
ustedes, les pida.
Basta por hoy, hijita, ama y abraza Mi Voluntad
alegremente; ya sabes que está en todo trazada por el amor.
Medita por un momento el indecible martirio de
Mi Corazón, al verse pospuesto a Barrabás. ¡Cómo recordaba entonces las ternuras
de Mi Madre, cuando me estrechaba sobre Su Corazón! Cuán presen-te tenía los
desvelos y fatigas que, para mostrarme Su amor, sufrió Mi Padre adoptivo. Cómo
se presentaban a Mi memoria los beneficios que tan liberalmente derramé sobre
aquel pueblo ingrato, dando vista a los ciegos, devolviendo la salud a los
enfermos, el uso de sus miembros a los que lo habían perdido, dando de comer a
la turba y resucitando a los muertos. ¡Ahora, verme reducido al estado más
despreciable! Soy el más odiado de los hombres y se Me condena a muerte, como a
ladrón infame.
Jesus
Perdona hasta al Mas Grande Pecador
Pilatos ha pronunciado la sentencia. Hijitos
Míos, consideren atentamente cuánto sufrió Mi Corazón…
Desde que Me entregó en el Huerto de los
Olivos, Judas anduvo errante y fugitivo sin poder acallar los gritos de su
conciencia, que lo acusaba del más horrible sacrilegio. Cuando llegó a sus
oídos la sentencia de muerte pronunciada contra Mí, se entregó a la más
terrible desesperación y se ahorcó.
¿Quien podrá comprender el dolor intenso de Mi
Corazón cuando vi lanzarse a la perdición eterna esa alma que había pasado tres
años en la escuela de Mi amor, aprendiendo Mi doctrina, reci-biendo Mis
enseñanzas, oyendo tantas veces cómo perdonaban Mis labios a los más grandes pecadores?
¡Judas! ¿Por qué no vienes a arrojarte a Mis
pies para que te perdone? Si no te atreves a acercarte a Mí por temor a los que
Me rodean, maltratándome con tanto furor, mírame al menos; verás cuán pronto se
fijan en tí Mis ojos.
Almas que están enredadas en los mayores
pecados... Si por más o menos tiempo han vivido errantes y fugitivas a causa de
sus delitos, si los pecados de que son culpables los han cegado y endurecido el
corazón, si por seguir alguna pasión han caído en los mayores desórdenes, no
dejen que se apodere de ustedes la desesperación cuando los abandonen los
cómplices de su pecado y cuando su alma se de cuenta de su culpa... Mientras el
hombre cuente con un instante de vida, aún tiene tiempo de recurrir a la
Misericordia y de implorar el perdón.
Si son jóvenes y los escándalos de su vida
pasada los han dejado en un estado de degradación ante los hombres, ¡no teman!
Aún cuando el mundo los desprecie, los trate de malvados, los insulte, los
abandone, estén seguros de que su Dios no quiere que su alma sea pasto de las
llamas del infierno. Desea que se atrevan a hablarle, a dirigirle miradas y
suspiros del corazón, y pronto verán que Su mano bondadosa y paternal los
conduce a la fuente del perdón y de la vida.
Si por malicia has pasado quizá gran parte de
tu vida en el desorden y en la indiferencia, y cerca ya de la eternidad la
desespe-ración quiere ponerte una venda en los ojos, no te dejes engañar, aún
es tiempo de perdón. Oigan bien: si les queda un segundo de vida, aprovéchenlo,
porque en él pueden ganar la vida eterna.
Si ha transcurrido su existencia en la
ignorancia y el error, si han sido causa de grandes daños para los hombres,
para la sociedad y hasta para la Religión, y por cualquier circunstancia
conocen su error, no se dejen abatir por el peso de las faltas ni por el daño
de que han sido instrumento sino, por el contrario, dejando que su alma se
penetre del más vivo pesar, abísmense en la confianza y recurran Al que siempre
está esperándolos para perdonarlos.
Lo mismo sucede si se trata de un alma que ha
pasado los primeros años de su vida en la fiel observancia de Mis mandamientos,
pero que ha decaído poco a poco del fervor pasando a una vida tibia y cómoda...
No ocultes nada de lo que te digo, pues todo es
para beneficio de la humanidad entera. Repítelo a la luz del sol, predícalo a
aquel que quiere verdaderamente escucharlo.
El alma que un día recibe una fuerte sacudida
que la despierta, ve de pronto su vida inútil, vacía, sin méritos para la
eternidad. El maligno, con infernal envidia, la ataca de mil maneras,
abultándole sus faltas; le inspira tristeza y desaliento, acabando por llevarla
al temor, a la desesperación.
Alma que Me perteneces, no hagas caso de ese
cruel enemigo y, en cuanto sientas la moción de la gracia al inicio de tu
lucha, acude a Mi Corazón; siente, contempla cómo vierte una gota de Su Sangre
sobre tu alma y ven a Mí. Ya sabes dónde me encuentro: bajo el velo de la fe...
Levántalo y dime con entera confianza tus penas, tus miserias, tus caídas...
Escucha con respeto Mis palabras y no temas por lo pasado. Mi Corazón lo ha
sumergido en el abismo de Mi Misericordia y Mi amor.
Tu vida pasada te dará la humildad que te
llenará. Y si quieres darme la mejor prueba de amor, ten confianza y cuenta con
Mi perdón. Cree que nunca llegarán a ser mayores tus pecados que Mi
Misericordia, pues es infinita.
Jesus Va
Camino del Calvario
Vamos a continuar, hijita. Sígueme en el camino
del Calvario, agobiado bajo el peso de la Cruz…
En tanto que Mi Corazón estaba abismado de tristeza
por la eterna perdición de Judas, los crueles verdugos, insensibles a Mi dolor,
cargaron sobre Mis hombros llagados, la dura y pesada Cruz en que había de
consumar el misterio de la Redención del mundo.
Contémplenme, ángeles del cielo. Vean al
Creador de todas las maravillas, al Dios a Quien rinden adoración los espíritus
celestiales, caminando hacia el Calvario y llevando sobre sus hombros el leño
santo y bendito que va a recibir su último suspiro.
Véanme también ustedes, almas que desean ser
Mis fieles imitadoras. Mi Cuerpo, destrozado por tanto tormento camina, sin
fuerzas, bañado de sudor y de sangre... ¡Sufro, sin que nadie se compadezca de
Mi dolor! La multitud Me acompaña y no hay una sola persona que tenga piedad de
Mí. Todos Me rodean como lobos hambrientos, deseosos de devorar su presa... Es
que todos los demonios salieron del infierno para hacer más duro Mi
sufrimiento.
La fatiga que siento es tan grande, la Cruz tan
pesada, que a la mitad del camino caigo desfallecido. Vean cómo Me levantan aque-llos
hombres inhumanos del modo más brutal: uno Me agarra de un brazo, otro tira de
Mis vestidos, que están pegados a Mis heridas, volviendo a abrirlas... Este Me
coge por el cuello, otro por los cabellos, otros descargan terribles golpes en
todo Mi Cuerpo, con los puños y hasta con los pies. La Cruz cae sobre Mi y su
peso Me causa nuevas heridas. Mi rostro roza sobre las piedras del camino y,
con la sangre que por él corre, se pegan a Mis ojos, que están casi cerrados
por los golpes; el polvo y el lodo se juntan a la sangre y quedo hecho el
objeto más repugnante.
Mi Padre envía ángeles para que Me ayuden a
sostenerme; para que Mi Cuerpo no pierda el conocimiento al desplomarse; para
que la batalla no sea ganada antes de tiempo, y pierda Yo a todas Mis almas.
Camino sobre las piedras que destrozan Mis
pies, tropiezo y caigo una y otra vez. Miro a cada lado del camino en busca de
una pequeña mirada de amor, de una entrega, de una unión a Mi dolor pero... no
veo a ninguno.
Hijos Míos, los que siguen Mis huellas, no
suelten su cruz por más pesada que ésta les parezca. Háganlo por Mí, que
cargando su cruz, Me ayudarán a cargar la Mía y, por el duro camino,
encontrarán a Mi Madre y a las almas santas que irán dándoles ánimo y alivio.
Sigan Conmigo unos momentos y, a los pocos pasos, Me verán en presencia de Mi
Madre Santísima que, con el Corazón traspasado por el dolor, sale a Mi
encuentro para dos fines: para cobrar nueva fuerza de sufrir a la vista de Su
Dios y para dar a Su Hijo, con Su actitud heroica, aliento para continuar la
obra de la Redención.
Consideren el martirio de estos dos Corazones.
Lo que más ama Mi Madre es Su Hijo... No puede darme ningún alivio y sabe que
su vista aumentará aún más Mis sufrimientos; pero también aumentará Mi fuerza
para cumplir la voluntad del Padre.
Para Mí, lo más amado en la tierra es Mi Madre;
y no solamente no la puedo consolar, sino que el lamentable estado en que Me
vé, procura a Su Corazón un sufrimiento semejante al Mío. Deja escapar un
sollozo. ¡La muerte que Yo sufro en Mi Cuerpo, la recibe Mi Madre en el
Corazón!... ¡Cómo se clavan en Mí Sus ojos y los Míos se clavan también en
Ella! No pronunciamos una sola palabra, pero cuántas cosas dicen Nuestros
Corazones en esta dolorosa mirada.
Sí, Mi Madre presenció todos los tormentos de
Mi Pasión, que por revelación divina se presentaban a Su espíritu. Además,
varios discípulos, aunque permanecían lejos por miedo a los Judíos, procu-raban
enterarse de todo e informaban a Mi Madre... Cuando supo que ya se había
pronunciado la sentencia de muerte, salió a Mi encuentro y no Me abandonó hasta
que Me depositaron en el sepulcro.
Jesus es
Ayudado a Llevar la Cruz
Voy camino hacia el Calvario. Aquellos hombres
inicuos, temiendo verme morir antes de llegar al término, se entienden entre sí
para buscar a alguien que Me ayude a llevar la Cruz y requisaron a un hombre de
las cercanías llamado Simón.
Míralo, detrás de Mí, ayudándome a llevar la
Cruz y considera ante todo dos cosas: Este hombre carece de buena voluntad; es
un mercenario, porque si Me acompaña y comparte Conmigo el peso de la Cruz, es
porque ha sido requisado. Por eso, cuando siente dema-siado cansancio, deja
caer más el peso sobre Mí y así caigo en tierra dos veces.
Este hombre Me ayuda a llevar parte de la Cruz,
pero no toda Mi Cruz...
Hay almas que caminan así en pos de Mí. Aceptan
ayudarme a llevar Mi Cruz, pero se preocupan aún del consuelo y del descanso.
Muchas otras consienten en seguirme y, con este fin, han abrazado la vida
perfecta. Pero no abandonan el propio interés, que sigue siendo, en muchos
casos, su primer cuidado; por eso vacilan y dejan caer Mi Cruz, cuando les pesa
demasiado; buscan la manera de sufrir lo menos posible, miden su abnegación,
evitan cuanto pueden la humi-llación y el cansancio y, acordándose quizá con
pena de los que dejaron, tratan de procurarse ciertas comodidades, ciertos
placeres.
En una palabra, hay almas tan interesadas y tan
egoístas que han venido a Mi seguimiento, más por ellas que por Mí. Se resignan
tan solo a aportar lo que les molesta y que no pueden apartar... No me ayudan a
llevar mas que una parte de Mi Cruz; muy pequeña y de tal suerte, que apenas si
pueden adquirir los méritos indispensables para su salvación. Pero, en la
eternidad, verán cuán lejos han quedado en el camino que debían recorrer.
Por el contrario, hay almas, y no pocas que,
movidas por el deseo de su salvación pero sobre todo por el amor que les
inspira la vista de lo que por ellas He sufrido, se deciden a seguirme en el
camino del Calvario; se abrazan con la vida perfecta y se entregan a Mi
servicio, no para ayudarme a llevar parte de la Cruz, sino para llevarla toda
entera. Su único deseo es descansarme, consolarme; se ofrecen con este fin a
todo cuanto les pide Mi voluntad, buscando cuanto pueda agradarme; no piensan
ni en los méritos, ni en la recompensa que les espera, ni en el cansancio, ni
en el sufrimiento que resultará para ellas. Lo único que tienen presente es el
amor que pueden demostrarme, el consuelo que Me procuran...
Si Mi Cruz se presenta bajo la forma de la
enfermedad, si se oculta debajo de un empleo contrario a sus inclinaciones y
poco conforme a sus aptitudes, si va acompañada de algún olvido de las personas
que las rodean, la aceptan con entera sumisión.
¡Ah!, estas almas son las que verdaderamente
llevan Mi Cruz, la adoran, se sirven de ella para procurar Mi Gloria, sin otro
interés ni paga que Mi amor. Son las que Me consideran y glorifican...
Tengan como cosa cierta que, si ustedes no ven
el resultado de sus sufrimientos, de su abnegación, o lo ven más tarde, no por
eso han sido vanos e infructuosos, mas por el contrario, el fruto será
abundante.
El alma que verdaderamente ama, no cuenta lo
que ha sufrido y trabajado, ni espera tal o cual recompensa; busca tan solo
aquello que cree de gloria para su Dios... Por El no regatean trabajos ni
fatigas. No se agita ni se inquieta ni, mucho menos, pierde la paz si se ve
contrariada o humillada; porque el único móvil de sus acciones es el amor, y el
amor abandona las consecuencias y los resultados. He aquí el fin de las almas
que no buscan recompensa. Lo único que esperan es Mi Gloria, Mi consuelo, Mi
descanso; por eso han tomado toda Mi Cruz y todo el peso que Mi Voluntad quiere
cargar sobre ellas.
Hijos Míos, llámenme por Mi nombre, pues Jesús
quiere decir todo. Yo lavaré sus pies, aquellos pies que han pisado una senda
resbaladiza y que ahora están heridos por los golpes contra las piedras. Yo los
enjugaré, los sanaré, los besaré y quedarán sanos, y no conocerán ya ninguna
otra senda que la que conduce a Mí.
¡Ya estamos en el Calvario! La multitud se
agita porque se acerca el terrible momento... Extenuado de fatiga, apenas si
puedo andar. Mis pies sangran por las piedras del camino... Tres veces he caído
en el trayecto. Una para dar fuerza de convertirse a los pecadores, habituados
al pecado. Otra para dar aliento a las almas que caen por fragilidad y, a las
almas que ciega la tristeza y la inquietud, animarlas a levantarse y a
emprender con valor el camino de la virtud. Y la tercera, para ayudar a las
almas a salir del pecado a la hora de la muerte.
Jesus es
Clavado en la Cruz
Mira con qué crueldad Me rodean estos hombres
endurecidos. Unos tiran de la Cruz y la tienden en el suelo; otros Me arrancan
los vestidos pegados a las heridas, que se abren de nuevo y vuelve a brotar la
sangre.
Miren, hijos queridos, cuánta es la vergüenza y
la confusión que padezco al verme así, ante aquella inmensa muchedumbre. ¡Qué
dolor para Mi alma!
Los verdugos que arrancan la túnica, que con
tanto esmero Me revistió Mi Madre en Mi infancia y que había ido creciendo a
medida que Yo crecía, la echan a suertes. ¿Cuál sería la aflicción de Mi Madre,
que contempla esta escena?
¡Cuánto hubiera deseado Ella quedarse con la
túnica teñida y empapada ahora con Mi Sangre!
Pero ha llegado la hora y, tendiéndome sobre la Cruz, los verdugos cogen Mis brazos y tiran para que lleguen a los taladros, preparados en ella... Todo Mi Cuerpo se quebranta, se balancea de un lado a otro y las espinas de la corona penetran en Mi cabeza, más profundamente aún. Oigan el primer martillazo que clava Mi mano derecha... resuena hasta las profundidades de la tierra. Oigan aún... ya clavan Mi mano izquierda y, ante semejante espectáculo, los Cielos se estremecen, los Ángeles se postran. Yo guardo el más profundo silencio. Ni una queja, ni un gemido se escapan de Mis labios, pero Mis lágrimas se mezclan con la sangre que cubre Mi ro